El Incidente de la Bandera

marzo 3, 2010

Y ya que estamos en los días del festejo de la bandera, ¿por qué no recordar una vieja historia?


Aciago día el 27 de Octubre del año de 1914. Se arma un borlote en el Teatro Morelos de la ciudad de Aguascalientes. El motivo: se lleva a cabo una de las reuniones de la Soberana Convención de Jefes Militares y Gobernadores de los Estados con el fin de debatir y pactar sobre los diferentes temas propuestos desde el inicio de la lucha. Reparto agrario, legislación del sufragio, instauración de juntas de gobierno, desmovilización de ejércitos. Un montón de soldados improvisados se agolpa a las afueras del edificio para estar a punto de llamada de sus jefes.

Pero dentro, los hombres más impensables -rancheros, cuatreros, maestros rurales, campesinos, pequeños terratenientes, comerciantes, artesanos y obreros -son los que ocupan las butacas que un par de años atrás recibían a la élite política. Han acudido ridículamente pulcros, saturados de perfume y lavanda para aparentar que no son soldados teñidos del rojo y el acre de los campos de batalla y para quitar de sus ropas el olor a pólvora y ollín. Están en la sala mayor más de setenta funcionarios entre gobernadores interinos, suplentes y secretarios, así como también los dueños de la palabra; el General Obregón y sus partidarios del Occidente se encuentran relegados en el ala angosta, pues se han visto desplazados por los convencionistas partidarios de Francisco Villa. Entre estos dos grupos se ha provocado demasiada polarización. Los obregonistas, compuestos por pequeños terratenientes y comerciantes, más partidarios de las medidas procurantes y positivistas, han despertado un recelo entre los villistas, hombres avocados a la caballería y el ímpetu, personajes tan variopintos como discordantes en la escena teatral. Algunos villistas son forajidos y delincuentes de renombre, como Urbina, Chaos, Baca o el mismo Villa. Carranza no asiste, ya que teme un enfrentamiento posible si los díscolos villistas toman el partido del Agrarismo suriano.


La Soberana Convención de Aguascalientes tuvo, como primer punto de reuniones, el Teatro José María Morelos de Aguascalientes, encabezada por Eulalio Gutierrez, designado Presidente Interino por presión villista. Gutierrez era poco más que una marioneta en las manos de Pancho Villa, quien era el verdadero orquestador de las fuerzas armadas, incluso, muy a pesar de Carranza y Obregón. Destacados funcionarios estaban en la corte villista, mas aún así la división los fragmentaba. Al contrario de los constitucionalistas, los villistas se componían de “frescos” y “colorados“. Muchos magonistas y blanquistas se habían incorporado en las filas intelectuales de Pancho Villa, dotando de un papel secundario a los militares interesados. Hombres con verdadera carrera militar como Felipe Ángeles y Manuel Bonilla desplazaron a improvisados como Pánfilo Nátera y Sebastián Urbina. Se acercaba la hora de conciliar y enarbolar verdaderos planes ideológicos, y de dejar parcialmente de lado las campañas militares.

Con Felipe Ángeles y la camarilla de estrategas políticos se había logrado, para bien del Villismo, la unión de los mandos de la División del Norte, la consolidación de una fuerza de artillería de primer nivel, la estructuración de planes tácticos y el acercamiento para con los guerrilleros del Ejército Libertador del Sur. Era un gran logro comparando la enemistad que separaba a los norteños de los sureños y que amenazaba con recrudecer la guerra y desgajar el país una vez más ahora en dos bandos identificados: agraristas y antiagraristas.

El Plan de Ayala enarbolado por Emiliano Zapata y los sureños demandaba serias pretenciones sobre la Reforma Agraria y la Abolición de la Propiedad Privada. Los “colorados” que habían permanecido en pie de lucha después de la caída de los Flores Magón y el Club Ponciano Arriaga encontraron cobijo entre las filas zapatistas, y no solamente eso sino que también se les dió lugar en la redacción del Plan de Ayala.

