El Incidente de la Bandera

marzo 3, 2010

Y ya que estamos en los días del festejo de la bandera, ¿por qué no recordar una vieja historia?


Aciago día el 27 de Octubre del año de 1914. Se arma un borlote en el Teatro Morelos de la ciudad de Aguascalientes. El motivo: se lleva a cabo una de las reuniones de la Soberana Convención de Jefes Militares y Gobernadores de los Estados con el fin de debatir y pactar sobre los diferentes temas propuestos desde el inicio de la lucha. Reparto agrario, legislación del sufragio, instauración de juntas de gobierno, desmovilización de ejércitos. Un montón de soldados improvisados se agolpa a las afueras del edificio para estar a punto de llamada de sus jefes.

Pero dentro, los hombres más impensables -rancheros, cuatreros, maestros rurales, campesinos, pequeños terratenientes, comerciantes, artesanos y obreros -son los que ocupan las butacas que un par de años atrás recibían a la élite política. Han acudido ridículamente pulcros, saturados de perfume y lavanda para aparentar que no son soldados teñidos del rojo y el acre de los campos de batalla y para quitar de sus ropas el olor a pólvora y ollín. Están en la sala mayor más de setenta funcionarios entre gobernadores interinos, suplentes y secretarios, así como también los dueños de la palabra; el General Obregón y sus partidarios del Occidente se encuentran relegados en el ala angosta, pues se han visto desplazados por los convencionistas partidarios de Francisco Villa. Entre estos dos grupos se ha provocado demasiada polarización. Los obregonistas, compuestos por pequeños terratenientes y comerciantes, más partidarios de las medidas procurantes y positivistas, han despertado un recelo entre los villistas, hombres avocados a la caballería y el ímpetu, personajes tan variopintos como discordantes en la escena teatral. Algunos villistas son forajidos y delincuentes de renombre, como Urbina, Chaos, Baca o el mismo Villa. Carranza no asiste, ya que teme un enfrentamiento posible si los díscolos villistas toman el partido del Agrarismo suriano.


La Soberana Convención de Aguascalientes tuvo, como primer punto de reuniones, el Teatro José María Morelos de Aguascalientes, encabezada por Eulalio Gutierrez, designado Presidente Interino por presión villista. Gutierrez era poco más que una marioneta en las manos de Pancho Villa, quien era el verdadero orquestador de las fuerzas armadas, incluso, muy a pesar de Carranza y Obregón. Destacados funcionarios estaban en la corte villista, mas aún así la división los fragmentaba. Al contrario de los constitucionalistas, los villistas se componían de “frescos” y “colorados“. Muchos magonistas y blanquistas se habían incorporado en las filas intelectuales de Pancho Villa, dotando de un papel secundario a los militares interesados. Hombres con verdadera carrera militar como Felipe Ángeles y Manuel Bonilla desplazaron a improvisados como Pánfilo Nátera y Sebastián Urbina. Se acercaba la hora de conciliar y enarbolar verdaderos planes ideológicos, y de dejar parcialmente de lado las campañas militares.

Con Felipe Ángeles y la camarilla de estrategas políticos se había logrado, para bien del Villismo, la unión de los mandos de la División del Norte, la consolidación de una fuerza de artillería de primer nivel, la estructuración de planes tácticos y el acercamiento para con los guerrilleros del Ejército Libertador del Sur. Era un gran logro comparando la enemistad que separaba a los norteños de los sureños y que amenazaba con recrudecer la guerra y desgajar el país una vez más ahora en dos bandos identificados: agraristas y antiagraristas.

El Plan de Ayala enarbolado por Emiliano Zapata y los sureños demandaba serias pretenciones sobre la Reforma Agraria y la Abolición de la Propiedad Privada. Los “colorados” que habían permanecido en pie de lucha después de la caída de los Flores Magón y el Club Ponciano Arriaga encontraron cobijo entre las filas zapatistas, y no solamente eso sino que también se les dió lugar en la redacción del Plan de Ayala.

