El país que quería ser revolucionario (3)

julio 24, 2012

Liev Trostsky, Diego Rivera y André BretónDurante los principios de la gestión cardenista, el choque de intereses particulares de los sectores populares creaba una problemática compleja y difícil de erradicar. Ante esta situación, Cárdenas se propuso un proyecto que ayudara a conformar un sentimiento nacionalista propio que abarcara a todos los componentes de la sociedad. Para ello, convocó a diferentes filósofos y artistas para que trabajaran en la composición de un movimiento cultural patriótico, que exaltara el pasado y reverenciara a la Independencia y la Revolución. La mayoría de ellos, influenciados por las doctrinas marxistas, basaron sus creaciones intelectuales y plásticas en la lucha de clases, en la emancipación del pueblo y la victoria contra los aristócratas porfiristas. Fueron los años en que surgió el muralismo mexicano de la mano de grandes artistas como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Y también en este terreno, los artistas mexicanos recibieron influencia directa de pintores españoles y franceses, así como de políticos rusos.

Y así como los extranjeros influyeron en las nuevas corrientes liberales artísticas y científicas, los participantes de estos ámbitos ayudaron a solventar ciertas situaciones para con políticos extranjeros. El régimen cardenista fue, tal vez, el más empático con los refugiados de las naciones socialistas.

En la Rusia bolchevique, por ejemplo, después del triunfo de la Revolución de Octubre y de la consolidación de Stalin como líder máximo del comunismo, las facciones estalinistas y trotskistas comenzaron a luchar entre sí. Stalin llevó a cabo una purga política en la que los partidarios de Trotsky salieron perdiendo. El líder comunista salió expulsado del país con varios procesos penales en su contra y tuvo que refugiarse en donde le pudieran ofrecer asilo político. De esto se encargó Diego Rivera, uno de sus partidarios en México, quien llevó a cabo la gestión del permiso del presidente Cárdenas para la radicación de Trotsky en México.

Una vez en México, Trotsky comenzó a trabajar arduamente con Diego Rivera en la formulación de un manifiesto para la creación de arte revolucionario, mismo que fue lanzado con la participación de prominentes artistas franceses y españoles, entre ellos André Bretón. Este equipo de trabajo fue el génesis de lo que, después de un año, comenzaría a ser conocido como Muralismo mexicano. En dichas obras se plasman temas característicos de los movimientos libertarios socialistas: la innegabilidad de la lucha de clases y la satanización de la clase aristócrata.

Lázaro Cárdenas con los Niños de MoreliaOtro caso similar, en el que se observan destellos de simpatías para con el socialismo, fue el de reprobar amargamente a la dictadura franquista después de la Guerra Civil española y ofrecer asilo a los socialistas perseguidos por el régimen. Entre estos protegidos destacan los 456 menores conocidos como Niños de Morelia. Estos muchachos eran hijos de personajes republicanos en España y habían conseguido escapar del país y de la represión. Llegaron a México en el vapor francés Mexique y desembarcaron en el puerto de Veracruz el 7 de junio de 1937, donde fueron recibidos por Amalia Solórzano, la esposa del presidente. De ahí pasaron a Morelia, donde se les dio morada en habitaciones acondicionadas para instalar un internado y las áreas docentes de lo que se convertiría en la Escuela Industrial España – México.

También se pronunció en contra de la Invasión Japonesa de China y del Anchlüss, la ocupación ilegal que hicieron los nazis en Austria, y criticó duramente la política de No Intervención de los Países Aliados en la carrera imperialista que llevaban a cabo Alemania e Italia. Pero uno de los gestos más obvios de su simpatía por el socialismo fue que, recién llegado a la presidencia, puso todo su empeño en reanudar las relaciones fraternales con Rusia y los países soviéticos, a pesar de los desacuerdos y agravios sufridos entre ambos países durante la Revolución. Esta apertura nunca se concretaría debido a la antipatía que sentían entre sí el entonces Secretario de Relaciones Exteriores, Emilio Portes Gil, y el Canciller del Exterior soviético, Maxim Litvinov.