Uno de sus principales promotores -tanto del zapatismo como del Plan de Ayala -era un antiguo seguidor de los Flores Magón e integrante del PLM –Partido Liberal Mexicano -de nombre Antonio Díaz Soto y Gama, un viejo militante del Club Ponciano Arriaga que ya había protagonizado varios altercados desde una década antes del comienzo de la guerra. Participó en el Congreso Liberal de la Ciudad de México, en la edición del 5 de Febrero de “El Hijo del Ahuizote” -manifestación contra las últimas reelecciones y represiones del gobierno porfirista -, en los movimientos obreros de Cananea, en los clubes liberales de San Luis, Missouri y en la toma de la Baja California, entre otros movimientos revolucionarios. Estaba influenciado enormemente, como todos los magonistas, por las ideas anarquistas y socialistas de los pensadores rusos y franceses de finales del Siglo XIX. En Octubre de 1914 se encontraba entre las filas zapatistas y era uno de los pilares intelectuales, tanto así que tomó un lugar destacado en la comitiva que asistiría a la Convención de Aguascalientes en representación de Emiliano Zapata.


La comición zapatista ha arribado al lugar. Cualquiera se esperaría lo que decían de aquellas turbas, desarrapadas y desorganizadas con ropas de manta y enormes sombreros de paja, con la cara labrada por el polvo y el sol, bajitos y cabizbajos, orgullosos y desconfiados, de manos y pies callosos e incapaces de caminar sin sus mausers y machetes, tan acostumbrados a pelear que casi no hablaban para no alterarse. No. En vez de ellos, asisten una docena de hombres pulcros vestidos de traje y levita, con sus bajos sombreros y anteojos de cristal, gallardos y seguros. Zapata ha enviado a lo mejor de sus consejeros políticos que, lejos de formar parte del campesinado, se componían de antiguos elementos de los clubes liberales más reputados del norte y sur del país.

El principal destacado es Paulino Martínez, jefe representante de la comición zapatista. Pero también pueden verse rostros curtidos en la política, como Antonio Díaz Soto y Juan Banderas. Es el primero quien se coloca antes que nadie al frente de los asistentes y comienza a saludar a los allí congregados. Los obregonistas y carrancistas que decidieron quedarse aún tienen desconfianza para con los sureños, pues atacaron duramente al régimen de Francisco I. Madero, quien decidió no alinearse a los requerimientos de la Reforma Agraria. A Paulino Martinez todos le observan, ya que fue este el más duro crítico antes de la Decena Trágica. La mayoría de los presentes, duros nacionalistas de los bandos de Villa, Robles, Dieguez y Blanco, están eufóricos pues, si todo sale como ha explicado el General Ángeles, se conformaría la coalición más fuerte de México; una coalición en que villistas y zapatistas se pondrían al frente de más de la mitad del país contra un Carranza cada vez más prepotente e imprudente.

El «Máximo Jefe», como se llamaba a Carranza, hacía tiempo que se rodeaba de militares extranjeros y elitistas, negando cada vez más mandos y sacrificando objetivos primordiales para no dar muerte completamente a la resistencia del Ejército Federal que aún se encontraba con un poco de oxígeno en el centro y sur de México. Conocedores de esta situación, los zapatistas adoptaron una estrategia en haraz de lograr la fusión con la División del Norte y poder, de esa manera, enfrentar a Carranza y el Ejército Federal en igualdad de condiciones militares. Lamentablemente, este proceso iniciaría con el pie izquierdo.

En la Cámara de Diputados, donde comenzarían a hablar los jefes militares en cuestión de minutos, se aprestan los delegados sureños a la firma de la bandera, pues según los revolucionarios es lo más preciado que se tiene en el país y la firma estampada en ella era una garantía del compromiso de todos los jefes para que, pasara lo que pasara, se recordara que la obligación de los militares era luchar siempre por el bien de la patria.

Paulino Martinez ha estampado su firma y le sigue Constancio Farfán «El Cristo». Uno a uno van pasando hasta que toca el turno a Antonio Díaz Soto. Éste, en vez de estampar la firma, toma la prenda y dirige un enardecido discurso a los expectadores:

– «Aquí venimos honradamente, pero creo que la palabra de honor vale más que la firma estampada en ese estandarte; ese estandarte que, a fin de cuentas, no es más que el triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide… ¡Señores!, jamás firmaré sobre esta bandera. Estamos aquí haciendo una gran revolución que va expresamente contra la mentira histórica, y hay que exponer la mentira histórica que está en esta bandera.»