Uno de sus principales promotores -tanto del zapatismo como del Plan de Ayala -era un antiguo seguidor de los Flores Magón e integrante del PLM –Partido Liberal Mexicano -de nombre Antonio Díaz Soto y Gama, un viejo militante del Club Ponciano Arriaga que ya había protagonizado varios altercados desde una década antes del comienzo de la guerra. Participó en el Congreso Liberal de la Ciudad de México, en la edición del 5 de Febrero de “El Hijo del Ahuizote” -manifestación contra las últimas reelecciones y represiones del gobierno porfirista -, en los movimientos obreros de Cananea, en los clubes liberales de San Luis, Missouri y en la toma de la Baja California, entre otros movimientos revolucionarios. Estaba influenciado enormemente, como todos los magonistas, por las ideas anarquistas y socialistas de los pensadores rusos y franceses de finales del Siglo XIX. En Octubre de 1914 se encontraba entre las filas zapatistas y era uno de los pilares intelectuales, tanto así que tomó un lugar destacado en la comitiva que asistiría a la Convención de Aguascalientes en representación de Emiliano Zapata.


La comición zapatista ha arribado al lugar. Cualquiera se esperaría lo que decían de aquellas turbas, desarrapadas y desorganizadas con ropas de manta y enormes sombreros de paja, con la cara labrada por el polvo y el sol, bajitos y cabizbajos, orgullosos y desconfiados, de manos y pies callosos e incapaces de caminar sin sus mausers y machetes, tan acostumbrados a pelear que casi no hablaban para no alterarse. No. En vez de ellos, asisten una docena de hombres pulcros vestidos de traje y levita, con sus bajos sombreros y anteojos de cristal, gallardos y seguros. Zapata ha enviado a lo mejor de sus consejeros políticos que, lejos de formar parte del campesinado, se componían de antiguos elementos de los clubes liberales más reputados del norte y sur del país.

El principal destacado es Paulino Martínez, jefe representante de la comición zapatista. Pero también pueden verse rostros curtidos en la política, como Antonio Díaz Soto y Juan Banderas. Es el primero quien se coloca antes que nadie al frente de los asistentes y comienza a saludar a los allí congregados. Los obregonistas y carrancistas que decidieron quedarse aún tienen desconfianza para con los sureños, pues atacaron duramente al régimen de Francisco I. Madero, quien decidió no alinearse a los requerimientos de la Reforma Agraria. A Paulino Martinez todos le observan, ya que fue este el más duro crítico antes de la Decena Trágica. La mayoría de los presentes, duros nacionalistas de los bandos de Villa, Robles, Dieguez y Blanco, están eufóricos pues, si todo sale como ha explicado el General Ángeles, se conformaría la coalición más fuerte de México; una coalición en que villistas y zapatistas se pondrían al frente de más de la mitad del país contra un Carranza cada vez más prepotente e imprudente.

El «Máximo Jefe», como se llamaba a Carranza, hacía tiempo que se rodeaba de militares extranjeros y elitistas, negando cada vez más mandos y sacrificando objetivos primordiales para no dar muerte completamente a la resistencia del Ejército Federal que aún se encontraba con un poco de oxígeno en el centro y sur de México. Conocedores de esta situación, los zapatistas adoptaron una estrategia en haraz de lograr la fusión con la División del Norte y poder, de esa manera, enfrentar a Carranza y el Ejército Federal en igualdad de condiciones militares. Lamentablemente, este proceso iniciaría con el pie izquierdo.

En la Cámara de Diputados, donde comenzarían a hablar los jefes militares en cuestión de minutos, se aprestan los delegados sureños a la firma de la bandera, pues según los revolucionarios es lo más preciado que se tiene en el país y la firma estampada en ella era una garantía del compromiso de todos los jefes para que, pasara lo que pasara, se recordara que la obligación de los militares era luchar siempre por el bien de la patria.