El suceso que tuvo más repercusión internacional en la presidencia de Lázaro Cárdenas fue, sin duda, el conocido como Expropiación Petrolera. El sabotaje callado que mantenían los gobiernos occidentales contra México, utilizando como brazo hostigador a las empresas petroleras, se volvía cada vez más molesto. El presidente Cárdenas insistía en cumplir con las demandas de los trabajadores que tuvieran representación sindical; lo mismo para con las empresas mineras y agrícolas que no acataran los términos de la Reforma Agraria. Después de mucho estirar y aflojar entre los empresarios y los sindicatos, la nacionalización del petróleo fue decretada el 18 de marzo de 1938. Las empresas envueltas dentro de esta medida trataron de conseguir una prórroga de tres meses, pero la resolución de Cárdenas era tajante.

Maxim Litvinov y Emilio Portes Gil

Las empresas perjudicadas por la nacionalización del petróleo fueron:

  • Compañía Mexicana de Petróleo “El Águila” (London Trust Oil-Shell)
  • Mexican Petroleum Company of California (ahora Chevron-Texaco, la segunda empresa petrolera global) con sus tres subsidiarias:

               Huasteca Petroleum Company
               Tamiahua Petroleum Company
               Tuxpan Petroleum Company

  • Pierce Oil Company, subsidiaria de Standard Oil Company (ahora Exxon-Mobil, la más grande empresa petrolera mundial)
  • Californian Standard Oil Co. de México
  • Compañía Petrolera Agwi, S. A.
  • Penn Mex Fuel Oil Company (ahora Penzoil)
  • Stanford y Compañía
  • Richmond Petroleum Company of Mexico, ahora (ARCO)
  • Compañía Exploradora de Petróleo “La Imperial” S. A.
  • Compañía de Gas y Combustible “Imperio” y Empresas
  • Mexican Sinclair Petroleum Corporation, sigue siendo Sinclair Oil
  • Consolidated Oil Companies of México S. A
  • Sabalo Transportation Company
  • Mexican Gulf Petroleum Company (luego llamada Gulf)

Cabe mencionar que, para la redacción del manifiesto a la nación con que Lázaro Cárdenas expropiaría el petróleo, influyeron directamente dos personajes muy bien relacionados con el comunismo ruso en México: primero, Francisco Jesús Mújica, militar de carrera que se formó en la Revolución Mexicana, un firme partidario de la Unión Soviética, convencido de que, un régimen similar al ruso, sería la forma de gobierno adecuado para México; en segunda, el antes citado Liev Trotsky, quien no por ser un ruso exiliado en México se mantuvo fuera de la política y la cultura mexicanas. Recientemente, fueron expuestas algunas teorías que señalan a Trotsky como uno de los instigadores de las expropiaciones del gobierno cardenista, toda vez que Cárdenas se apoyaba en los consejos de su mentor ideológico, el general Mújica, y éste era, a su vez, un firme camarada del político ruso.

A raíz de esta nacionalización de bienes extranjeros y ante el temor del crecimiento de una república soviética en México, los países de corte occidental llevaron a cabo boicots contra el gobierno mexicano y promovieron el crecimiento de partidos derechistas en oposición contra Lázaro Cárdenas. La candidatura política del general Mújica quedó aniquilada por los esfuerzos populistas de Joaquín Amaro y Juan Andreu Almazán, por lo que se optó por nombrar candidato oficialista a Manuel Ávila Camacho; Inglaterra rompió relaciones con México, mientras que Estados Unidos y Holanda lo embargaron comercialmente, dejando de adquirir el petróleo y la plata mexicanos; Venezuela, competidor férreo de México en el mercado del petróleo, firmó contratos exclusivos para abastecer a esos tres países y convertirse, así, en una potencia de la producción de combustibles.

Ante este panorama, solamente quedaba una salida al gobierno de Lázaro Cárdenas, misma que explotó durante varios años con buenos y amenazantes resultados para el futuro: se convirtió, de 1937 a 1939, en uno de los principales aliados estratégico de las potencias del Eje en América.

