La Guerra del Yaqui: 1833 – 1884

julio 6, 2010

La identidad de una nación enemistada

La captura y muerte de Juan Bandera no trajo muchos cambios al conflicto entre yaquis y yoris, salvo por la notoria separación que sufría la nación. El gobierno federal mexicano bombardeaba con propaganda a las diferentes tribus de la etnia, acogiendo a algunas para que prestaran servicios en las haciendas mexicanas y marginando a otras, quitándoles tierras y parcelas de siembra, echando abajo sus casas y hostigándolos sin tregua alguna. Los yaquis, siempre dispuestos a seguir a cualquier caudillo a falta de misioneros jesuitas a los cuales tomar ejemplo, se acomodaron en base a los intereses de sus jefes locales.

Los yaquis del sur, de las tribus de Vicam, Cocorit, Potam y Torim fueron desplazados y despojados sistemáticamente de tierras de labranza que anteriormente habían sido reconocidas por el propio gobierno. Por otro lado, los yaquis del norte se convertían en acreedores -una idea vana pero acreedores a fin de cuentas -al ser compradas sus tierras por cantidades tan ridículas como diez reales republicanos o cinco libras de plata. A su vez, eran debidamente presionados o convencidos de que sus agrestes tierras nunca serían lo suficientemente productivas como para que fuesen rentables. En vez de su posesión, se optaba por venderlas a los norteamericanos, españoles, franceses y alemanes que se iban instalando en la zona, ya que estos contaban con la maquinaria necesaria para convertir las tierras duras y áridas de Belem en paraísos frutales y plantaciones enormes de hortalizas. Los yaquis del norte pronto vivieron un período de sedentarización, agregándose al entorno laboral del estado de Sonora -que años antes se había separado de Sinaloa -como trabajadores de plantaciones, servidumbre en las haciendas, arrieros de ganado, ayudantes de comercio, abarroteros, muleros y correos. Los pobladores de Raahum vivieron un fenómeno similar al estar su poblado muy cercano al moderno puerto de Guaymas, enclavado en el suroeste del estado.

El México independiente pintaba demasiados entornos para las tribus yaquis, excepto la prometida independencia que habían alabado los Insurgentes de la lucha armada que recién terminaba. Estaba claro que dicha independencia sólo la verían algunos sectores del país, pues en el norte de la nueva nación la colonización aún se hacía sentir y en la región del Yaquimi era quizás más dura que antes. Anteriormente, los jesuitas habían jugado el papel de padrinos contra los intereses de la federación. Pero de 1830 a 1840, con los misioneros expulsados, los yaquis jugaban solos y con todo en su contra. Una industrializada Álamos y la recién colonizada comunidad de Navojoa les separaba de sus aliados ancestrales en el sur, los mayos. Y por el norte, las tácticas del gobierno federal para la eliminación de su identidad surtían muy buen efecto haciendo cundir las diferencias tribales. Aunado a esto, la represión del prefecto militar en la zona, el General Juan Urrea, era un constante recordatorio de que en el México recién nacido no se tolerarían las defensas legítimas de los pueblos indígenas.

«El que no se detiene a beber»

A principios de la década de 1850, el estado de Sonora era un hervidero de sentimientos encontrados debido a que la mayoría de los colonos eran extranjeros. La experiencia vivida en los estados de Texas, California y Nuevo México inspiraba a otros colonizadores del norte de México a buscar su emancipación del fácilmente corruptible gobierno mexicano. En ese entonces, México se encontraba sumido en guerras civiles interminables, nacidas de la lucha entre el clero y la república, y las diferencias ideológicas de los conservadores y los liberales. Los estados del norte estaban bastante descuidados y las juntas extranjeras que clamaban por una república sonorense independiente tuvieron una importante acogida entre un puñado de librepensadores franceses y alemanes, entre otros.

Los belicosos yaquis siempre fueron aliados de cualquier bando que les prometiera ir contra sus enemigos. Se habían aliado contra los insurgentes en la Guerra de Independencia, en favor de los intereses de la corona. Ahora que sus tierras eran amenazadas por el desbordamiento de las fronteras, se aliaban con los republicanos y federales en contra de la expansión de los terratenientes europeos y sus cada vez más descarados abusos. Los primeros en entrar en abierta alianza con los yoris fueron los yaquis de Huíviris, Potam y Vicam, quienes eran dirigidos por Mateo Barquín, un jefe indígena que se había educado con los jesuitas y había trabajado en las haciendas de Hermosillo.

En julio de 1854, una intentona separatista dirigida por franceses y alemanes trató de tomar el gobierno del estado de Sonora, atacando primeramente al puerto de Guaymas. El veterano de las guerras de Independencia, de Los Pasteles y de la Intervención Norteamericana, José María Yáñez, a la sazón gobernador de Sonora, hizo frente al intento de derrocamiento convocando una fuerza militar de alrededor de 300 soldados regulares y más de 100 irregulares. Entre la tropa regular, el destacamento más numeroso era el Regimiento Urbanos, entre cuyas filas se encontraban indígenas locales enviados por Mateo Barquín; uno de ellos era José María Leyva, quien estaría destinado a convertirse en el caudillo más grande de todos los yaquis. Así fue como inició su vida militar José María Leyva: a los 16 años de edad combatiendo contra las pretenciones coloniales extranjeras en una época en que casi todas las potencias mundiales querían un pedazo de México.

Sobre la infancia y juventud de José María Leyva, no es mucho lo que se conoce. Después de concluir su educación en Guaymas se fue a vivir a Tepic, Nayarit, donde fue reclutado por la leva en el Batallón de San Blas, que defendía a la Restauración. Mas no alcanzaría a ver mucha acción con el batallón sureño, pues desertó a los pocos meses para regresarse a Sinaloa, donde entró a trabajar como minero para esconderse de las autoridades. Poco tiempo después, en 1860, se incorporó en el Cuerpo de Caballería Rural de Los Altos desde donde organizarían, bajo las órdenes del Gobernador Ignacio Pesqueira, las acciones de hostigamiento y represión contra los pimas y ópatas que causaban bandolerismo en los caminos de la serranía. Es en esta unidad de caballería, sirviendo con el Coronel Remigio Rivera, donde aprendería las técnicas de caballería, guerrillas y atrincheramiento que habría de utilizar en un futuro no muy distante contra el ejército al cual servía.

Durante un considerable período de servicio en las filas republicanas, José María Leyva llevó a cabo varias acciones, entre las que destacan las defensas del estado de Sonora contra Igunazo, luego contra Conant Maldonado y, posteriormente, las expediciones contra el ópata Luis Tánori y sus aliados pápagos y mayos, en un peligroso levantamiento indígena que comprometía la seguridad del gobierno ya enfrascado en las interminables guerras civiles y tratando de pacificar tanto el propio como los territorios vecinos. Destacando entre las filas federales, Leyva es ascendido a Capitán, encabezando él mismo su propia unidad de caballería con acciones en todo el sur de Sonora. Como dirigente de tropa, José María Leyva era hombre enérgico, infatigable e inquieto. Daba órdenes muy tajantemente y era tremendamente rencoroso contra la indisciplina. Apreciaba la lealtad y la determinación y delegaba responsabilidades importantes en alguien en quien pensara como un hombre con arrestos. Poseía la ferocidad de un animal salvaje pero al mismo tiempo hacía gala de nobleza y cordialidad. Era la representación viva del carácter fuerte del ranchero y la astucia del indígena yaqui. Por su determinación y su arrojo en las actividades bélicas sus hombres le confirieron el apodo de “Kahe’eme (Cajeme)”: «El que no se detiene ni para beber agua».