Paulino Martinez ha estampado su firma y le sigue Constancio Farfán «El Cristo». Uno a uno van pasando hasta que toca el turno a Antonio Díaz Soto. Éste, en vez de estampar la firma, toma la prenda y dirige un enardecido discurso a los expectadores:

– «Aquí venimos honradamente, pero creo que la palabra de honor vale más que la firma estampada en ese estandarte; ese estandarte que, a fin de cuentas, no es más que el triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide… ¡Señores!, jamás firmaré sobre esta bandera. Estamos aquí haciendo una gran revolución que va expresamente contra la mentira histórica, y hay que exponer la mentira histórica que está en esta bandera.»

La reacción es única y enérgica: sea del bando que sea, todo revolucionario presente desenfunda su arma y amartilla pistola, corta cartucho de carabina y se abalanza al frente, prestos a defender lo que, para ellos, es lo más preciado en la lucha. La situación se tensa. Los militares zapatistas hacen lo propio, vociferando pero no con la energía mostrada por los convencionalistas, que son superiores en número y en actitud. Soto y Gama se ve alarmado. No se esperaba esta respuesta. Levanta en lo alto la enseña tricolor y convoca a la calma y la mesura. Pero algunas armas siguen prestas a cubrir el cuerpo muerto de Soto y Gama con la bandera como mortaja.

Soto y Gama prosigue: «Bien, caballeros. Cuando ustedes terminen con su negocio, yo seguiré con el mío.»

Al ver los ánimos más templados, Antonio Díaz continua hablando de los triunfos de la República, arrepintiéndose de haber tachado a la bandera de ilegítima cuando había sido el estandarte de las tropas libertadoras y democráticas de los caudillos de la Independencia y las Guerras de Reforma. Un bello discurso patriótico y senzato, pero completamente vacío de sentimiento, puesto para conveniencia de individuos intolerantes y ultra nacionalistas. Se extiende por espacio de quince minutos y, al final, se inclina para colocar su firma en el pedazo de tela de tres colores que ya contenía las firmas de Carranza, Obregón y Villa.

Manuel Dieguez y Eulalio Gutierrez se acercan a Paulino Martínez y le reciben con un fuerte abrazo. Francisco Villa hace lo propio con Juan Banderas y Antonio Díaz Soto se sirve un vaso de agua para pasar el mal rato. Está claro que los hombres más poderosos del país aún no están listos para aceptar la verdad de la usurpación nacional a través del espíritu de la bandera y una patria que ni existe ni nunca existió.”


El Incidente de la Bandera es recordado por ser el primer episodio que mostraría las pronunciadas diferencias ideológicas entre el zapatismo y el villismo -después se mostrarían las militares por sí solas -. Estas diferencias llevaron con el tiempo al distanciamiento entre los generales villistas y los zapatistas, menos diestros en el manejo de las tropas, preocupados siempre por el cultivo de las tierras recién arrebatadas al latifundio. Si bien nunca habrían de romper, Villa y Zapata se fueron aislando mutuamente hasta quedar rabasados por las fuerzas constitucionalistas.

Posteriormente, Antonio Díaz Soto y Gama fue entrevistado sobre lo sucedido en el Teatro Morelos. El anarquista contestó: «Mi obsesión era destruir la oscura maniobra de los carrancistas. La idea básica era demostrar que en lugar de ser un honor a la bandera el firmarla con un compromiso que destruía la libertad de acción de los elementos villistas, era un ultraje visible, era un desacato el valerse de ella como de un vulgar trapo manchado de tinta para que sirviera de base a los carrancistas a fin de atar a su carro triunfal a los villistas y quizás a los zapatistas, si nosotros fuéramos tan inocentes como para caer en la misma trampa. Atormentado por esta idea, aparté de mí la bandera y dije que yo no firmaría sobre ella».