(Continúa)

Fuentes

Gutiérrez-Álvarez, Pepe. Marxismo en la Red. Diego, Frida y Siqueiros ante el “Caso Trotsky”.

Meyer, Lorenzo. El Siglo de Torreón. Editorial: “Lázaro Cárdenas o cuando había estadistas”. 28 de febrero de 2008.

Portes Gil, Emilio. Autobiografía de la Revolución Mexicana. Capítulo Undécimo: Período presidencial del Gral. Lázaro Cárdenas.

Gail, Olivia. La Jornada. Trotsky asesoró al gobierno cardenista para la expropiación petrolera. 14 de agosto de 2005.


El país que quería ser revolucionario (2)

mayo 20, 2012

Cárdenas y la política del pueblo

Durante la época conocida como El Maximato, los sindicatos en México fueron duramente reprimidos, el reparto agrario fue suspendido y las inversiones extranjeras asolaban al país consumiendo sus recursos y explotando a sus habitantes de una forma descarada y sin dejar apenas beneficios para México. La mano férrea de Plutarco Elías Calles y sus prácticas oligárquicas habían estancado la política perseguida durante la Revolución; lo cierto era que, quitando ciertos avances en infraestructura urbana que se habían alcanzado en los últimos 14 años, los aspectos socioeconómicos del país no habían cambiado en lo más mínimo. Los científicos seguían gobernando el país, la clase gobernante estaba compuesta por antiguos hacendados del norte, los campesinos no tenían tierras, los obreros no tenían representación o era prácticamente nula, la autogestión de los estados no era respetada y el sufragio estaba manipulado por el presidente o la figura que mandaba detrás de él.

Presidente Lázaro Cárdenas del Río

Muy tempranamente, Lázaro Cárdenas se convirtió en el hombre de confianza de Calles, siendo considerado como sucesor para un nuevo ciclo presidencial. Pero la influencia de Cárdenas era muy fuerte dentro del ejército, siendo su principal velador y brazo político. Calles tenía demasiada influencia en las clases oligarcas, en el PNR y en los medios de comunicación, por lo que la sola influencia de Cárdenas no era lo suficientemente fuerte como para contrarrestar sus intromisiones una vez se convirtiera en presidente. Así que, muy inteligentemente, no atacó a los presidentes designados por Calles, sino que esperó a ser designado él mismo. Luego, por ser su naturaleza más conciliadora que represiva, sembró un clima para la inclusión de todos los sectores populares dentro del nuevo gobierno. Los partidos políticos fueron reformulados, dando cabida a los sindicatos obreros, a los campesinos, a los industriales y, por más increíble que pareciera, a la Iglesia Católica. Una vez conseguido el apoyo popular, acosó directamente a Plutarco Elías Calles, El Máximo Jefe, como se le conocía aún en esa época; solamente le dejó una salida: que se fuera del país o que se atuviera a las consecuencias. La amenaza de Cárdenas era demasiado grande para no ser tomada en serio y Calles tenía mucho que perder. Así concluyó el período conocido en México como El Maximato e inició el Cardenismo.

Las pautas seguidas en adelante por el gobierno mexicano fueron marcadas, durante décadas, por la deuda política para con los sectores que apoyaron a la causa de Lázaro Cárdenas; le dieron el poder para quitar a las oligarquías del gobierno, por lo que demandaban privilegios especiales para ponerse por encima de los demás sectores. Esto era una situación bastante problemática, debido a que los intereses de los beneficiarios, en varias ocasiones, chocaban y la mayoría de las veces de forma violenta.

La prioridad del gobierno de Lázaro Cárdenas era restaurar el orden en el país, orden que no se había establecido desde 1810, en los inicios de la Guerra de Independencia. Para ello, el presidente, aún la autoridad máxima en un país acostumbrado a ser mandado por una sola persona, debía cumplir con las exigencias de los diferentes sectores populares.