La reacción es única y enérgica: sea del bando que sea, todo revolucionario presente desenfunda su arma y amartilla pistola, corta cartucho de carabina y se abalanza al frente, prestos a defender lo que, para ellos, es lo más preciado en la lucha. La situación se tensa. Los militares zapatistas hacen lo propio, vociferando pero no con la energía mostrada por los convencionalistas, que son superiores en número y en actitud. Soto y Gama se ve alarmado. No se esperaba esta respuesta. Levanta en lo alto la enseña tricolor y convoca a la calma y la mesura. Pero algunas armas siguen prestas a cubrir el cuerpo muerto de Soto y Gama con la bandera como mortaja.

Soto y Gama prosigue: «Bien, caballeros. Cuando ustedes terminen con su negocio, yo seguiré con el mío.»

Al ver los ánimos más templados, Antonio Díaz continua hablando de los triunfos de la República, arrepintiéndose de haber tachado a la bandera de ilegítima cuando había sido el estandarte de las tropas libertadoras y democráticas de los caudillos de la Independencia y las Guerras de Reforma. Un bello discurso patriótico y senzato, pero completamente vacío de sentimiento, puesto para conveniencia de individuos intolerantes y ultra nacionalistas. Se extiende por espacio de quince minutos y, al final, se inclina para colocar su firma en el pedazo de tela de tres colores que ya contenía las firmas de Carranza, Obregón y Villa.

Manuel Dieguez y Eulalio Gutierrez se acercan a Paulino Martínez y le reciben con un fuerte abrazo. Francisco Villa hace lo propio con Juan Banderas y Antonio Díaz Soto se sirve un vaso de agua para pasar el mal rato. Está claro que los hombres más poderosos del país aún no están listos para aceptar la verdad de la usurpación nacional a través del espíritu de la bandera y una patria que ni existe ni nunca existió.”


El Incidente de la Bandera es recordado por ser el primer episodio que mostraría las pronunciadas diferencias ideológicas entre el zapatismo y el villismo -después se mostrarían las militares por sí solas -. Estas diferencias llevaron con el tiempo al distanciamiento entre los generales villistas y los zapatistas, menos diestros en el manejo de las tropas, preocupados siempre por el cultivo de las tierras recién arrebatadas al latifundio. Si bien nunca habrían de romper, Villa y Zapata se fueron aislando mutuamente hasta quedar rabasados por las fuerzas constitucionalistas.

Posteriormente, Antonio Díaz Soto y Gama fue entrevistado sobre lo sucedido en el Teatro Morelos. El anarquista contestó: «Mi obsesión era destruir la oscura maniobra de los carrancistas. La idea básica era demostrar que en lugar de ser un honor a la bandera el firmarla con un compromiso que destruía la libertad de acción de los elementos villistas, era un ultraje visible, era un desacato el valerse de ella como de un vulgar trapo manchado de tinta para que sirviera de base a los carrancistas a fin de atar a su carro triunfal a los villistas y quizás a los zapatistas, si nosotros fuéramos tan inocentes como para caer en la misma trampa. Atormentado por esta idea, aparté de mí la bandera y dije que yo no firmaría sobre ella».

Fuentes

Jason Wehling, «Zapata, Flores-Magón y el Anarquismo»

Federico Reyes Heroles, «El Triunfo de la Revolución»


Quetzalcoatl y el hombre barbado

febrero 9, 2010

Ultimamente, he escuchado mucho lo de «los aztecas acogieron a los españoles, porque algunos de sus antepasados eran blancos y con barba». Habrá que hacer algún análisis de esta «Leyenda negra» de la creencia prehispánica en «hombres blancos». Si bien, es cierto, que algunas culturas precolombinas tenían la creencia de que algunos de sus númenes eran de tez blanca y/o con barba abundante y larga, como es el caso de los toltecas.

