El país que quería ser revolucionario (1)

abril 26, 2012

«La influencia del socialismo ruso en México durante la época pos revolucionaria y el régimen cardenista»

Revolución y “revolución”

En la Historia de México suele usarse mucho un sustantivo como punto de partida de cambios significativos en el devenir de nuestra nación y el forjamiento de nuestra identidad: se usa demasiado la palabra Revolución. Al hablar de la Revolución de 1910, se hace un parte aguas entre el México retrógrado y el México moderno. Sin embargo, nunca hemos estado ni cerca de comprender qué significa la palabra revolución, mucho menos el sustantivo con el que tanto nos gusta definir a la frontera histórica del avance y el progreso en nuestro país, así como tampoco conocemos sus raíces.

La Libertad guiando al puebloLa palabra revolución tiene un significado, mas el sustantivo Revolución tiene propósito, y en nuestra nación, uno muy especial. La palabra procede de siglos atrás, cuando los filósofos e historiadores comenzaron a conjeturar ideas sobre los cambios radicales y violentos que a cada cierto período de tiempo se suscitaban. Así, denominaron revolución a aquellos cambios que desmantelaban el orden establecido en un núcleo social para imponer un nuevo orden surgido de nuevas necesidades y nuevos grupos de interés. En cambio, el sustantivo posee un origen mucho más moderno, concebido cuando la nueva gama de caudillos del siglo XX, caudillos populares, tuvieron la necesidad de encausar al pueblo en un único conjunto de ideas que los representara y uniera en una mezcla homogénea.

De esa manera, Revolución se convirtió en un sustantivo que señalaba el fin de un proceso histórico y el principio de otro. El término fue utilizado por casi todos los caudillos del siglo pasado que no tenían un origen aristocrático con el cual fundamentar sus directrices, por lo que terminaron acuñando la máxima de la propia representación del pueblo, su orgullo, su innegabilidad y su futuro: le llamaron Revolución y la convirtieron en una doctrina intachable e irrevocable.

El proceso histórico denominado Revolución fue proclamado en lugares tan alejados unos de otros, como China y Cuba, y tan separados en el tiempo, como Rusia y Senegal. La utilizaron personajes absolutos como Marx y Rosseau, hombres admirados como “Ché” Guevara, y mandatarios implacables como Stalin y Trujillo. Y pronto se convirtió en el estandarte de la lucha de los caudillos populares contra las élites aristocráticas. ¿Qué tanto contribuyó la verdadera participación del pueblo en estas modificaciones del statu quo? Eso es algo que puede ser sujeto a debate, mas no quisiera perder este estudio en discusiones kilométricas.

El triunfo de la Revolución CubanaPues bien, tan pronto como comenzó a adoptarse este término para denominar a dichos cambios sociales, culturales o económicos, surgió un nuevo orden social a lo largo y ancho del mundo: las sociedades revolucionarias. México no fue la excepción. Desde una etapa temprana, se hicieron notar personajes como Ponciano Arriaga y Melchor Ocampo, quienes promovían ideas exportadas del liberalismo francés, y más tarde, los Hermanos Flores Magón y Enrique Bermudez, quienes simpatizaban con la radicalización propia del anarquismo ruso. Y fueron, precisamente, las exigencias y las enseñanzas de estos primeros pensadores disidentes las que sembraron la semilla en México para el surgimiento de una sociedad revolucionaria.

La aventura socialista

En nuestro país, recordamos constantemente nuestro pasado revolucionario. Lo llevamos en la sangre, en el orgullo, en el sentimiento, en los festejos, en los actos sociales, en los días de descanso; pero negamos tajantemente una porción de ese mismo pasado revolucionario. Hemos aprendido que personajes como los Hermanos Flores Magón o Francisco I. Madero iniciaron las manifestaciones antes de 1910 contra el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz. Pero no nos muestran la versión completa de los hechos: aquella en la que los clubes liberales reunidos en torno a los personajes antes citados, importaron un conjunto de ideas que habían comenzado a formar el pensamiento revolucionario en Europa.