Después de catorce años de servicio en la caballería, en los que se sucedieron acontecimientos notables en el panorama mexicano -las Intervenciones Francesas, los diferentes golpes de estado conservaduristas, las aventuras temerarias de los agitadores, la derrota de los apaches y ópatas en Arivaipa -José María Leyva fue licenciado y se le permitió regresar a Torim con el beneplácito del Gobernador Pesqueira. Por su impecable servicio fue nombrado Alcalde Mayor de todos los pueblos yaquis. Los jefes de las diferentes tribus tenían que rendirle cuentas a él, el hombre de confianza de Pesqueira en la zona, además de habérsele comisionado la pacificación de los yaquis en el Bacatete. Pero «el Indio Cajeme» tenía la mirada puesta en otros horizontes. Ahora que le era permitido regresar a su país, y con conocimientos suficientes para hacer de las dispersas tribus yaquis un conglomerado fuerte, estaba decidido a terminar de una vez por todas con las injusticias contra su pueblo. Ya había actuado mucho tiempo de manzo cordero; ahora le tocaba actuar como lobo feroz.

Los yaquis al servicio del Imperio Mexicano

Es necesario hacer un paréntesis en esta parte de la historia, pues si bien algunos yaquis se postularon de parte de los republicanos en sus constantes luchas contra el conservadurismo, una mayoría considerable se puso de parte de los servicios del Imperio durante la Intervención Francesa, en 1865. Surgido en las ciudades de Ures y Hermosillo, el movimiento pro imperialista tuvo un gran apoyo vital de las clases pudientes que no estaban coligadas con la política. José María “el Chato” Almada atrajo a su causa a comerciantes, mineros, obreros e indígenas con la promesa de beneficios comerciales, para unos, y el respeto a los derechos eclesiásticos, para otros. Los yaquis, bastante sensibles a la palabra de Dios, tomaron las armas por el partido que encabezaba el Prefecto Imperial en Sonora.

Haciéndose fuertes en Vicam, marcharon bajo las órdenes de José Barquín, hijo de Mateo Barquín, y tomaron los poblados de Ures y La Pasión. Ahí se les unieron los mayos, que se habían levantado antes, tomando Álamos y poniendo en apuros a la guarnición de Navojoa. La situación era precaria para el gobierno republicano, que sufría varias derrotas en todos los puntos defensivos. En cuestión de tres meses, los mexicanos habían perdido varias poblaciones importantes; Magdalena en marzo, Altar y Sahuaripa en mayo y Moctezuma en junio. De ahí les siguió Arizpe, que tomaron Refugio Tánori y Antonio Terán y Barrios con una fuerza combinada de ópatas, pimas y realistas, reforzados por el 7° Regimiento de Cazadores de África. Ante el desastre inminente, Ignacio Pesqueira abandonó el país por Arizona, dejando las defensas a cargo de Jesús García Morales.

Al haberse debilitado la lucha republicana en Sonora, que caía inevitablemente en las manos de los imperialistas -los liberales sólo conservaban el control en Hermosillo, Guaymas y Navojoa -el General Ramón Corona, prefecto militar de Sinaloa, envió a Antonio Rosales -quien ya había derrotado brillantemente a los invasores en San Pedro -y a Ángel Martínez para el apoyo de la lucha contra los franceses y sus aliados. Ángel Martínez partió con 1.500 hombres desde Ahome, embarcándose en septiembre y llegando a Hermosillo en octubre. Antonio Rosales lo hizo desde El Fuerte con el objetivo de recuperar Álamos y aliviar la presión sobre Navojoa. Marchó sobre Estación Castro y Asunción, dispersando a los yaquis y mayos a su paso, y les derrotó en la Batalla del Salitral. Tomó Álamos el 18 de septiembre solo para que, cinco días después, el 23 de septiembre, perdiera la vida defendiendo la ciudad contra los yaquis.

Sin embargo, la lucha dirigida por Ángel Martínez gozó de más fortuna. A principios de 1866, el Imperio perdía apoyo y popularidad. Maximiliano se había declarado liberal y los conservadores le daban la espalda. Los franceses se retiraban debido a sus derrotas en la Guerra franco-prusiana. Y gracias a tales situaciones, los republicanos cobraban valor y adquirían nuevos bríos. García Morales recuperaría Arizpe a finales de 1865, arrebatándosela a Terán y Barrios y haciéndolo prisionero, aunque sería derrotado en Nácori Grande en enero de 1866 por Refugio Tánori. Ángel Martínez, por su parte, barrería con toda la resistencia indígena por medio de una atroz campaña de hostigamiento, obteniendo victorias en Puente Colorado, Movas, Cumpas, Nuri y el Río Mayo, y vengando la muerte del Héroe de San Pedro en Álamos aniquilando a las fuerzas de José María Almada. Durante dos meses sostuvo la represión contra los indígenas a los que persiguó hasta Batachive y Quimizte, haciéndoles numerosos muertos.

Pesqueira regresaría a mediados del mismo año y la desgracia haría presencia entre las filas indígenas. Sin el apoyo del Imperio, los yaquis y mayos de José Barquín, los ópatas de Tánori y sus aliados almadistas y gandaristas pronto perderían la ciudad de Hermosillo, que poseyeron durante cuatro meses. Ángel Martínez, Ignacio Pesqueira y Jesús García Morales derrotarían definitivamente a los realistas en la Batalla de Guadalupe, a unos treinta kilómetros de Ures. Ahí se enfrentaron contra un ejército de 3.200 yaquis y mayos y una considerable fuerza realista que contaba con franceses y suavos que habían decidido quedarse a luchar. Casi la mitad de ese ejército quedó muerto o desaparecido, sobreviviendo los jefes José Barquín y Refugio Tánori que huirían junto con otros realistas al Río Yaqui para tomar una barca en Los Médanos y huir a Baja California. Dos meses después, en septiembre, les seguiría Almada, quien haría un último esfuerzo por tomar Álamos y evitar que los sonorenses recibieran refuerzos de Sinaloa. Pero la operación fracazó, y tras su derrota se dió su huida. Cuando los jefes realistas e indígenas atravezaban el Mar de Cortés, el Coronel Salazar Bustamante los interceptó, haciéndolos prisioneros y regresándolos a Guaymas, donde fueron fusilados el 25 de septiembre de 1866.