Los toltecastoltecatl significa «hombre de Tollan», pero con el tiempo pasó a ser sinónimo de «hombre culto» -son una de las culturas de la América Precolombina más curiosas. Tenían un régimen bastante balanceado entre lo religioso y lo marcial. Su clase gobernante era eclesiástica, mientras que los encargados de imponer el orden eran los tlatoani -no confundir con el tlatoani que empleaban los tenochcas para referirse a los gobernantes -que dirigían ejércitos y formaban un cuerpo muy similar a las patrullas de seguridad de hoy en día. Estos «cuerpos de seguridad» estaban formados por integrantes de una tribu que, con el paso del tiempo, se convertiría en el poder absoluto de todo Mesoamérica y algunas partes de Aridoamérica: se llamaban a sí mismos «Colhúas». Pero para no desviarme del tema, explicaré de ellos un poco más adelante.

Los toltecas reemplazaron a la cultura teotihuacana allá por el 970, y en 990 conquistaron las ciudades de Chichen-Itzá, Mayapán y Uxmal, reemplazando al poderío maya en la península de Yucatán. Al inicio de sus tiempos, fundaron Tula inspirándose en la creencia que tenían ellos sobre Tollan, ciudad que fue gobernada por el mítico Quetzalcoatl. Y aquí es donde entra en juego el númen tolteca que adoptaron los aztecas como creencia propia.

Quetzalcoatl y la «Máscara de jade».

Nahualpitzintli Quetzalcoatl es un juego de palabras que crearon los toltecas para definir a un viejo sacerdote que reinó en Tollan, su ciudad sagrada. Nahualpitzintli significa «Príncipe de los nahuas», pero la palabra Quetzalcoatl aún sigue causando controversia. Quetzalcoatl fue un noble príncipe que fomentó el arte, la arquitectura, la escultura y el cese de sacrificios humanos, puesto que no agradaba a los dioses -en la Mesoamérica prehispánica, el término teotl, dios, no era percibido de la misma manera en que los españoles percibían su concepto de un dios -. Con el pasar de los años, el sacerdote se recluyó al ver que la ciudad comenzaba a adorar a otro númen, al que llamaban Tezcatlipoca. Un día, Tezcatlipoca acudió a él, y le preguntó si había alguna desdicha que él hubiera visto en este mundo, a lo que Quetzalcoatl respondió que no; que el mundo era perfecto así, como lo habían creado Ometeotl y Omecihuatl. Entonces Tezcatlipoca le mostró un espejo, que era de obsidiana, y el sacerdote se dio cuenta de que estaba envejeciendo, cosa que le había pasado desapercibida porque pasaba sus días pensando. Desde ese día, Quetzalcoatl llevaba puesta una máscara de jade [1]. Y este es el primer punto clave de nuestra historia. «Quetzal Coatl» viene a significar, también «Cara de jade» [2], nombre otorgado por los toltecas casi al inicio de la época de influencia de Tula. Incluso, en toda Tula, a Quetzalcoatl no se le representaba con una «Serpiente emplumada», sino con una máscara de jade, y a Tezcatlipoca se le representaba como un espejo negro.[3]

La «Serpiente emplumada».

Y para explicar la representación de Tezcatlipoca, la siguiente historia: Un día, Tezcatlipoca le ofreció a Quetzalcoatl lo que éste más deseaba: la Inmortalidad, en forma de bebida. Quetzalcoatl la bebió y he aquí que no era una bebida de la inmortalidad, sino de la locura. Al volverse loco, Quetzalcoatl cometió incesto con su pequeña hermana Xochiquetzal, y después, muerto de la vergüenza, se exilio hacia el mar. Hizo una barca de papel y partió hacia Oriente. Una vez en la lejanía, rezó al Sol para que le llevara con él. El Sol lanzó una llamarada hacia la barca, la cual al ser de papel ardió en llamas. Y el espíritu de Quetzalcoatl subió al cielo en forma de colibrí.[4]