El marxismo no solo era una moda, sino que se estaba convirtiendo en una alternativa. Los mercantilistas europeos y americanos llamaban a las ideas marxistas utopía, mientras que los sindicatos se reunían en torno a sus pautas socialistas. El marxismo reprobaba la dictadura de la aristocracia y la monarquía, los controles burgueses contra la comunidad y el proletariado, y la explotación de las masas. Y, según los marxistas, era suficientemente convincente la erección de una dictadura del proletariado tomando en cuenta la hazaña de la Comuna de París. Anarquistas como Bakunin, Prokotkyn y Blanc, promovían una dictadura directa del proletariado sobre todos los medios, sin representación ni gabinete, mientras que otros mucho más moderados, alentaban la creación de los soviets, centros de gobierno con representación de las comunidades productivas en el régimen socialista.

Anarquistas

Ambas ideas fueron importadas a México desde antes de 1908. A lo largo de la frontera con Estados Unidos, en la etapa final del Porfiriato, los clubes liberales proliferaron cobijados por la lejanía del gobierno federal, la decadencia del antiguo régimen y la cercanía con ciudades que brindaban protección y que estimulaban a la creación de sindicatos de obreros, mineros y campesinos. Fueron importadas de países con una larga tradición de libre pensadores, como Francia y Rusia. En ambos países, ya se habían puesto en marcha ejercicios de gobierno en que el pueblo arrebataba el control de sectores enormes del reino a las élites gobernantes. Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón fueron los primeros de una larga lista de ideólogos y políticos mexicanos que promovieron los principios revolucionarios echando mano de la filosofía marxista. Francisco I. Madero, mucho más moderado, utilizó al marxismo sobre una base superficial, únicamente alentando al pueblo a participar en la democracia y el ejercicio del gobierno comunitario.

En la frontera sur de Estados Unidos, donde los clubes liberales ya tenían una existencia prolongada, se dio cobijo muchas veces a estos ideólogos, protegiéndolos contra los abusos de los gobiernos, tanto del mexicano como del estadounidense. Y la influencia de estos ideólogos, por otra parte, contribuyó a la proliferación de sindicatos en el norte de México. Movimientos como la Huelga de Cananea y la de Río Blanco surgieron gracias a la influencia de grupos sindicales estadounidenses que ponían todo su empeño en sabotear los proyectos de multinacionales casi esclavistas.

Ya iniciado el conflicto bélico de 1910, los movimientos obreros fueron olvidados parcialmente durante casi toda la guerra. El único causal estuvo respaldado por la lucha privada que mantenían los Flores Magón y Pascual Orozco en el norte del país, pero una vez depuesto Victoriano Huerta, sus fuerzas fueron aniquiladas, los Hermanos Magón fueron hechos prisioneros y Pascual Orozco huyó a Estados Unidos. Después de eso, casi toda la lucha de la Revolución tuvo como objetivo primordial el alcanzar el sufragio libre y efectivo y el reparto agrario.

Huelga de Cananea, por David Alfaro Siqueiros

El movimiento obrero fue retomado mucho tiempo después de terminada la Revolución Mexicana, aunque no surgió específicamente de las fuerzas obreras, sino de los esfuerzos de uno de los generales triunfadores del conflicto. Lázaro Cárdenas del Río se trata, tal vez, del presidente mexicano más alabado de cuantos han manejado el poder en nuestra nación. Sin embargo, y aunque nos gusta recordar con amor y exaltación patriótica la figura de quien nos dio las primeras organizaciones de desarrollo e infraestructura nacionales, tenemos la costumbre de aborrecer a los principios marxistas impresos y puestos en marcha durante su mandato.

(Continua)

Fuentes

Arendt, Hannah. Sobre la revolución. Revista de Occidente, Alianza Editorial. USA. 1967.

Garibaldi, Esteban. Marxismo y utopía. Nodo 50, Contrainformación en red.

Topete Lara, Hilario. Los Flores Magón y su circunstancia. 2005. Contribuciones desde Coatepec, Revista no. 008.

Rodríguez, Abelardo. Morir matando. ITSON, Hermosillo, Sonora. 2007.

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El Incidente de la Bandera

marzo 3, 2010

Y ya que estamos en los días del festejo de la bandera, ¿por qué no recordar una vieja historia?