Fuentes

Jason Wehling, «Zapata, Flores-Magón y el Anarquismo»

Federico Reyes Heroles, «El Triunfo de la Revolución»

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Génesis del crimen y la barbarie

febrero 4, 2010

La década de 1920 a 1930 fue una etapa que podría considerarse «brillante» en los anales de la nación mexicana, recién salida de un conflicto bélico que cambió para siempre las vidas de todos sus habitantes y de los países vecinos: la Revolución Mexicana acababa de entrar en la esperada transición de la lucha armada y las reformas tan prometidas por los contendientes y tan esperadas por la ciudadanía comenzaban a aplicarse en varios estados de la República. La maquinaria encargada de llevar a cabo los cambios sociales, culturales e industriales que el pueblo necesitaba marchaba a pedir de boca, hasta que le tocó el turno al estado de Sinaloa.

En 1926, ante el avance de la Reforma Agraria del Máximo Jefe Plutarco Elías Calles, nace el Contramovimiento Agrarista Sinaloense, un movimiento no oficial pactado por los latifundistas del estado del Noroeste que pretendían oponerse a esta reforma así fuera por la fuerza de las armas. Por entonces, no existía fuerza armada alguna que velara por los intereses del pueblo en Sinaloa, que seguía siendo manejada por los ricos hacendados mezcaleros, cañeros y ganaderos de las villas sureñas. Para esto, los terratenientes contrataron y armaron a varios grupos de hombres para convertirlos en sus «ajustadores» y que velaran por la seguridad de sus tierras ante la invasión de los campesinos en los latifundios que se sentían protegidos por la Reforma Agraria. De esta manera nacieron bandas armadas como “Los Pineda“, “Los López” y “Los Dorados“.

La mayoría de estas bandas estaban compuestas por jóvenes pueblerinos, algunos de ellos capataces de las haciendas que los contrataban y otros simples campesinos ociosos. Armados con equipos exclusivos del Ejército Federal, rifles Mauser, carabinas Winchester 30-30, pistolas Remington y Colt, vestían ropas típicas de rancheros, sombreros texanos, botas de cuero, camisas de paño o de lino, paliacates y franelas, ostentozos y descuidados, sin la mínima vergüenza. Les gustaba hacer alarde de sus fechorías y presumían de sus abusos contra la ciudadanía. Casi todos los grupos eran iguales, salvo uno de ellos, distinguido siempre por la notoria violencia de sus actos y la extravagancia de su líder.

Es esta la época convulsiva que ve nacer la figura legendaria de Rodolfo Valdez, mejor conocido como “El Gitano“. Alto, corpulento y tosco, con la mente fría como una culebra y el temperamento de un niño de diez años. Berrinchudo y caprichoso, enérgico y explosivo, siempre dispuesto para la violencia y el despilfarro, no se lo pensaba dos veces a la hora de asesinar, había dado muerte incluso a amigos propios y parientes y tenía la costumbre de disparar balas con su firma impresa en ellas. Era un joven de veinticuatro años, vecino de Aguacaliente de Gárate, en el municipio de Concordia, lideraba una banda bien organizada y bien armada financiada por varios terratenientes concordienses, cosaltecos y mazatlecos. Vestía pantalones de vaquero, botas altas, camisas holgadas y desabotonadas en el pecho, sombrero vaquero y gafas para el sol, su cara poblada por un denso bigote oscuro, como su crespo y crecido cabello, y un paliacate sobre su cabeza o encima del hombro con el que se limpiaba el sudor y el polvo. Le decían “El Gitano” por su postura desfachada y los colgajos que acumulaba en su cuello y sus mangas, adquiridos de los indígenas tepehuanos y huicholes del sur de Sinaloa.

Los Valdez Valdez -algunas versiones lo apellidan Valdez Osuna, sin embargo, conozco personalmente a vecinos de Concordia que le nombran Valdez Valdez -eran una vieja familia del poblado de Gárate de Concordia, trabajadores de las plantaciones cañeras de Don José Gárate desde hacía mucho tiempo, y Rodolfo, desde muy pequeño, fue mandadero y peón del viejo hacendado. Había demostrado una inteligencia nata y una lealtad inquebrantable hacia la familia, por lo que, ante la llegada de la Reforma Agraria al estado de Sinaloa, se unió a la causa de los antiagraristas, que defendían sus latifundios de los movimientos regionales encabezados por políticos de Culiacán y Mazatlán.