Y de esta historia podemos sacar, aún más datos. Lo primero es que Quetzalcoatl era mortal. No era un númen espiritual, como Tezcatlipoca o Tlaloc. Quetzalcoatl, en uno de sus -tantos -significados, es llamado «Serpiente de plumas» o «Emplumado reptante», es decir, que repta y vuela. Y tratándose de los toltecas esto es importante, ya que la representación de lo físico, en su cultura, se define como una lagartija o una víbora, pues representa lo terrenal. Mientras que lo espiritual viene representado con plumas, con un ave como el águila o el quetzal. Aunque era impropio de los toltecas creer en un númen mortal, en la mayoría de los casos existían este tipo de excepciones. Por tanto, Quetzalcoatl era un númen dual, al igual que la mayoría de los dioses prehispánicos. Lo de la mortalidad de Quetzalcoatl viene respaldado además, por la representación de su espíritu en forma de colibrí. Para los nahuas, el colibrí y el perro eran dos animales que acompañaban a los muertos en su viaje a Mictlán, la tierra de los muertos.[5]

El misterioso «Dios Blanco».

A la llegada de los españoles, los mexicas no fueron hostiles con los españoles, sino todo lo contrario; el Tlatoani Motecuhzoma envió embajadores y vasallos a darles la bienvenida y a agasajarlos.[6] Y aquí ocurrió un hecho curioso que pocos estudiosos de la Conquista comentan: que Motecuhzoma mandó decir a Cortés, por medio de un cacique que los españoles llamaron Pitalpitoque, que no habrían de hacerse la guerra, pues ellos, los culhúas, eran descendientes de un hombre blanco que vestía un casco de metal, como los que cargaban ellos -los españoles -. El cacique se refería a Huitzilopochtli, el cual los españoles llamaron Huichilobos, y llevaba como presente un casco de bronce.[7]

Los aventureros dieron por sentado, que ese casco perteneció a algún europeo que estuvo antes por aquellos lares. Con el tiempo, la historia se deformó; los españoles atribuyeron que, aquél «misterioso dios blanco» se trataba de Quetzalcoatl, el cual los tenochcas definían como «Toteotl Tezcatlipoca Umaquetzal», que significa «nuestro tezcatlipoca que es blanco».[8] Así mismo, adaptaron la historia y dijeron que los servidores de Motecuhzoma tenían miedo a Quetzalcoatl. También uno de los significados que tiene la palabra Quetzalcoatl es «Hermano blanco» o «Hermano precioso», concepto que es fácilmente deformable con el paso del tiempo.

La victoria definitiva de Tezcatlipoca sobre Quetzalcoatl.

El señorío de Azcapotzalco era gobernado por una etnia nahua de ascendencia tepaneca. Los tepanecas eran nobles ricos y poderosos que tenían mucho en común con los toltecas y sus ciudades, y utilizaron a los aztecas de tiempos de Tlacaelel como mercenarios y obreros. Con el paso del tiempo, estos mercenarios colhuas de ascendencia azteca fueron ganando poder y riqueza, hasta que finalmente se asentaron en Texcoco, estableciendo un reino propio y fundando la poderosa ciudad de Tenochtitlan. Después de esto, los aztecas pasaron a ser conocidos como mexicas -descendientes de Mixtli -y tenochcas -habitantes de Tenoch -. Durante las guerras tepanecas, derrotaron a sus antiguos amos, y conquistaron las tierras de los toltecas a los que una vez sirvieron. El Huehuetlahtolli -las enseñanzas de Topiltzin Quetzalcoatl -fue sistemáticamente destruido, y los mexicas crearon su propia religión adoptando los símbolos de los toltecas.

La Reforma de Tlacaelel tuvo demasiado que ver con esto pues así, Quetzalcoatl pasó a ser un sacerdote derrotado que marchó al exilio, y Tezcatlipoca, un dios vencedor. Fue la simbolización del guerrero venciendo sobre el hombre sabio y cultivado, del destructor devastando la obra del constructor, del sacrificio de la vida pasando por encima del cultivo de la misma. Entonces, ¿porqué la cuestión de la relación de Quetzalcoatl con el hombre blanco del que tantas culturas han hablado, como antecesor del invasor europeo?

Conclusiones.