Aciago día el 27 de Octubre del año de 1914. Se arma un borlote en el Teatro Morelos de la ciudad de Aguascalientes. El motivo: se lleva a cabo una de las reuniones de la Soberana Convención de Jefes Militares y Gobernadores de los Estados con el fin de debatir y pactar sobre los diferentes temas propuestos desde el inicio de la lucha. Reparto agrario, legislación del sufragio, instauración de juntas de gobierno, desmovilización de ejércitos. Un montón de soldados improvisados se agolpa a las afueras del edificio para estar a punto de llamada de sus jefes.

Pero dentro, los hombres más impensables -rancheros, cuatreros, maestros rurales, campesinos, pequeños terratenientes, comerciantes, artesanos y obreros -son los que ocupan las butacas que un par de años atrás recibían a la élite política. Han acudido ridículamente pulcros, saturados de perfume y lavanda para aparentar que no son soldados teñidos del rojo y el acre de los campos de batalla y para quitar de sus ropas el olor a pólvora y ollín. Están en la sala mayor más de setenta funcionarios entre gobernadores interinos, suplentes y secretarios, así como también los dueños de la palabra; el General Obregón y sus partidarios del Occidente se encuentran relegados en el ala angosta, pues se han visto desplazados por los convencionistas partidarios de Francisco Villa. Entre estos dos grupos se ha provocado demasiada polarización. Los obregonistas, compuestos por pequeños terratenientes y comerciantes, más partidarios de las medidas procurantes y positivistas, han despertado un recelo entre los villistas, hombres avocados a la caballería y el ímpetu, personajes tan variopintos como discordantes en la escena teatral. Algunos villistas son forajidos y delincuentes de renombre, como Urbina, Chaos, Baca o el mismo Villa. Carranza no asiste, ya que teme un enfrentamiento posible si los díscolos villistas toman el partido del Agrarismo suriano.


La Soberana Convención de Aguascalientes tuvo, como primer punto de reuniones, el Teatro José María Morelos de Aguascalientes, encabezada por Eulalio Gutierrez, designado Presidente Interino por presión villista. Gutierrez era poco más que una marioneta en las manos de Pancho Villa, quien era el verdadero orquestador de las fuerzas armadas, incluso, muy a pesar de Carranza y Obregón. Destacados funcionarios estaban en la corte villista, mas aún así la división los fragmentaba. Al contrario de los constitucionalistas, los villistas se componían de “frescos” y “colorados“. Muchos magonistas y blanquistas se habían incorporado en las filas intelectuales de Pancho Villa, dotando de un papel secundario a los militares interesados. Hombres con verdadera carrera militar como Felipe Ángeles y Manuel Bonilla desplazaron a improvisados como Pánfilo Nátera y Sebastián Urbina. Se acercaba la hora de conciliar y enarbolar verdaderos planes ideológicos, y de dejar parcialmente de lado las campañas militares.

Con Felipe Ángeles y la camarilla de estrategas políticos se había logrado, para bien del Villismo, la unión de los mandos de la División del Norte, la consolidación de una fuerza de artillería de primer nivel, la estructuración de planes tácticos y el acercamiento para con los guerrilleros del Ejército Libertador del Sur. Era un gran logro comparando la enemistad que separaba a los norteños de los sureños y que amenazaba con recrudecer la guerra y desgajar el país una vez más ahora en dos bandos identificados: agraristas y antiagraristas.

El Plan de Ayala enarbolado por Emiliano Zapata y los sureños demandaba serias pretenciones sobre la Reforma Agraria y la Abolición de la Propiedad Privada. Los “colorados” que habían permanecido en pie de lucha después de la caída de los Flores Magón y el Club Ponciano Arriaga encontraron cobijo entre las filas zapatistas, y no solamente eso sino que también se les dió lugar en la redacción del Plan de Ayala.