Hacia 1927, fecha en la que comienza el Movimiento Agrarista de la mano de Jacobo Gutierrez, El Gitano tenía veintitrés años y ya se le conocía como a un individuo desalmado y violento. Reunió primero a un grupo de una docena de amigos suyos, de quienes prontamente se erigió en líder y representante. Casi todos ellos eran vecinos del mismo poblado de Concordia: Agustín Salcido “El Indio“, Juan Samaniego “El Kelly” y Ramón Barrientos “El Chino” eran algunos de los integrantes de su banda, quienes adoptaron el mote de “Los Dorados“, tal vez en alusión al ejército de Pancho Villa, pero los hacendados que contrataban sus servicios les denominaban “Guardias Blancas” y la gente pueblerina les llamaba “Los del monte“, pues era la serranía su principal campo de acción desde donde operaban impunemente y en donde se refugiaban cada vez que golpeaban a algún líder agrarista. El principal golpe dado al movimiento sucedió en agosto de 1928, cuando asesinaron a Jacobo Gutierrez, personaje que fue tomado como ícono de lucha por los agraristas. Después de su muerte, el gobierno declaró la guerra a las Guardias Blancas, tornándose el conflicto de rebeldía en uno decididamente bélico.

La Rebelión del Monte

En 1930 la revuelta antiagrarista recrudeció el conflicto civil tornando el sur del estado en una zona altamente violenta. Los agraristas comenzaron a armarse contra las Guardias Blancas al no poder contar con el apoyo político ya que, la política de entonces en el estado, iba contra lo designado por el máximo mandatario del país, Pascual Ortiz. En esas fechas comenzaba a sentirse todo el enorme peso del cardenismo, corriente encabezada por el General Lázaro Cárdenas del Río, hombre más que dispuesto a hacer cumplir las promesas con que los militares habían arrastrado a la guerra a toda la desarrapada muchedumbre que necesitaba de tierras. Sin embargo, con solo terminar el conflicto, el General Ángel Flores, ahora designado gobernador del estado, resolvió darle la espalda a la Reforma Agraria, ir contra los intereses del cardenismo y apoyar a los terratenientes sinaloenses en su afán por defender la propiedad privada. Lázaro Cárdenas, como Secretario de Gobernación, exigió a Ángel Flores la designación de autoridades competentes para combatir a las ingobernables Guardias Blancas, y al no poder poner el freno, los agraristas vieron en la figura de Ramón Lizárraga “El Borrego a un cabecilla que tenía lo suficiente para hacerles frente a los gatilleros de los hacendados.

Hombre conocido por su arrojo y su ferocidad, El Borrego comenzó a actuar contra los antiagraristas con igual o aún mayor violencia con la que actuaban estos. Era un auténtico fanático de la causa agrarista, siempre moviéndose de congregación en congregación, animando a los ejidatarios a enfrentarse, así fuera con palos y piedras, a Los del Monte y sus patrones y arrebatarles lo que se habían ganado en la guerra.

En septiembre del mismo año, El Gitano ejecutó en Mazatlán a José Esparza, quien movilizaba a campesinos de La Yuca y El Verde para obtener ejidos. La respuesta de El Borrego fue el secuestro, tortura y asesinato de uno de los hijos de Aurelio Haas. Y esa era la relación acostumbrada entre las dos gavillas rivales: la vendeta. A cada asesinato de Los del Monte, los Agraristas golpeaban el doble de fuerte, ocasionando un círculo vicioso que no parecía tener fin. Incluso los mismos hacendados que financiaban a las gavillas rebeldes llegaron a interponer sus quejas ante Alfonso Tirado, por entonces presidente municipal de Mazatlán. Así era la vida en Mazatlán y sus alrededores. Balaceras sin fin, de noche y de día, en las mismas calles, en la sierra, en los hoteles, en los mercados. La zona rural de los municipios se volvió famosa por la violencia destilada de las luchas por las tierras. Parecía como si la Revolución continuara en una escala más pequeña. Una frase era muy popular por entonces. Solía decírsele a la gente que iba con ruta a Concordia: «No vayas a Concordia, que ahí te matan y te entierran y no te cobran». Al final de los ajustes de cuentas, el propio Lizárraga fue emboscado en su domicilio y asesinado mientras dormía. Había sido el defensor más radical del agrarismo y el movimiento se sintió sin fuerza por un par de años, pareciendo tocar a su fin las demandas con el terror infundido a los ejidatarios, cuyas autoridades electas constitucionalmente no podían hacer frente a las gavillas.