Muchos han dicho que tal vez se trataba de un normando, que fue arrojado a las costas de Norteamérica en épocas posteriores a la Conquista de Anahuac. Otros han dicho que posiblemente se tratara de un comerciante europeo que llegó a América antes que Colón y que, al marcharse, estaba emprendiendo su camino de regreso a casa. Incluso se ha hablado de templarios, de musulmanes, de ingleses y de egipcios. Se ha hablado de orientales y de caucásicos. Se ha querido relacionar al astronauta de Palenque, a Ixbalanqué o a Hunaphú con un posible vínculo europeo. Pues ¿cómo es posible que un mundo tan grande haya permanecido oculto al mundo «civilizado» tanto tiempo? No lo sabemos, pero hay quienes a toda costa creen que ya, antes que los conquistadores, otros pueblos conocían América.

Que Quetzalcoatl sea un dios que se marchó, no fue un invento tolteca, sino mexica, bastante posterior a la época de influencia del señorío de Tollan. Por tanto, no hay ni una mínima prueba de que Quetzalcoatl haya sido exiliado, como decía la tradición mexica. Que Quetzalcoatl haya sido «un hombre blanco» no es de la tradición tolteca, sino de la tradición mexica. Los toltecas lo representaban con la cara cubierta por una máscara de jade. Cuando los aztecas trataron de eliminar la tradición del Huehuetlahtolli adjudicaron a Quetzalcoatl la denominación «Tezcatlipoca Umaquetzal» –coatl umaquetzal, o «hermano de luz» -equiparándolo a «Tezcatlipoca Acamacuitl». Se estableció que Quetzalcoatl había sido derrotado en ingenio y en poder, y se le atribuyó el punto cardinal oriental, hacia donde se dirigen las corrientes. Además, ¿hacia qué otro lugar se podía marchar el númen, si lo único que desconocían los mexicas era el mar?

En cambio, a Tezcatlipoca se le dio el punto cardinal del sur, que era hacia donde se habían dirigido todo el tiempo en su largo peregrinaje, y se le definió como el «dios negro» o «hermano negro» –coatl popoca, o «hermano de humo» . Entonces, ¿Por qué Motecuhzoma llamó a los españoles «sus hermanos», siendo que estos eran blancos? El color con que los aztecas definían a los dioses no tenía nada que ver con el color de la piel, sino con la práctica del esoterismo nahua. Se cree que los mexicas representaban con estos colores a las características de sus creencias. Así, mientras los toltecas y tepanecas nombraban a sus sacerdotes y grandes reyes con la palabra «Quetzalcoatl», en referencia al gran sacerdote de Tollan, los tenochcas denominaban a sus sacerdotes «Popoca», clarísima alusión a Tezcatlipoca, «el espejo que huméa». Y mientras los toltecas tenían sacerdotes que se dedicaban a las artes, los aztecas predicaban los misterios de las guerras.[9]

Muchas son las creencias vagas que nos llevan a conjeturas mal hechas, pero son más difíciles de deshacer si se han transmitido de generación en generación de esta manera. Con esto no pretendo echar por tierra todas las creencias de los lectores y aficionados. Algunas pueden ser correctas. Lo que pretendo es dar por sentado que con el tiempo, las historias se deforman y nos llevan a aceptar conceptos que han sido mal estructurados. No hay pruebas para decir que Quetzalcoatl era un hombre blanco, que vivió entre los toltecas, cuya creencia adoptaron los mexicas, la cual los españoles diversificaron. Eso no es suficiente para desmentir una historia, sin embargo tampoco es suficiente para demostrarla. Y al hacer un repaso de cómo se fueron adoptando las creencias, algunas doctrinas pierden mucho peso.

Notas

[1] Historia general de las cosas de Nueva España. Fray Bernardino de Sahagún. C. XXVII

[2] Testimonios de la Antigua Palabra. Miguel León-Portilla.

[3] Testimonios de la Antigua Palabra. Miguel León-Portilla.

[4] La filosofía nahuatl estudiada en sus fuentes. Miguel León-Portilla.

[5] Historia general de las cosas de Nueva España. Fray Bernardino de Sahagún. C. XXXII

[6] Historia verdadera de la Conquista de Nueva España. Bernal Díaz del Castillo. C. XXXIX

[7] Historia verdadera de la Conquista de Nueva España. Bernal Díaz del Castillo. C. XXLI

[8] Historia general de las cosas de Nueva España. Fray Bernardino de Sahagún. C. XXXII

[9] La visión de los vencidos. Miguel León-Portilla.