Estandarte de los CristerosEl clero, por ejemplo, exigía la reposición de sus bienes y el permiso para impartir una educación católica libre, así como el cese de hostilidades que desde hacía varios años se fraguaba en la llamada Guerra Cristera o de los Cristeros. Estados de mayoría religiosa, como Michoacán (estado natal de Cárdenas), Jalisco y San Luis Potosí, respaldaban las exigencias de la iglesia católica mexicana, objetando que no abandonarían las armas hasta que los maestros laicos abandonaran sus escuelas.

Estas exigencias estaban en contra de los intereses representados por los industriales, quienes exigían mano de obra bien calificada y, según ellos, el dogmatismo religioso era una traba de acuerdo con los modernos estándares europeos. Estos, además, pedían la salida de las empresas monopolísticas extranjeras, la apertura de los mercados agrícolas y ganaderos, que seguían en exclusividad de unos pocos propietarios mexicanos, de la producción petrolera y de los servicios comunitarios de energía eléctrica. También demandaban la posibilidad de participar en los mercados de exportación y de una protección del gobierno contra los productos de importación, así como las aperturas a los canales de comercio, dominados entonces por las redes ferroviarias estadounidenses.

Las peticiones de los campesinos eran ya un tema trillado: el reparto agrario efectivo, la construcción de un modelo ejidatario de administración de la tierra, derechos de propiedad sobre el ejido y libertad de explotación del subsuelo. También demandaban la creación de organismos dedicados a vigilar los conflictos concernientes a la Reforma Agraria y la desaparición de los últimos baldíos protegidos por las guardias blancas. Las fuerzas armadas, principal respaldo de Cárdenas en un principio, al sentirse superadas por los sectores populares, crearon recelo y comenzaron a dotar de apoyo incondicional a Manuel Ávila Camacho. Para tranquilizarlos, el presidente les concedió crédito privado, seguro de vida, agrupaciones vigilantes y designó como Secretario de Guerra a Ávila Camacho.

Campesinos en busca de jornadasDe esa manera, el gobierno cardenista fue el primero en consolidar su base de poder con todas las facciones de la vida cotidiana en México: la iniciativa privada, el proletariado, el campesinado, el ejército y el clero. Pero, ¿era coherente el antiguo modelo de gobierno con las medidas llevadas a cabo para sacar del poder a los viejos oligarcas? Como se podrá deducir de la historia inmediata del país, no había coherencia en tales reformas. El modelo de nación siempre había sido típicamente capitalista, y las nuevas exigencias de los sectores populares se veían contrariadas con un gobierno que alentara a su explotación desmedida. El gobierno mexicano, bajo el auspicio de Lázaro Cárdenas, fue víctima de una metamorfosis que no fue vista con tiempo. Las nuevas épocas demandaban otro tipo de atenciones del gobierno: la sociedad se volvía cada vez más socialista. Ante las nuevas medidas de Cárdenas, los países capitalistas occidentales cerraban puertas al naciente régimen y las empresas transnacionales se ponían a la defensiva. Era tiempo, entonces, de voltear a ver otros escenarios, otros panoramas. Occidente mostraba la espalda a México, mientras que el marxismo y los países socialistas abrían sus brazos a la par.

La lucha sindical contra las petroleras

En 1917, a los pocos meses de haber sido promulgada la Constitución del 5 de Febrero, los trabajadores de la Huasteca Petroleum Company, alentados por el artículo 123, se declararon en huelga y suspendieron todas las labores durante casi un mes completo. Las medidas contra este movimiento fueron particularmente represivas, pero aún peor fueron las represiones emprendidas contra las huelgas subsecuentes, como las de 1919 en la Waters-Price Oil Company y la Tamiahua Petroleum Company, en las que se utilizó al ejército federal para sofocarlas.