Durante los cinco años de lucha entre agraristas y dorados, Alfonso Tirado realizó una labor encaminada a la defensa del patrimonio de los hacendados. En 1938, el agricultor fue asesinado en Culiacán, en la cantina del Hotel Rosales, por el Teniente Alfonso Leyzaola “La Onza“, quien era el ejecutador y hombre de confianza de otro militar enemigo de Alfonso Tirado. Rodolfo Loaiza era, desde hacía varios años, el principal opositor de Tirado y la horda de familias de hacendados que le respaldaban. Era un cardenista aferrado y un componente de la nueva escuela militar, defensor del agrarismo y enemigo de los tecnócratas, que a finales de los 30’s cobraban fuerza de nuevo bajo la bandera del General Ávila Camacho. Estos dos personajes habían tenido altercados anteriormente, aunque nunca habían pasado de pleitos políticos. Sin embargo, era bien conocido por todos que, en el momento en que uno de ellos diera la oportunidad al otro, le daría muerte sin la menor pizca de escrúpulos.

Loaiza estaba muy bien relacionado con sindicalistas obreros, periodistas y dirigentes ejidatarios de los estados de Sonora y Chihuahua, y defendía a los ejidatarios sinaloenses. Una de sus primeras medidas al sumergirse en la política sinaloense fue la de cerrar las mezcaleras y las haciendas que se dedicaban a su elaboración pues, según él «es embrutecimiento con lo que se le paga al labrador, para convertirlo en un borracho inmoral que se gasta el dinero en licor y que descuida a su familia», y puso especial énfasis en la educación y la autosuficiencia de las familias sinaloenses. De cualquier cosa que se tratase, estaba claro que los intereses de Loaiza iban en contra de los de Rodolfo Valdez. Y así se lo haría saber en los siguientes años.

La persecución loaizista

En 1940, Loaiza se convirtió en Gobernador de Sinaloa ante la carencia de enemigos políticos verdaderos. Uno de sus principales pendientes fue el reparto agrario y la conformación del campesinado en los ejidos, cosa que era entorpecida enormemente por Los del Monte. Las gavillas antiagraristas siempre fueron un problema prioritario para Loaiza. Persiguió sin descanso a Pedro Ibarra, Manuel Sandoval “El Culichi“, Manuel Sarabia y Rodolfo Valdez, quienes eran los principales dirigentes de los grupos armados. A Pedro Ibarra lo detuvo en Badiraguato, que a principios de 1940 ya comenzaba a ser una zona de siembra de estupefacientes, y lo convenció de abandonar la causa latifundista. En El Roble, Manuel Sarabia asesinó a Tomás Santos, y Loaiza respondió entrando a las haciendas y deteniendo a sus dueños haciéndolos firmar bajo coacción y con uso de la fuerza la repartición de tierras. Manuel Sandoval abandonó la lucha con el ofrecimiento de un puesto militar. [Fé de erratas: Manuel Sandoval “El Culichi” no abandonó la lucha, ni aceptó nunca un puesto militar. Siguió encabezando gavillas hasta un tiempo indefinido. Fuente:  http://www.oem.com.mx/elsoldesinaloa/notas/n1869533.htm]