La Nación Yaqui en pie de guerra

El período que comprende de 1875 a 1878 marcó una época que los yaquis tienen en buen recuerdo, ya que fue la etapa inicial de la jefatura de Cajeme en toda la región del Yaquimi. En un principio, el Gobernador Pesqueira había dispuesto que Cajeme se hiciera cargo solamente de los poblados más conflictivos: Huíviris, Rahum, Potam, Torim y Cocorit. Toda la zona aledaña a la Sierra del Bacatete. Pero el jefe yaqui no estaba contento con eso. Aprovechando los recientes problemas que enfrentaba el estado de Sonora, bastante ocupado en la reconstrucción de Hermosillo, Ures, Álamos y las rutas de carretera que habían sido devastadas por la guerra, Cajeme comenzó a visitar los diferentes poblados y colonias externas de yaquis que se encontraban fuera de su jurisdicción. También frecuentó las aldeas de mayos, ópatas y pimas de los alrededores. En noviembre de 1874 visitó al viejo Luis Tánori en El Vergel para reforzar una alianza con su pueblo y en febrero del año siguiente estuvo en las fiestas de La Pascua con los mayos en El Ronco, cerca de Navojoa.

En esta época se dió también la primera vez que los yaquis contaron con algo parecido a una constitución. Cajeme convocó, en junio de 1875, una Junta Nacional de los Yaquis en Torim, donde asistieron la mayoría de los jefes yaquis. Estos jefes habían sido títeres dictados por el gobierno federal después de que seis de ellos fueran fusilados en 1866 junto con José Barquín y los conservadores. Pesqueira, de nuevo en el poder, depuso a los gobernadores yaquis y nombró a otros más adictos a la república. Pero la adicción de los yaquis a cualquier facción que no fuera la suya propia siempre fue efímera. En esta asamblea Cajeme los exhortó a la resistencia y a la adaptación. Pesqueira esperaba que Cajeme les enseñara la sumisión y la asimilación, pero ningún yaqui estaría dispuesto a eso.

Cajeme nombró un consejo, a manera de estado mayor, que presidiera la reestructuración de la nueva Nación Yaqui. Los consejeros tendrían poderes extraordinarios en cada pueblo, con responsabilidades y obligaciones que incluían la designación de magistrados, dictamen de leyes, acaparamiento de terrenos baldíos y entrenamiento militar. Pasarían a convertirse en el poder detrás de cada jefe y solamente le reportarían sus actividades al Alcalde Mayor Cajeme. Por supuesto, el gobierno sonorense no se tomó muy bien el comportamiento del caudillo, por lo que pidieron prontamente la intervención de la federación. Sin embargo, la nación estaba muy maltratada tras la guerra contra Napoléon III; de momento cualquier ayuda para los sonorenses sólo era simbólica. Cajeme recibía con bastante alegría los mensajes en los que se mencionaba que, a menos que los yaquis se levantaran en armas, el gobierno federal no se entrometería. De modo que los yaquis disfrutaron de un largo período de tranquilidad en los que pudieron crecer económica, social y militarmente, evitando todo enfrentamiento político o armado con el gobierno sonorense. El gobierno, por su parte, dejaba ser a la Nación Yaqui con tal de que no se sublevaran.

Cajeme comisionó a Esteban Saqueripa, yaqui de Cocorit, para invitar a sacerdotes de los lejanos estados de Querétaro y Nuevo Léon para reinsertar la educación cristiana en el Valle del Yaqui. Sabía de antemano que la educación era fundamental para tener una sociedad preparada, pero lo que más anhelaba era la unión de los yaquis por medio de su fe cristiana, ya que había sido la única fórmula que había logrado involucrar a todas las tribus a nivel nacional. A su vez, se dejaron de pagar impuestos por uso de caminos y postas, agua potable y bestias de carga. Comenzaron a hacer asociaciones para la construcción de carretas, sistemas hidráulicos y herramientas de labranza. El primer paso era dejar de depender del yori y el segundo era buscar la sustentabilidad. En un lapso de tres años, Cajeme había conseguido llevar agua del Río Yaqui a zonas alejadas 20 o 30 km. En cuanto a lo militar, los yaquis mantuvieron constante comunicación con otros integrantes de sus tribus que trabajaban en haciendas, ferrocarriles o servicios de correos, y de esa manera podían introducir armas de contrabando. Se importaban por Nogales, Agua Prieta y Naco, fusiles, revólveres y munición. No hacía mucho que el vecino del norte había salido de la Guerra Civil y las armas, que antes se acaparaban en el frente, ahora buscaban un escape fuera de los Estados Unidos. Pronto, los yaquis adquirieron verdaderos arsenales de fusiles Spencer, rifles Baker y hasta algunos Springfield, así como armas cortas Colt y Remington, aunque siendo menos predominantes. Cajeme tenía un registro y control sobre la propiedad que se daba a las armas regulando su existencia en las divisiones de los distintos poblados. Torim y Huíviris eran los pueblos mejor armados, contando sus elementos entre 1.500 y 1.700 fusiles Spencer y Springfield.

El adiestramiento militar comenzó a mediados de 1878, primero en Torim y después extendiéndose en los otros poblados. Cajeme vigilaba estrechamente la instrucción por medio de los consejeros. Para ello, dividió la zona en tres partes: en el Norte quedaban incluidos los poblados de las tribus de Belem, Cají y Pessio, en el Sudeste, los alrededores de Cocorit, Vicam, Torim y Bacum, y en Las Marismas, los Guayma, Raahum, Potam y Huíviris. Era ésta una división muy similar a la mantenida por las tropas federales en el estado de Sonora, y dejaba entrever que se preparaba para contrarrestar los efectos de cualquier represalia que los sonorenses quisieran tomar contra ellos. Asímismo, las rutas de la serranía, del Batachive y de las Guasimas fueron preparadas en caso de que se tuvieran que hacer marchas urgentes en socorro de los compatriotas.

Al informarse de esto, el prefecto militar y gobernador de Sonora Luis Emeterio Torres, comenzó a tomar cartas en el asunto. Designó a Guillermo Carbó y a García Morales para dar escarmiento a los yaquis en el norte y en el sur. A su vez, mandó llamar a Cajeme para rendir declaraciones en el Palacio de Gobierno y le ordenó que entregara todas las armas de que dispusiera. El caudillo, conciente de que un enfrentamiento contra tropas preparadas a esas alturas sería una locura, entregó una cifra de armas razonable para el gobernador, mas no una importante cantidad de ellas. Mientras Cajeme dialogaba con el general, daba órdenes a los negociadores de seguir con la compra de parque y a los consejeros de continuar con el adiestramiento y la preparación de la resistencia. Torres, sintiendo que Cajeme le jugaría una mala pasada, lo apresó y lo destituyó del mando de los yaquis en 1879, prometiéndole la libertad si los yaquis permitían reinstalar las plazas militares en la serranía. Pero mientras el yaqui aceptaba, los guerrilleros daban batalla a García Morales en el Bacatete, prohibiéndole el acceso. Y por fin, a mediados del mismo año, el jefe yaqui se vió aliviado por la insurrección de Carlos Ortiz, que permitió aligerar la represión contra los yaquis y su persona y, sobornando a sus captores, huyó al Bacatete, haciéndose con una gavilla de hombres bien entrenados y armados, desde donde dirigiría sus operaciones.