Uno de sus principales promotores -tanto del zapatismo como del Plan de Ayala -era un antiguo seguidor de los Flores Magón e integrante del PLM –Partido Liberal Mexicano -de nombre Antonio Díaz Soto y Gama, un viejo militante del Club Ponciano Arriaga que ya había protagonizado varios altercados desde una década antes del comienzo de la guerra. Participó en el Congreso Liberal de la Ciudad de México, en la edición del 5 de Febrero de “El Hijo del Ahuizote” -manifestación contra las últimas reelecciones y represiones del gobierno porfirista -, en los movimientos obreros de Cananea, en los clubes liberales de San Luis, Missouri y en la toma de la Baja California, entre otros movimientos revolucionarios. Estaba influenciado enormemente, como todos los magonistas, por las ideas anarquistas y socialistas de los pensadores rusos y franceses de finales del Siglo XIX. En Octubre de 1914 se encontraba entre las filas zapatistas y era uno de los pilares intelectuales, tanto así que tomó un lugar destacado en la comitiva que asistiría a la Convención de Aguascalientes en representación de Emiliano Zapata.


La comición zapatista ha arribado al lugar. Cualquiera se esperaría lo que decían de aquellas turbas, desarrapadas y desorganizadas con ropas de manta y enormes sombreros de paja, con la cara labrada por el polvo y el sol, bajitos y cabizbajos, orgullosos y desconfiados, de manos y pies callosos e incapaces de caminar sin sus mausers y machetes, tan acostumbrados a pelear que casi no hablaban para no alterarse. No. En vez de ellos, asisten una docena de hombres pulcros vestidos de traje y levita, con sus bajos sombreros y anteojos de cristal, gallardos y seguros. Zapata ha enviado a lo mejor de sus consejeros políticos que, lejos de formar parte del campesinado, se componían de antiguos elementos de los clubes liberales más reputados del norte y sur del país.

El principal destacado es Paulino Martínez, jefe representante de la comición zapatista. Pero también pueden verse rostros curtidos en la política, como Antonio Díaz Soto y Juan Banderas. Es el primero quien se coloca antes que nadie al frente de los asistentes y comienza a saludar a los allí congregados. Los obregonistas y carrancistas que decidieron quedarse aún tienen desconfianza para con los sureños, pues atacaron duramente al régimen de Francisco I. Madero, quien decidió no alinearse a los requerimientos de la Reforma Agraria. A Paulino Martinez todos le observan, ya que fue este el más duro crítico antes de la Decena Trágica. La mayoría de los presentes, duros nacionalistas de los bandos de Villa, Robles, Dieguez y Blanco, están eufóricos pues, si todo sale como ha explicado el General Ángeles, se conformaría la coalición más fuerte de México; una coalición en que villistas y zapatistas se pondrían al frente de más de la mitad del país contra un Carranza cada vez más prepotente e imprudente.

El «Máximo Jefe», como se llamaba a Carranza, hacía tiempo que se rodeaba de militares extranjeros y elitistas, negando cada vez más mandos y sacrificando objetivos primordiales para no dar muerte completamente a la resistencia del Ejército Federal que aún se encontraba con un poco de oxígeno en el centro y sur de México. Conocedores de esta situación, los zapatistas adoptaron una estrategia en haraz de lograr la fusión con la División del Norte y poder, de esa manera, enfrentar a Carranza y el Ejército Federal en igualdad de condiciones militares. Lamentablemente, este proceso iniciaría con el pie izquierdo.

En la Cámara de Diputados, donde comenzarían a hablar los jefes militares en cuestión de minutos, se aprestan los delegados sureños a la firma de la bandera, pues según los revolucionarios es lo más preciado que se tiene en el país y la firma estampada en ella era una garantía del compromiso de todos los jefes para que, pasara lo que pasara, se recordara que la obligación de los militares era luchar siempre por el bien de la patria.

Paulino Martinez ha estampado su firma y le sigue Constancio Farfán «El Cristo». Uno a uno van pasando hasta que toca el turno a Antonio Díaz Soto. Éste, en vez de estampar la firma, toma la prenda y dirige un enardecido discurso a los expectadores:

– «Aquí venimos honradamente, pero creo que la palabra de honor vale más que la firma estampada en ese estandarte; ese estandarte que, a fin de cuentas, no es más que el triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide… ¡Señores!, jamás firmaré sobre esta bandera. Estamos aquí haciendo una gran revolución que va expresamente contra la mentira histórica, y hay que exponer la mentira histórica que está en esta bandera.»