Si bien no se han descubierto pruebas que lo aseguren, en la época se corrieron rumores sobre la presencia de agitadores durante las primeras huelgas en las petroleras del Golfo de México. No sería nada raro, en caso de ser cierto ya que, desde los primeros años de la revolución, ideólogos anarquistas como Enrique Bermudez y Esteban Baca Calderón mantenían relaciones con pensadores rusos exiliados del imperio zarista y que se habían instalado en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Los mismos Flores Magón, a pesar de no haber declarado nunca amistades con políticos o filósofos rusos, reflejaban una obvia influencia de los pensadores anarquistas rusos y franceses en sus manifiestos. El Partido Liberal Mexicano, a través de personajes secundarios, se sirvió mucho del marxismo importado desde Europa para proclamar su plan de nación plasmado en Regeneración, el diario libertario en que los hermanos activistas declaraban sus ideas a los clubes liberales mexicanos y estadounidenses.

Pero cierto o no, la presencia bolchevique se fue haciendo cada vez más latente. Después de la Revolución de Octubre en Rusia, la prioridad de los comunistas era contrarrestar la influencia del mercantilismo amenazante. Estados Unidos e Inglaterra habían probado ser enemigos declarados del nuevo régimen, por lo que no debería darse cuartel ni en el terreno ideológico. Así como el atraer a Francia y Alemania se volvió una prioridad inmediata, el sembrar la semilla del socialismo en América Latina se convertiría en una fuerte baza contra la amenaza de Estados Unidos. Y el ensueño de sembrar el socialismo en México, justo en el patio trasero de Estados Unidos, se convertía en una realidad con las pretensiones de los diferentes sectores populares de participar en el gobierno. Más que claro era que el nuevo panorama mexicano estaba bastante dispuesto para abrazar al socialismo.

Las Siete Hermanas

La situación era clara y lógica: Cárdenas estaba más dispuesto a apoyar incondicionalmente al pueblo antes que a los grandes capitalistas. Prueba de ello eran las constantes querellas que los sindicatos emprendían contra las transnacionales y el aumento de impuestos que antes eran inexistentes. La intolerancia de Cárdenas para con las firmas extranjeras también era prueba manifiesta de una inconformidad y una traición del gobierno mexicano. Ante esta situación, países como Estados Unidos, Inglaterra y Holanda, representantes de grandes consorcios petroleros y mineros, comenzaban a conspirar por lo bajo contra el nuevo gobierno mediante las presiones ejercidas por el Cartel de las Siete Hermanas. Esta situación se vivía desde el gobierno de Carranza, pero se había aligerado bastante durante las gestiones de Obregón y Calles. Pero si ahora los países imperialistas saboteaban los esfuerzos del presidente mexicano por alcanzar una madurez y autodeterminación del pueblo, ¿qué otra salida quedaba para que México se sacudiera el yugo explotador del modelo occidental?

(Continúa)

Fuentes

Benítez, Fernando. Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. México, 1994.

Delgado Martín, Jaime. México: los caudillismos de Calles y Cárdenas. México. 1992.

Borja, Rodrigo. La Jornada. Dos mil años de chapopote. 18 de marzo de 2008.

Topete Lara, Hilario. Los Flores Magón y su circunstancia. 2005. Contribuciones desde Coatepec, Revista no. 008.

Sampson, Anthony. Las Siete Hermanas: Las Grandes Compañías Petroleras y el Mundo Que Cambiaron. New York, Viking Press, 1975.


El país que quería ser revolucionario (1)

abril 26, 2012

«La influencia del socialismo ruso en México durante la época pos revolucionaria y el régimen cardenista»

Revolución y “revolución”

En la Historia de México suele usarse mucho un sustantivo como punto de partida de cambios significativos en el devenir de nuestra nación y el forjamiento de nuestra identidad: se usa demasiado la palabra Revolución. Al hablar de la Revolución de 1910, se hace un parte aguas entre el México retrógrado y el México moderno. Sin embargo, nunca hemos estado ni cerca de comprender qué significa la palabra revolución, mucho menos el sustantivo con el que tanto nos gusta definir a la frontera histórica del avance y el progreso en nuestro país, así como tampoco conocemos sus raíces.