Tan pronto como el levantamiento breve de Ortiz fue aplacado, ya no se dispuso el mando militar para Luis Torres, sino para un personaje mucho más enérgico y sanguinario: el General Bernardo Reyes, quien sería muy conocido en los próximos años como el militar de confianza de Porfirio Díaz. Bernardo Reyes no venía a Sonora a jugar, y sus primeras medidas fueron despiadadas. Los yaquis de Belem, que hasta entonces se habían mostrado los más cooperativos con los habitantes de Hermosillo y Arizpe, fueron despojados sistemáticamente de tierras de siembra, bestias de carga y mantos acuíferos. Si querían sembrar, cargar o abastecerse de agua, tenían que pagar renta. Y si se encontraba algún yaqui en posesión de un arma, podía ser ejecutado en el acto. Era el premio por aliarse con el yori y la primer estrategia para suavizar a Cajeme que, no obstante, resultó infructuosa. Los primeros tiros sonaron en la costa y, a finales de 1882, la zona ardía hasta las montañas de la Sierra Madre. Los yaquis comenzaron a irse a los montes y los caminos, saqueando y asesinando en pequeñas bandas que se perdían en los cerros. El bandolerismo se acentuaba, se hacía más frecuente y más crudo. Los intereses extranjeros peligraban enormemente y los nacionales se veían afectados con la reseción de las inversiones. Ya era hora de que el gobierno federal pusiera orden, y la desición correspondía a Bernardo Reyes. En diciembre de 1883 tomó como prisioneros a la familia de Cajeme, en Torim, con el objetivo de presionar al caudillo para abandonar la lucha. Pero el plan no funcionó; lejos de calmarse, la furia de Cajeme estalló con un llamamiento a las armas en todo el estado. Pero esta vez no fue una lucha de pueblos aislados, sino un levantamiento general de todas las tribus, uniéndoseles también los ópatas y los mayos. Se trataba de la mayor amenaza que afrontaría el estado de Sonora en toda su existencia. Las piezas comenzaban a moverse, y esta vez, los yaquis contaban con vaticinios favorables para su victoria.

Fuentes

Vachiam Eecha, Cuaderno of Yoeme people.

Francisco del Paso Troncoso, Las guerras contra las tribus yaqui y mayo del estado de Sonora.

Federico García y Alva, Sonora Histórico.

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Granito de Oro

enero 9, 2010

Yo le puse “Grano de Oro”
A mi caballo alazán.
Era de fierro criollo,
Era hermoso mi animal
Mas se lo dí a Pancho Villa
En su santo, allá en Parral.

Infancia

Rafael Buelna Tenorio nació en el seno de una familia intelectual en el municipio de Mocorito, Sinaloa. Fue su padre, Pedro Buelna, un agricultor, gambusino y comerciante que llegó a tener cierto peso social en Mocorito y Salvador Alvarado, entidades que se dedicaban mayormente a estas actividades. Su tío fue el historiador y político sinaloense Eustaquio Buelna, quien influyó enormemente en el muchacho, tanto que desde su adolescencia demostró tendencias hacia la crónica y el periodismo.

Demostraba su carisma y su don de mando desde muy temprana edad, tanto en la secundaria como en la escuela técnica, donde, a modo de escena teatral, envolvía un periódico y llamaba a formación a los alumnos, siendo obedecido por la mayoría. Era de caracter temperamental e intempestivo, de aguda inteligencia e hiperactivo. Muchacho de actos decididos, antes que detenerse a pensar. De complexión delgada y baja estatura. Escribió algunas páginas en la secundaria. Algunos poemas, relatos breves en prosa y críticas sociales, lo que dió a pensar a sus familiares y amigos que muy pronto llegaría a entrar en la política o la abogacía con ayuda de su tío. La sorpresa que se llevaron, no sabría decir yo si fue buena o mala, pues lo expulsaron del Colegio Civil de Rosales, en la ciudad de Culiacán, en junio de 1909, antes de concluir el tercer grado de la carrera técnica. El motivo fue haber participado en una manifestación estudiantil contra la candidatura del científico Diego Redo.

Pancho Villa le dió el grado,
Le dio el grado de mayor
Cuando lo salvo en Celaya
De las balas de Obregón.
Corrió con su carga en lomo
Hasta llegar a Torreón.

Teniente de las fuerzas maderistas

Huyó de Culiacán, primero a Mazatlán y después hasta Guadalajara, donde continuó con su preparación como periodista por un breve tiempo, siendo interrumpidos sus estudios por el levantamiento maderista, incorporándose a las filas del Gral. Martín Espinoza. Salió con sus fuerzas para tomar Tepic, la capital de Nayarit, y al entrar en la ciudad, Espinoza le nombró Secretario de Gobierno temporalmente. Combatió a los federales en Peñas y Acaponeta, expulsándolos del estado hasta Mazatlán, donde se acuartelaron hasta el exilio de Porfirio Díaz y la toma de poder por las fuerzas maderistas. Contaba ya con 20 años y una carrera militar y política que lo convertía en uno de los líderes mexicanos más jóvenes e influyentes.

A su regreso a Culiacán, el Colegio Rosales lo reintegró entre sus estudiantes, permitiéndole seguir con su carrera periodística y ejercer como profesor. Escribió durante todo el año de 1912 artículos y diarios sobre los movimientos zapatista y magonista para El Correo de la Tarde, actividad que se truncó con la Decena Trágica en 1913.

General de la Revolución

Al inicio del levantamiento contra Victoriano Huerta, se unió a Martín Espinoza en posición de General de las Fuerzas Rebeldes de Sinaloa. Levantó en armas a un ejército de 1.300 combatientes, desde Culiacán hasta Mazatlán, y tomó el Palacio de Gobierno obligando a Felipe Riveros a pronunciarse contra el gobierno golpista. Después de que Carranza enviara a Álvaro Obregón a Sinaloa como General de la División del Noroeste, Buelna fue nombrado general brigadier junto a Ramón Iturbe, Armando Galeana y Manuel Dieguez, y fue encomendado a tomar la plaza de Tepic para preparar el avance del Ejército Constitucionalista hacia el centro del país. Sus fuerzas las componían, en mayor medida, soldados de caballería del norte de Sinaloa, por lo que siempre marchaba a la vanguardia de los constitucionalistas. A su entrada en Tepic, el gobierno le entregó la ciudad sin tirar bala, mientras que las fuerzas federales se retiraban para reunirse en Guadalajara, donde les darían la batalla meses después.

Por su parte, Obregón e Iturbe tomaban los puertos de Topolobampo y Mazatlán, pactando con los funcionarios huertistas y dejándoles escapar por mar hasta Manzanillo. Este hecho enfureció a Rafael Buelna, quien cabalgó con Rafael Garay desde Tepic hasta el sur de Sinaloa para ajusticiar al General Traidor. Buelnita, como le conocían sus compañeros militares, se presentó en Quilá con casi cien soldados de caballería e irrumpió violentamente hasta el campamento del Gral. Obregón. Su objetivo era arrestarlo para llevarlo al paredón y reemplazarlo con Manuel Dieguez, jefe de la Segunda División del Noroeste. Pero fue éste mismo general quien intercediera por la vida de Obregón y evitara un caos mayor del que ya había entre la tropa obregonista.

Después de este altercado, Obregón comenzó a desembarazarse de Buelna, nombrándole Jefe de la Primera División de Occidente y enviándolo con la caballería y un contingente de yaquis a tomar los pasos de vía hasta las afueras de Guadalajara, mientras el general se dirigía a paso de tortuga hasta los altos de Tepic. A la mayoría de sus tropas las repartió entre Lucio Blanco y Manuel Dieguez. Ésto llevaría a Buelna a distanciarse más del mando obregonista y acercarse a Francisco Villa.