El único que no cesaba en los atentados era El Gitano, quien por entonces se había relacionado, por medio de Ibarra, con algunos sembradores de amapola de la Sierra de Badiraguato. Loaiza puso mano fuerte a la persecución sobre El Gitano, pero el delincuente era una persona muy querida por su pueblo, protegido de los vecinos de Aguacaliente, La Palma y El Roble. Se refugiaba en las haciendas rurales o en el monte cuando estas no le funcionaban. Para acorralarlo en sus escondites, Loaiza designó a Salustio Coto [según las fuentes, en algunas aparece como “Cota”, “Coto” o “Lima Colotla”], un excéntrico y despilfarrador militar michoacano. El Coronel Coto tenía fama de ser un personaje excesivo con la ciudadanía y despiadado con los forajidos, bandoleros y delincuentes. Había sido teniente de la Novena Zona Militar con un destacamento de Sinaloa de Leyva, una zona de rancheros, mineros, colonias de chinos y sembradores de enervantes. Le tenía una devoción enfermiza a su revolver, un Smith&Wesson .38 Súper con cachas de oro, diamantes incrustados y con el nombre “Reina Juliana” grabado en el cañón.

No era nada raro que algún militar, fuera de carrera o guerrillero, tuviese una especie de idolatría o amor insano por las armas. Son muy conocidos los casos de Pancho Villa, Victoriano Huerta, Lucio Blanco y Heraclio Bernal. Cada uno de ellos tuvo un arma emblemática en la que grabaron sus nombres. Pero el caso de Salustio Coto era bastante extremo; la Reina Juliana representaba la materialización de su caracter violento y se mofaba del número de víctimas que habían perecido por alguna de sus balas.

En 1943, El Gitano y sus fieles abandonaron las haciendas de Concordia con un buen presto de armas y unos caballos prestados del rancho de Gárate. Viajaron hasta Mazatlán. Ahí pusieron la trampa y pronto los peces fueron cayendo. En marzo, sorprendieron a dos soldados que patrullaban por la calle Vicente Riva Palacio, matándolos a tiros a pleno día para llamar la atención del Coronel. Huyeron con rumbo a El Vergel, hacia el norte, pero se escondieron por la carretera, a unos 15 kilómetros del pueblo. El destacamento militar se dirigía en dos vehículos en persecución de Los Dorados mas no alcanzaría su objetivo pues, a orillas de la carretera, El Gitano había tendido una emboscada a los militares -localmente conocida como carraca -acribillándolos a balazos. En esa acción murió el Coronel Coto, dos tenientes del destacamento y catorce soldados, y El Gitano obtuvo un valioso botín de armas, equipo, fama en toda la entidad y, por supuesto, la amada pistola del Coronel Coto, la Reina Juliana.

El Gobernador Loaiza pronto condenó el atentado como un acto desvergonzado, inhumano y propio de animales salvajes. Prometió a la ciudadanía la captura y ajusticiamiento de Los Dorados antes de que su gobernatura concluyera. Pero Loaiza jamás tendría ocasión de tal cosa; El Gitano siguió matando a diestra y siniestra en todas las zonas del centro y sur del estado. Las carraqueadas fueron certeras e innevitables, les compusieron corridos y poemas, por todas partes sonaba el nombre de Rodolfo Valdez, Pedro Ibarra, Augusto Rentería y hasta el de la Reina Juliana. El terror escaló hasta niveles insospechados y cuando parecía que había alcanzado el máximo tope, sucedió lo impensable.

El 21 de febrero de 1944, el Gobernador Rodolfo Loaiza acudió a un evento de notables en el Patio Andaluz del Hotel Belmar, una sala de eventos en la ciudad de Mazatlán. Era de noche y estaba acompañado de personajes políticos, periodistas, líderes de la recién fundada CNOP, líderes agraristas y una escolta. A las 9 de la noche pasaron al comedor y en el pasillo fueron alcanzados por un grupo de siete u ocho hombres que inmediatamente sacaron de entre sus ropas armas de fuego y dispararon contra el gobernador y su escolta. Los guardias respondieron a los tiros pero ya era demasiado tarde, pues Loaiza yacía boca abajo con un agujero de bala en la nuca. Esa fatídica noche Rodolfo Valdez “El Gitano” dió muerte no solo a Rodolfo Loaiza, sino al gobierno, al estado y a la civilización. Demostró que podía pasar por encima de quien fuera y cuando él se lo propusiera. Militares, civiles, campesinos, vaqueros, comerciantes, políticos, incluso otros asesinos como él, y hasta gobernantes.