La Libertad guiando al puebloLa palabra revolución tiene un significado, mas el sustantivo Revolución tiene propósito, y en nuestra nación, uno muy especial. La palabra procede de siglos atrás, cuando los filósofos e historiadores comenzaron a conjeturar ideas sobre los cambios radicales y violentos que a cada cierto período de tiempo se suscitaban. Así, denominaron revolución a aquellos cambios que desmantelaban el orden establecido en un núcleo social para imponer un nuevo orden surgido de nuevas necesidades y nuevos grupos de interés. En cambio, el sustantivo posee un origen mucho más moderno, concebido cuando la nueva gama de caudillos del siglo XX, caudillos populares, tuvieron la necesidad de encausar al pueblo en un único conjunto de ideas que los representara y uniera en una mezcla homogénea.

De esa manera, Revolución se convirtió en un sustantivo que señalaba el fin de un proceso histórico y el principio de otro. El término fue utilizado por casi todos los caudillos del siglo pasado que no tenían un origen aristocrático con el cual fundamentar sus directrices, por lo que terminaron acuñando la máxima de la propia representación del pueblo, su orgullo, su innegabilidad y su futuro: le llamaron Revolución y la convirtieron en una doctrina intachable e irrevocable.

El proceso histórico denominado Revolución fue proclamado en lugares tan alejados unos de otros, como China y Cuba, y tan separados en el tiempo, como Rusia y Senegal. La utilizaron personajes absolutos como Marx y Rosseau, hombres admirados como “Ché” Guevara, y mandatarios implacables como Stalin y Trujillo. Y pronto se convirtió en el estandarte de la lucha de los caudillos populares contra las élites aristocráticas. ¿Qué tanto contribuyó la verdadera participación del pueblo en estas modificaciones del statu quo? Eso es algo que puede ser sujeto a debate, mas no quisiera perder este estudio en discusiones kilométricas.

El triunfo de la Revolución CubanaPues bien, tan pronto como comenzó a adoptarse este término para denominar a dichos cambios sociales, culturales o económicos, surgió un nuevo orden social a lo largo y ancho del mundo: las sociedades revolucionarias. México no fue la excepción. Desde una etapa temprana, se hicieron notar personajes como Ponciano Arriaga y Melchor Ocampo, quienes promovían ideas exportadas del liberalismo francés, y más tarde, los Hermanos Flores Magón y Enrique Bermudez, quienes simpatizaban con la radicalización propia del anarquismo ruso. Y fueron, precisamente, las exigencias y las enseñanzas de estos primeros pensadores disidentes las que sembraron la semilla en México para el surgimiento de una sociedad revolucionaria.

La aventura socialista

En nuestro país, recordamos constantemente nuestro pasado revolucionario. Lo llevamos en la sangre, en el orgullo, en el sentimiento, en los festejos, en los actos sociales, en los días de descanso; pero negamos tajantemente una porción de ese mismo pasado revolucionario. Hemos aprendido que personajes como los Hermanos Flores Magón o Francisco I. Madero iniciaron las manifestaciones antes de 1910 contra el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz. Pero no nos muestran la versión completa de los hechos: aquella en la que los clubes liberales reunidos en torno a los personajes antes citados, importaron un conjunto de ideas que habían comenzado a formar el pensamiento revolucionario en Europa.

El marxismo no solo era una moda, sino que se estaba convirtiendo en una alternativa. Los mercantilistas europeos y americanos llamaban a las ideas marxistas utopía, mientras que los sindicatos se reunían en torno a sus pautas socialistas. El marxismo reprobaba la dictadura de la aristocracia y la monarquía, los controles burgueses contra la comunidad y el proletariado, y la explotación de las masas. Y, según los marxistas, era suficientemente convincente la erección de una dictadura del proletariado tomando en cuenta la hazaña de la Comuna de París. Anarquistas como Bakunin, Prokotkyn y Blanc, promovían una dictadura directa del proletariado sobre todos los medios, sin representación ni gabinete, mientras que otros mucho más moderados, alentaban la creación de los soviets, centros de gobierno con representación de las comunidades productivas en el régimen socialista.