Rompimiento con Obregón

Una vez se lo robaron
Los huertistas en Parral,
Mas el potro enfurecido
No dejó de reparar
Hasta quitarse al jinete
Regresando a su corral.

Una vez depuesto Victoriano Huerta, Venustiano Carranza ordenó el cese de hostilidades a Francisco Villa en San Luis Potosí. El Centauro pensaba que este movimiento lo había hecho el Primer Jefe porque no se fiaba de los villistas, así que Villa avanzó hasta Guanajuato para tomar Pénjamo, oliéndose la jugada de Carranza sobre la toma de la Ciudad de México que encabezaría Obregón. Ante tal situación, Villa llamó a una reunión con el Gral. Obregón, cosa a la que éste se negó al no ser ordenado por Carranza. Ante la actitud abiertamente antivillista, Buelna amenazó una vez más al general con fusilarlo.

La carrera de Buelna en el Ejército Constitucionalista no fue precisamente placentera. Buelna era partidario de la Ley Agraria, a la cual Carranza se negaba a dar reconocimiento firmemente. Esta familiarización para con el villismo y el zapatismo hacía que el General en Jefe de la División del Noroeste desconfiara cada vez más de Rafael Buelna. Mientras encabezaba el ejército en el avance a la Ciudad de México recibió noticias sobre la disposición del Gral. Bernardo Reyes de entregar el mando de las tropas federales y la plaza a los jefes carrancistas, y las llevó al Gral. Obregón. Entonces, Álvaro Obregón, ya completamente desconfiado de la lealtad de Buelna, le ordenó regresar a Sinaloa con sus tropas y esperar nuevas instrucciones de Juan José Ríos, General en Jefe de la División de Occidente, y mandó a tomar la plaza al Gral. Benjamín Hill. Buelna desertó con una buena cuenta de jinetes y algunos grupos de artilleros con rumbo a Durango, para de ahí pasar a Chihuahua y unirse a Francisco Villa. Fue perseguido durante dos semanas por Ramón Iturbe pero al internarse en la Sierra de Durango, éste desistió de seguir con la búsqueda.

Con Villa y la Convención de Aguascalientes

Las metrallas enemigas,
Y hasta uno que otro cañón,
Los lazaba Pancho Villa
En plena revolución.
“Grano de Oro” los jalaba
Relinchando de valor.

Frustrados los planes de Carranza de excluir de la Soberana Convención de Jefes Militares a los zapatistas, Villa llamó a una votación de los generales para cambiar la sede de la Convención a Aguascalientes, donde terminarían reuniéndose los revolucionarios. La junta de la Convención votó para elegir como Presidente Interino a Eulalio Gutiérrez, uno de los partidarios de Villa. Por entonces, Rafael Buelna ya se encontraba marchando bajo las órdenes directas de Villa.

El Centauro pronto se encariñó con el joven general, apodándolo Mi Muchachito y Granito de Oro. Contaba 23 años pero parecía aún más joven. Dice Thord Gray en su diario: “…parecía bastante joven, unos veinte años, de aspecto pulcro y al parecer muy inteligente, aunque no era fuerte físicamente. Parecía contento de verme y no tenía nada en contra de recibir lecciones”. En su paso por la Convención, Buelna fue ratificado en su puesto de General de Brigada y Eulalio Gutierrez le nombró Jefe de la División de Occidente, dándole el mando de las operaciones en Sinaloa, Nayarit y Jalisco.

Al separarse de Villa, contaba con 16.000 soldados, de los cuales 7.000 eran de caballería. A principios de diciembre, marchó con su ejército para tomar Guadalajara y Zapopan, que se encontraban en manos de los constitucionalistas. Derrotó a Juan Carrasco obligándolo a replegarse hasta Mazatlán. En enero del año entrante tomó Tepic, controlando las vías ferroviarias de conexión con Camino Real. Entró en Sinaloa al mes entrante acompañado por Julián Medina y se hizo con el control de casi todo el estado. Los obregonistas en Sinaloa vivieron por entonces una seria crisis militar, con sublevaciones en todas partes y numerosas deserciones. En Mazatlán, Buelna derrotó una vez más a Juan Carrasco, arrebatándole las plazas de El Rosario y San Ignacio, y su caballería tomó posiciones en las afueras de San Pedro. Se encontraba haciendo los preparativos para poner sitio a Culiacán, cuando envió una petición a Villa para que enviara más tropas. Las tropas jamás llegaron, pues Villa había sido derrotado por Obregón en Celaya. En vez de recibir soldados, Buelna recibió la orden de retirarse a Durango. Buelna abandonó el sitio y marchó con toda su tropa a través de la sierra para encontrarse con Villa en Parral.

Hacia el final de la Revolución

En este capítulo de la historia de Buelna la información se vuelve un poco confusa. Hay historiadores que mantienen que Buelna abandonó la tropa en Parral para dirigirse a su destierro voluntario en San Luis, Missouri, siendo condenado a fusilamiento por Pancho Villa, por haber desobedecido la orden de mantenerse en Durango. Otros historiadores lo sitúan en Cananea siendo derrotado por las tropas obregonistas, casi al mismo tiempo que el desastre del ejército que mandaba Rodolfo Fierro, en 1915. Como quiera que haya sido, esto representó la última acción bélica de Buelna en la Revolución. Su familia había marchado a los Estados Unidos, donde les alcanzó en noviembre junto con un grupo de sus más fieles hombres.

Vivió en diferentes ciudades de Norteamérica hasta 1919, cuando regresó de su destierro para radicar en Guadalajara como administrador de rastros y abarrotes. Siguió a esta etapa un período bastante gris, en que fungió como Jefe Militar de una comandancia en Los Altos, pero sin absolutamente nadie bajo su mando. Comenzó a dedicarse cada vez más al periodismo y los negocios comerciales, y menos a la política, en la que juraba nunca volver a meterse. Pero el Granito de Oro, con su carácter tan voluble y temperamental, no se podía mantener alejado de los acontecimientos que seguían marcando la faz del país.

Ya desde su regreso había estado en comunicación con Villa y el movimiento que encabezaba en Chihuahua contra Carranza. Cuando murió el Primer Jefe, publicó varios artículos condenando a Álvaro Obregón como el responsable de su muerte y en 1921 restauró su relación con el entonces Gral. Enrique Estrada, jefe de la Comandancia Militar en Nayarit.

Rebelión Delahuertista

Cuando mataron a Villa
En Hidalgo del Parral
En Canutillo el caballo
Lo esperaba en el corral
Murió con la silla puesta
Esperando al general.

A mediados de 1923, llegó hasta los oídos de Buelna una noticia que lo empujaría a abrazar las armas de nuevo: moría asesinado, el 20 de julio en Hidalgo del Parral, el Gral. Pancho Villa, supuestamente por orden del Gral. Obregón. Este acontecimiento dejaba claro que Obregón intentaría reducir a todos sus adversarios políticos y militares. Ya se había desembarazado de Zapata en Chinameca y de Carranza en Tlaxcalantongo, y comenzaba a organizar a otros militares de carrera en torno a su figura, como Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas del Río.