Conclusión

El asesinato de Rodolfo Loaiza fue el punto más alto que alcanzó la violencia en la década de los 40’s, mas no fue el único evento. Desde 1910, numerosos inmigrantes provenientes de China llegaron al país para trabajar en la construcción de las vías ferroviarias y en las minas. Habían traído de su patria natal la tradición de la plantación y el cultivo de la amapola como planta de hornato, pero también el proceso para la obtención del opio y sus derivados. Durante la Gran Crisis del ’29, los mineros y labradores, que ya habían aprendido estas prácticas, desarrollaron la costumbre de obtener un poco de opio para venderlo en las ciudades a los consumidores de este estupefaciente. Poco a poco, el cultivo y la venta se fue concentrando en las manos de unos pocos que, viendo el jugoso negocio del narcotráfico, se aprestaron a defender por las armas sus derechos exclusivos en este mercado. Fue así como nacieron las primeras gavillas de narcotraficantes. Personajes como Pedro Ibarra y Manuel Sarabia se convirtieron pronto, gracias a su experiencia, en pistoleros ya no de los hacendados, sino del mejor postor.

Las primeras organizaciones armadas nacidas en Sinaloa fueron creadas por antiguos compañeros de El Gitano. Fue el mismo Rodolfo Valdez el primero en ponerse a la orden de sembradores de amapola y marihuana de la Sierra de Badiraguato para brindarles servicios contra otros competidores. Los Dorados fueron los primeros sicarios de Sinaloa y de México en todos los sentidos, y cuando ya no estuvo El Gitano para guiarlos, sus compañeros se abrieron camino por sí solos. Adoptaron su vestimenta, su sanguinarismo, su carácter, sus prácticas delictivas y hasta la costumbre de colgarse todo tipo de alhajas en el cuello y el culto de su persona.

Rodolfo Valdez se entregó a las autoridades en 1947 y fue condenado a 26 años de prisión. Una vez en la cárcel, confesó casi todos sus crímenes, incluído el del asesinato de Rodolfo Loaiza, que implicaba a poderosas familias, políticos, militares y opositores sinaloenses, destacando entre ellos el nombre del sucesor de Loaiza en la gobernatura. Poco tiempo duró la prisión, ya que se fugó en 1950, dedicándose de nuevo al asesinato y a la venta de drogas. Finalmente fue apresado por agentes federales en un domicilio de Guadalajara cuando traficaba cocaína, en 1959. Juan Castro Avilés y Gilberto Pinto Vargas llevaban varios días vigilándolo hasta que iniciaron el operativo en su casa de la privada Chapultepec Country. El Gitano mató a Pinto Vargas con dos tiros, pero Castro Avilés le disparó en un ojo, quedando malherido. Incluso la hija del traficante, una vez caído su padre, tomó su pistola, la Reina Juliana, y abrió fuego contra el agente federal. Rodolfo Valdez fue detenido y luego juzgado en Culiacán, donde se le dieron 14 años de prisión acumulados a su anterior sentencia. Ahí murió el 15 de agosto de 1963, cuando iba a cumplir 60 años de edad. El día de su muerte, el crimen organizado era un aparato comercial enorme, con mil cabezas, que se introducía en todos los niveles de la vida mexicana y que alcanzaba niveles altísimos de violencia. No importaba que muriera el artífice, el mal ya estaba hecho.

Fuentes

Grupo SIPSE. Diego Enrique Osorno, “El Gitano, el primer sicario de Sinaloa“.

Nicolás Vidales Soto, “El hombre del paliacate“.

José Luis Durán, “Análisis del Movimiento Sinarquista“.

Nexos en Línea. Héctor aguilar Camín, “Narco historias extraordinarias“.