Anarquistas

Ambas ideas fueron importadas a México desde antes de 1908. A lo largo de la frontera con Estados Unidos, en la etapa final del Porfiriato, los clubes liberales proliferaron cobijados por la lejanía del gobierno federal, la decadencia del antiguo régimen y la cercanía con ciudades que brindaban protección y que estimulaban a la creación de sindicatos de obreros, mineros y campesinos. Fueron importadas de países con una larga tradición de libre pensadores, como Francia y Rusia. En ambos países, ya se habían puesto en marcha ejercicios de gobierno en que el pueblo arrebataba el control de sectores enormes del reino a las élites gobernantes. Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón fueron los primeros de una larga lista de ideólogos y políticos mexicanos que promovieron los principios revolucionarios echando mano de la filosofía marxista. Francisco I. Madero, mucho más moderado, utilizó al marxismo sobre una base superficial, únicamente alentando al pueblo a participar en la democracia y el ejercicio del gobierno comunitario.

En la frontera sur de Estados Unidos, donde los clubes liberales ya tenían una existencia prolongada, se dio cobijo muchas veces a estos ideólogos, protegiéndolos contra los abusos de los gobiernos, tanto del mexicano como del estadounidense. Y la influencia de estos ideólogos, por otra parte, contribuyó a la proliferación de sindicatos en el norte de México. Movimientos como la Huelga de Cananea y la de Río Blanco surgieron gracias a la influencia de grupos sindicales estadounidenses que ponían todo su empeño en sabotear los proyectos de multinacionales casi esclavistas.

Ya iniciado el conflicto bélico de 1910, los movimientos obreros fueron olvidados parcialmente durante casi toda la guerra. El único causal estuvo respaldado por la lucha privada que mantenían los Flores Magón y Pascual Orozco en el norte del país, pero una vez depuesto Victoriano Huerta, sus fuerzas fueron aniquiladas, los Hermanos Magón fueron hechos prisioneros y Pascual Orozco huyó a Estados Unidos. Después de eso, casi toda la lucha de la Revolución tuvo como objetivo primordial el alcanzar el sufragio libre y efectivo y el reparto agrario.

Huelga de Cananea, por David Alfaro Siqueiros

El movimiento obrero fue retomado mucho tiempo después de terminada la Revolución Mexicana, aunque no surgió específicamente de las fuerzas obreras, sino de los esfuerzos de uno de los generales triunfadores del conflicto. Lázaro Cárdenas del Río se trata, tal vez, del presidente mexicano más alabado de cuantos han manejado el poder en nuestra nación. Sin embargo, y aunque nos gusta recordar con amor y exaltación patriótica la figura de quien nos dio las primeras organizaciones de desarrollo e infraestructura nacionales, tenemos la costumbre de aborrecer a los principios marxistas impresos y puestos en marcha durante su mandato.

(Continua)

Fuentes

Arendt, Hannah. Sobre la revolución. Revista de Occidente, Alianza Editorial. USA. 1967.

Garibaldi, Esteban. Marxismo y utopía. Nodo 50, Contrainformación en red.

Topete Lara, Hilario. Los Flores Magón y su circunstancia. 2005. Contribuciones desde Coatepec, Revista no. 008.

Rodríguez, Abelardo. Morir matando. ITSON, Hermosillo, Sonora. 2007.


La confusión mexicana

enero 16, 2010

http://www.elforo.com/showpost.php?p=544205&postcount=1

Escrito por el usuario ANGELCAIDOP4 de El Foro de Historia


1810, 1910, 2010, la historia es cíclica y se repite”, alguna vez escuché esa frase y desconozco si así se comporte la sociedad, pero lo que no podemos negar y está a la vista de cualquier persona con sentido común es que es que la situación socioeconómica del país no nos invita a celebraciones o a la alegría patriotera y el festejo absurdo.