Buelna hizo un viaje corto a Sinaloa en noviembre, unos días antes de estallar la rebelión contra Álvaro Obregón. Cuando se enteró de que los delahuertistas habían iniciado el movimiento armado, regresó a toda prisa a Nayarit para ponerse bajo las órdenes de Enrique Estrada. Éste, no contando con una plana más preparada, concedió el mando de los ejércitos de Sinaloa, Nayarit y Jalisco a Buelna, y se declaró partidario de Adolfo de La Huerta dando comienzo a los ataques contra Juan Carrasco en Sinaloa y Lázaro Cárdenas en Jalisco.

Fueron éstas sus últimas acciones en vida, y representan un mozaico de gestas brillantes y fugaces, pues tomó, en un lapso de dos meses, cuatro estados, ocho comandancias militares y dos puertos, y venció en siete batallas. Desde Nayarit se dirigió a Sinaloa con su caballería, donde derrotó a Juan Carrasco, su antiguo enemigo de la época de revolucionario, en Mazatlán. Convocó a tropa sinaloense y marchó hasta Jalisco, tomando los pueblos de La Barca, Ayotlán, Degollado y Teocuitatlán, donde derrotó a Lázaro Cárdenas y lo tomó como prisionero, devolviéndole la libertad una semana después. De ahí pasó a Guanajuato por Yuriria y Acámbaro para entrar en Morelia y tomar la plaza de armas.

En la organización de las fuerzas de choque que entrarían en Morelia, Buelna se encontraba reconociendo el terreno con un grupo de soldados, cuando recibió una bala de Mauser en la cabeza. Sus hombres lo sacaron inmediatamente y se lo hicieron saber a Enrique Estrada, quien decidió mantener el ataque y terminó tomando la capital de Michoacán cuatro días después de la muerte de Buelnita.

Murió a la edad de 33 años, habiendo pasado antes por todas las graduaciones de un militar, siendo activista político, escritor, periodista y comerciante, y fue uno de los hombres más influyentes y el general más joven de la lucha armada del México Revolucionario. En 1930, siendo presidente el Gral. Lázaro Cárdenas, dispuso que sus restos fueran trasladados de Morelia a Sinaloa, como un gesto de agradecimiento al hecho de que Buelna le perdonara la vida cuando le derrotó en Jalisco. El gobierno del estado de Sinaloa le nombró, en 1974, Hijo predilecto de los sinaloenses y la Federación de Estudiantes Universitarios de Sinaloa colocó una placa en la entrada del edificio central, en la cual se puede leer:

«Un Granito de Oro desprendido de las vetas del ideal revolucionario»

Fuentes

Carlos Grande, Biografías Sinaloenses (Prontuario 1530 – 1998).

Ivor Thord Gray, Gringo rebelde: México 1913 – 1914.


La Guerra del Yaqui: 1790 – 1832

septiembre 8, 2009

Antes de la Independencia: Indiferencia y aislamiento

El siglo XIX hizo su entrada y los yaquis siguieron sometidos por las buenas ante una minoría blanca que crecía muy lentamente en el estado de Sonora. Se le conoció con el nombre de Rebelión Yaqui o Guerra del Yaqui, sin embargo, en los principios del siglo XIX alcanzó el nivel de una sublevación de tintes nacionales en la que, junto con los yaquis, también se vieron involucradas las revueltas locales y el apoyo a la causa de las etnias mayo, pima, ópata, seri, eudate, pápago y apache.

En los últimos meses del siglo XVIII los apaches se habían convertido en un serio problema para los novohispanos de Nuevo México y el norte de Sonora y Chihuahua. Arrinconados y cazados en el sur de Estados Unidos, invadían la frontera frecuentemente en Taos, Nuevo México, y San Luis, Colorado en el noroeste, y en Chihuahua, Paso del Norte, Arizpe y Sonora, en el interior de la Nueva España, robando haciendas, diligencias, caravanas mercantes y ganado. La pacificación de los yaquis era, por lo tanto, una prioridad inmediata en Sonora para dedicar todos los esfuerzos a la reducción de los apaches.

La solución a corto plazo fue implementada por Alejo García Conde, gobernador del Estado de Occidente -nombre que tenía entonces la provincia que reunía a los estados de Sonora y Sinaloa -y real visitador, un militar español bastante capaz tanto en lo bélico como en lo diplomático. A este señor tocó la difícil tarea de negociar la rendición de los últimos yaquis partidarios de Juan Calixto que aún resistían en el Bacatete, regresar la jurisdicción a las misiones jesuitas y justificar el traslado de la capital del estado de San Miguel de Horcasitas a Los Álamos. Redujo los latifundios a los colonos ingleses, franceses y estadounidenses que cada vez se hacían más numerosos que los mismos españoles, reconoció la posesión de las tierras del Yaquimi a los yaquis pero les negó el libre paso fuera de dicha zona por medio de un permiso especial y mantuvo siempre una estrecha vigilancia en la zona fronteriza entre estas etnias y los territorios novohispanos.

Con la llegada del nuevo siglo y el derrocamiento de Fernando VII a manos de Napoleón Bonaparte, vino de nuevo la incertidumbre. En Sonora la declaración de Independencia fue recibida con bastante indiferencia; reacción lógica si tomamos en cuenta que más del 60% de la población sonorense era indígena y en nada estaba relacionada políticamente con los criollos imperantes en el centro del virreinato. Incluso se podría decir que Sonora fue contraria a la insurrección: de este estado salieron refuerzos bajo el mando del mismo García Conde para combatir a los insurgentes en Sinaloa, Cosalá y El Rosario. Además, los jesuitas jugaron un papel de moderadores entre las etnias cahitas y las fuerzas insurgentes, aconsejando siempre a los líderes yaquis y mayos a obrar con prudencia, sin decantarse del lado de los realistas de Félix María Calleja pero dándoles a entender que su fidelidad debía estar con Su Majestad Elegida por Dios.

Después de la Independencia: Sentimiento y orgullo nacionalista

La Independencia fue declarada y reconocida y las esperanzas que tenían los yaquis de corregir su situación por medio del nuevo gobierno liberal se desvanecían en el aire. El ahora denominado Gobierno Mexicano trajo medidas en el estado de Sonora aún más preocupantes que las medidas anteriores de los españoles: esta vez un gobierno ajeno a sus propios organismos decretaba el derecho de colonización sobre las tierras del Yaquimi y daba permiso a todo extranjero para levantar poblados dentro de los territorios yaquis; al mismo tiempo expulsaba a las órdenes jesuitas que tantas veces hicieron la función de contención ante el ímpetu yaqui y que se habían enemistado con los federales. Además, después del reconocimiento, México cortó relaciones migratorias con España, pero las abrió con Estados Unidos, y la ola de nuevos colonos comenzó a crecer rápidamente y con ellos, también se sucedían los arrebatos de tierras consentidos por el nuevo gobierno. Cada vez era más notorio el descontento de los indígenas en el Noroeste de México y sin jesuitas que los representaran ante un organismo oficial, sus intereses se veían seriamente amenazados, por lo que optaron por elegir a un representante general por caudillo ante la inminente guerra que se avecinaba de nuevo.

En 1822, recién concluida la Guerra de Independencia, los yaquis eligieron a Juan Ignacio Jusacamea, mejor conocido como Juan Bandera, como lider de todos los yaquis. Este hombre era de caracter algo temperamental, buen administrador y mejor organizador de tropa, y rápidamente comenzó a realizar acciones encaminadas a un conflicto abierto contra el gobierno mexicano: manifestó el deseo de los yaquis de formar una confederación que incluyera a todos los cahitas en un mismo estado consolidado para defenderse de los agravios de los mexicanos y declaró la necesidad de la eliminación sistemática de todos los yoris que habitaran sus tierras. Al mismo tiempo apremió a las diferentes tribus para colocar defensas en los pueblos, en las Guásimas y en el Bacatete, introdujo el uso del caballo y el fusil para toda la tropa, convirtiendo a las milicias indígenas en guerrilleros para todos los terrenos. Esta guerra fue declarada finalmente por ambos bandos en 1825, y los enfrentamientos comenzaron de nuevo en los alrededores del Bacatete, donde los yaquis se fortificaban para de ahí lanzar incursiones contra los diferentes poblados y las rutas utilizadas por los blancos.

Anteriormente, los españoles y los estadounidenses habían empleado una táctica que dió muchos frutos en las Guerras Apaches: utilizaron a exploradores pápagos (tohono o’odham) para rastrear y emboscar a sus irreconciliables enemigos apaches. Ahora, el gobierno mexicano adoptaba la misma medida, reclutando a indígenas acaxees y rarámuris (tarahumaras) para acorralar a los guerrilleros yaquis que hacían incursiones fuera del Bacatete. Esta medida tuvo repercusiones hostiles hacia los ayudantes del gobierno: las autoridades del Gobierno de Arizpe recibieron un día un costal lleno de manos cortadas con señas acaxees, manos que habían sido enviadas por los ópatas del Cerro del Tiburón, en la costa de Guaymas.

Mientras la influencia de Juan Bandera continuaba creciendo, la junta del gobierno sonorense se trasladó a Cosalá, en Sinaloa, y desde allí, el gobernador Elías Gonzáles comenzó a apoyar la causa del cacique José Madrid, quien tenía el apoyo de varias tribus yaquis y mayos, promoviendo el famosísimo divide et impera. Los enfrentamientos entre los mismos yaquis se fueron agravando, llegando a un enfrentamiento en el Río El Fuerte en que Juan Bandera pidió ayuda a los ópatas y mayos para derrotar a Madrid, mientras que éste contó con apoyo del gobierno federal.

A finales de 1827, Antonio Félix de Castro, padrino religioso de Juan Bandera, encabezó las negociaciones de paz después de dos años de alzamiento, y convenció a ambas partes para firmarla con el reconocimiento de Juan Bandera como principal dirigente de la Confederación Yaqui, y aunque el gobierno mexicano se negó a reconocerles como nación independiente, estos seguían ignorando a las autoridades impuestas por los federales y seguían realizando incursiones en las haciendas con el fin de hostilizar a los colonos yoris y presionar al gobierno para que devolviera sus tierras.

Última etapa: ocaso de Juan Bandera y la enemistad del yori

La paz, ya de por sí muy frágil, fue rota de nuevo en 1829, cuando tropas federales expulsaron a pobladores de Cocorit y Potam para integrarlas en ejidos y entregarlas a colonos estadounidenses. Juan Bandera declaró el estado de guerra contra México y los colonos yoris, y presto a dar el ejemplo realizó una expedición contra Potam y Cocorit asesinando, quemando y robando ganado, y guió a un ejército de alrededor de 4.000 yaquis a través de los caminos federales, atacando los poblados de El Pinto, Nacozari y Copeche, cerca de Ures y Hermosillo. Los ataques a los poblados yoris eran brutales y la mayoría de las veces no se podía atrapar a los perpetradores porque desaparecían en el Bacatete antes de que llegaran las tropas federales. Esta situación fue vivida por la población blanca durante casi dos años, hasta que en 1831, fecha en que se separaron los estados de Sonora y Sinaloa en gobiernos diferentes, el Congreso de la Unión, presionado por la ciudadanía, ofreció el indulto a los yaquis sublevados y aseguró en el mando de estos a Juan Bandera, nombrándolo Jefe de los Yoemé (nombre con que se conocen a sí mismos los yaquis) y General de la Nación, convirtiendo en asalariados a él y a sus tropas y regularizándolos como Ejército Regular Yoemé en conformación de la Segunda Zona Militar.

Al año siguiente de la pacificación, el gobernador Escalante mandó llamar a conferencia a Juan Bandera a la Zona Militar de Hermosillo, pero al cruzar por El Ronco fue emboscado por hombres de José María Madrid. Bandera dió por asegurado que la trampa había sido tendida por las autoridades federales y como venganza apresó y colgó a los agentes de Madrid en Vicam y Cocorit. Al llegar a Rahum hizo saber a los yaquis sobre el intento de asesinato de que había sido víctima y alistó a las tropas. Avanzó hasta Guaymas, donde se le unieron las fuerzas ópatas de Virgen Gutierrez y en Navojoa los mayos de Jacinto Salvador. El plan era atacar el poblado de Los Álamos, donde se encontraba el 2° Regimiento y rendirlos antes de que el gobernador Leonardo Escalante acudiera en ayuda de los cercados desde Hermosillo.

El ataque a Los Álamos comenzó en septiembre de 1832, resultando en derrota para los rebeldes que se tuvieron que replegar a Huirivis y de ahí a Guaymas, viéndose acorralados por el 5° Regimiento procedente de Zacatecas y la Columna Angelina que mandaba Leonardo Escalante desde Hermosillo. En Guaymas, los mayos se separaron para internarse en las manglerías de la Bahía de Lobos y de ahí cruzar hasta El Tiburón, donde se refugiarían entre los seris hasta que pasara la tempestad. Pero Bandera no disolvió sus fuerzas, sino que pretendía rodear a las fuerzas federales y huir por la noche a Torim, donde se habían refugiado cientos de familias yaquis. La expedición fue descubierta cuando los yaquis se aproximaban a Soyopa y la persecución duró toda la noche, quedando cientos de rebeldes aislados en los cerros y siendo derrotados por pequeños grupos. Bandera consiguió huir con algunas tropas hasta Torim, donde fue sitiado el mes entrante y derrotado en una semana.

Juan Bandera fue enviado a Hermosillo para ser enjuiciado por la Corte Marcial al ser un General Mexicano, pero el caudillo se arrancó las insignias nada más entrar al edificio y pidió ser juzgado como un forajido, no como un traidor a su patria, sino como un enemigo de los mexicanos y que, en vez de ser colgado fuese fusilado. Dos meses después, Juan Bandera y los Hermanos Gutierrez, Virgen y Dolores, fueron enviados a Arizpe, donde serían ejecutados fuera de su pueblo y lejos de sus partidarios. Sin embargo, el espíritu revolucionario e indomable, y la personalidad arrolladora del yaqui Juan Bandera sembró semilla fuerte en la mentalidad del pueblo yaqui, que nunca cedió un ápice en su lucha por la pertenencia de sus tierras ancestrales. Con el tiempo otros caudillos imitarían a Juan Bandera, como Cajemé -de quien hablaré en otro artículo -y llevarían la lucha que parecía insípida y a todas luces ineficaz y sin sentido -muchos de los colonos blancos no se explicaban el por qué de la terquedad del yaqui, cuando de las decenas de tribus cahitas, ellos y los mayos eran los únicos que no se asimilaban a la Federación Mexicana -a un enfrentamiento idealista que vería su fin después de un siglo de la muerte de Juan Bandera.