Celebrar” es a lo que nos pretenden persuadir las autoridades formales y sus prostitutas mediáticas, pero sobre todo el sujeto que ocupa por la fuerza la silla presidencial: el diputado -pues ha sido el único cargo de elección popular que ha ganado legalmente -“San Felipe del Sagrado Corazón de Jesús”; este arremedo de Rambo nos bombardea con comerciales pidiéndonos rememorar la Revolución Mexicana en “la paz” aunque probablemente sea la de los sepulcros que tanto le gustaban al general Díaz.

Violaciones a los derechos humanos, fanatismo, ignorancia, hambre, enfermedades y despilfarro son el pan de cada día del pueblo mexicano, ese mismo que es tratado con desdén por su clase política a la cual no le importa. En medio de todo esto nos piden celebrar la rebelión popular de 1910.

La Revolución Mexicana, esa tan cacareada por “los hijos de la revolución” del PRI pero a la vez tan nebulosa y difícil de comprender, tanto a escala nacional como por estados, es a mí manera de ver el desfile de personajes y organizaciones para quienes el modelo porfirista tan ambiguo y a la vez tan represivo ya se había agotado. Villistas, zapatistas, constitucionalistas, ex porfiristas y hasta anarquistas serían los grupos que pelearían primero contra un objetivo común -Porfirio Díaz -y después seguirían peleando a favor de su propia visión de lo que debería ser el estado ideal, combatiendo luego entre ellos llegando al punto en que antiguos aliados eran enemigos a muerte. Los seguidores de Villa y Zapata fueron derrotados militarmente pero al final fueron rescatados en el ideario colectivo como ejemplo de lo que puede volver a ser el verdadero poder popular y los ganadores serían aquellos ya mencionados “hijos de le revolución” que intentarían desarrollar el maltrecho país pero sin dejar de hacer negocio y aunado esto a sus filias y fobias formarían el nuevo régimen mexicano que perduraría hasta el año 2000: un solo partido y el famoso pero trágico “no me den pero pónganme donde hay”.

En ese régimen un solo gobierno haría justicia, el del general Lázaro Cárdenas. En esa administración el pueblo vería algunos frutos de tanta muerte y sufrimiento pero terminada su gestión, otra vez el discurso y las migajas serían dados al pueblo como consuelo. Un monumento en la Ciudad de México los recuerda y, de forma bastante cómica, conviven en el mismo sepulcro personas que se odiaban enconadamente, contribuyendo a la ignorancia colectiva y de esta forma nuestros gobernantes utilizan sus imágenes a su antojo como si fueran logotipos de refrescos.

Desde hace casi diez años los individuos que detentan el poder han hecho a un lado la imagen de la Revolución, pero es evidente su aversión a ella pues es visible su ascendencia cristera, esos mismo sinarquistas que intentaron derribar al general Cárdenas. Sí, esos fanáticos paranoicos y cuyos sacerdotes violan niños. Estos tecnócratas ignorantes que alardean de “trabajar por la educación” han demostrado su desprecio por ella -sobre todo por las humanidades- e hipócritamente nos piden “recordar”. Después de todo esto el poder nos pide “celebrar” algo que no entendemos y en ese absurdo tenor quieren fiestas y pasteles como si fuera una fiesta infantil o una vulgar borrachera tratándonos como borreguitos. Yo, en mi humilde opinión creo que el mejor homenaje es continuar luchando por un país con salud, educación, vivienda y alimento para todos pues finalmente esos “perjumados”, como los llamaría el general Villa, celebran “la confusión mexicana”.

Fuentes

Brading, D. A. (compilador), Caudillos y campesinos en la Revolución Mexicana, México, Fondo de Cultura Económica, 1991.

Del Río, Eduardo (Rius), La revolucioncita mexicana, México, Debolsillo, 2007.

Darcíadiego Dantán, Javier, “1910 del viejo al nuevo Estado mexicano”, en Relatos e historias en México, año 1, número 11, octubre, 2008, pp. 59-70.