Fuentes:

Vachiam Eecha, Cuaderno of Yoeme people.

Francisco del Paso Troncoso, Las guerras contra las tribus yaqui y mayo del estado de Sonora.

Eduardo Quezada, Quezada News Network.

Continuación: La Guerra del Yaqui: 1833 – 1884


La Guerra del Yaqui: Inicios.

julio 31, 2009

Una tarde del verano de 1607, una columna de españoles de la Capitanía de Sinaloa, bajo el mando de Diego Martínez de Hurdaide, se internó en la Sierra de Bacatete, al sureste de lo que hoy es el estado mexicano de Sonora. Iban siguiendo a un grupo de indígenas ocoronis que habían atacado la villa de San Felipe y Santiago para ajusticiarlos. Desde hacía un par de años, los rebeldes ocoronis y zuaques se habían refugiado entre sus aliados yaquis, una belicosa etnia conformada por varias tribus que ostentaban el título de los más fieros guerreros de las tribus cahita. El capitán y alcalde mayor Diego Martínes, había dado un ultimátum a los líderes de esta nación: entreguen a los rebeldes o aténganse a las consecuencias. Y las consecuencias fueron cuatro años de desastrozas campañas que terminaron muy mal para los españoles, incluída una batalla en la Sierra del Bacatete en la cual casi pierde la vida el capitán castellano. Al final, presionado y hostigado por las autoridades de la Nueva España, Diego Martínez tuvo que firmar un pacto de paz vergonzoso, tomando en cuenta que el glorioso ejército español había avanzado durante veinte años hasta el norte de lo que hoy es el terrirorio mexicano, sin perder un solo enfrentamiento contra las tribus chichimeca.

Desde 1533 se tenía constancia de la belicosidad y la rudeza de esta gran etnia. Entonces, Diego Guzmán había llegado con sus conquistadores hasta los límites del Río El Fuerte, donde se encontró con una coalición de guerreros mayos y yaquis, quienes en acto simbólico pintaron una raya en la tierra frente a la mirada del capitán, advirtiéndole de lo insensato que sería el internarse en sus territorios. Diego Guzmán mandó formar filas y descargar los arcabuces, mismos que habían dado buenos frutos contra otras tribus de la zona, pero contra los yaquis y mayos lo que provocó fue una andanada furiosa de flechas y lanzas que casi terminó en una tragedia para los aventureros castellanos.

Durante siglos los yaquis siguieron gozando de esta posición de influencia local y tranquilidad, tornándose la nación indígena más influyente de todo el Noroeste de México. Con la llegada de las órdenes jesuitas, los yaquis fueron volviéndose cada vez menos agresivos. Dejaron de atacar a los poblados hispanos, abandonaron las prácticas de abijeo y se dividieron, para su gobierno, en ocho diferentes estados. Los misioneros cristianos los evangelizaron y educaron según las necesidades del nuevo estado de la Nueva España, que tenía serias pretensiones sobre los territorios de los yaquis.

En septiembre de 1734, el gobierno criollo de Juan Antonio Vizarrón declaró posesión sobre todos los territorios que aún no habían sido ocupados alrededor de las Villas de San Felipe y Santiago, Parral y Paso del Norte. Esto, por supuesto, incluía también a los territorios circundantes del Río Yaqui. Los yaquis organizaron delegaciones con ayuda de los jesuitas para reclamar lo que, por derecho, les pertenecía, enviando a sus dirigentes a la corte del Virrey en 1735, 1737 y 1739, negociaciones que terminaron en nada. Entrando el año de 1740, llegaron recaudadores y una división armada de españoles bajo el mando de Agustín de Vildosola, quien por entonces servía al gobernador de Nueva Galicia Manuel Bernal de Huidobro. Al estar siendo despojados de sus tierras, los yaquis se declararon en guerra, invitando a sus hermanos mayos, pimas y yoremes a unirse y rebelarse contra el gobierno virreinal.

Poco se sabe sobre los primeros caudillos de esta etnia, al no haber constancia escrita y al perderse la tradición oral por culpa de las deportaciones en masa de que fueron objeto posteriormente. Pero se sabe que el primer caudillo que sublevó a todos los cahitas contra Bernal de Huidobro y el gobierno criollo fue Juan Calixto, jefe yaqui de Cocorit. Era este un hombre muy apegado a los misioneros jesuitas que mucho tiempo detuvieron el ímpetu yaqui tras la declaración novohispana de la expropiación del Yaquimi, pero después de la tiranía con que operaba el gobernador Huidobro, los mismos jesuitas apoyaron y arengaron a los yaquis en la defensa de sus tierras.

Juan Calixto reunió a más de 5.000 guerreros, y se fue con ellos a proteger la Sierra del Bacatete -táctica que sería sumamente repetida después -la cual era, literalmente, una fortaleza inexpugnable. Durante tres años los insurrectos yaquis hostigaron las rutas del norte de la Nueva España. Los comerciantes y recaudadores no podían acceder durante mucho tiempo a Parral y Paso del Norte, en Chihuahua, ni a Torreón, en Coahuila, porque la principal ruta de Nueva Galicia doblaba en torno al Río Mayo y la parte baja de la Sierra del Bacatete. Esto trajo numerosas pérdidas al gobierno novohispano y la creación de rutas alternativas a través de la Sierra Madre Occidental y los territorios inhóspitos de Zacatecas, lo cual era peligroso, tardado y costoso.

En 1743, el gobernador Bernal de Huidobro fue depuesto por la incapacidad de apaciguar a los rebeldes yaquis, y el mando fue otorgado al capitán Agustín de Vildosola. Este tomó rápidas medidas, declarando sus intenciones de pactar una tregua con los jefes insurgentes. En octubre del mismo año se entrevistó con el jefe yaqui Juan Calixto y el jefe mayo Juan Ignacio Muni, pero al término del encuentro, tropas federales se presentaron y los apresaron, recluyéndolos en San Carlos de Buenavista y ejecutándolos al poco tiempo después. Fue este el primer episodio de lo que se conocería en la posteridad como la guerra más larga y cruel en México y cuyo saldo sería la trastornación de cientos de etnias de todo el país y el surgimiento de uno de los odios más enconados entre blancos e indígenas -yoris y cahitas, como diría cualquier yaqui -en el continente americano. Después de la Guerra del Yaqui, el hombre blanco jamás sería visto igual en el norte de México.

Fuentes:

Vachiam Eecha, Cuaderno of Yoeme people.

Francisco del Paso Troncoso, Las guerras contra las tribus yaqui y mayo del estado de Sonora.

Eduardo Quezada, Quezada News Network.

Continuación: La Guerra del Yaqui: 1790 – 1832