La reacción es única y enérgica: sea del bando que sea, todo revolucionario presente desenfunda su arma y amartilla pistola, corta cartucho de carabina y se abalanza al frente, prestos a defender lo que, para ellos, es lo más preciado en la lucha. La situación se tensa. Los militares zapatistas hacen lo propio, vociferando pero no con la energía mostrada por los convencionalistas, que son superiores en número y en actitud. Soto y Gama se ve alarmado. No se esperaba esta respuesta. Levanta en lo alto la enseña tricolor y convoca a la calma y la mesura. Pero algunas armas siguen prestas a cubrir el cuerpo muerto de Soto y Gama con la bandera como mortaja.

Soto y Gama prosigue: «Bien, caballeros. Cuando ustedes terminen con su negocio, yo seguiré con el mío.»

Al ver los ánimos más templados, Antonio Díaz continua hablando de los triunfos de la República, arrepintiéndose de haber tachado a la bandera de ilegítima cuando había sido el estandarte de las tropas libertadoras y democráticas de los caudillos de la Independencia y las Guerras de Reforma. Un bello discurso patriótico y senzato, pero completamente vacío de sentimiento, puesto para conveniencia de individuos intolerantes y ultra nacionalistas. Se extiende por espacio de quince minutos y, al final, se inclina para colocar su firma en el pedazo de tela de tres colores que ya contenía las firmas de Carranza, Obregón y Villa.

Manuel Dieguez y Eulalio Gutierrez se acercan a Paulino Martínez y le reciben con un fuerte abrazo. Francisco Villa hace lo propio con Juan Banderas y Antonio Díaz Soto se sirve un vaso de agua para pasar el mal rato. Está claro que los hombres más poderosos del país aún no están listos para aceptar la verdad de la usurpación nacional a través del espíritu de la bandera y una patria que ni existe ni nunca existió.”


El Incidente de la Bandera es recordado por ser el primer episodio que mostraría las pronunciadas diferencias ideológicas entre el zapatismo y el villismo -después se mostrarían las militares por sí solas -. Estas diferencias llevaron con el tiempo al distanciamiento entre los generales villistas y los zapatistas, menos diestros en el manejo de las tropas, preocupados siempre por el cultivo de las tierras recién arrebatadas al latifundio. Si bien nunca habrían de romper, Villa y Zapata se fueron aislando mutuamente hasta quedar rabasados por las fuerzas constitucionalistas.

Posteriormente, Antonio Díaz Soto y Gama fue entrevistado sobre lo sucedido en el Teatro Morelos. El anarquista contestó: «Mi obsesión era destruir la oscura maniobra de los carrancistas. La idea básica era demostrar que en lugar de ser un honor a la bandera el firmarla con un compromiso que destruía la libertad de acción de los elementos villistas, era un ultraje visible, era un desacato el valerse de ella como de un vulgar trapo manchado de tinta para que sirviera de base a los carrancistas a fin de atar a su carro triunfal a los villistas y quizás a los zapatistas, si nosotros fuéramos tan inocentes como para caer en la misma trampa. Atormentado por esta idea, aparté de mí la bandera y dije que yo no firmaría sobre ella».

Fuentes

Jason Wehling, «Zapata, Flores-Magón y el Anarquismo»

Federico Reyes Heroles, «El Triunfo de la Revolución»


Granito de Oro

enero 9, 2010

Yo le puse “Grano de Oro”
A mi caballo alazán.
Era de fierro criollo,
Era hermoso mi animal
Mas se lo dí a Pancho Villa
En su santo, allá en Parral.

Infancia

Rafael Buelna Tenorio nació en el seno de una familia intelectual en el municipio de Mocorito, Sinaloa. Fue su padre, Pedro Buelna, un agricultor, gambusino y comerciante que llegó a tener cierto peso social en Mocorito y Salvador Alvarado, entidades que se dedicaban mayormente a estas actividades. Su tío fue el historiador y político sinaloense Eustaquio Buelna, quien influyó enormemente en el muchacho, tanto que desde su adolescencia demostró tendencias hacia la crónica y el periodismo.

Demostraba su carisma y su don de mando desde muy temprana edad, tanto en la secundaria como en la escuela técnica, donde, a modo de escena teatral, envolvía un periódico y llamaba a formación a los alumnos, siendo obedecido por la mayoría. Era de caracter temperamental e intempestivo, de aguda inteligencia e hiperactivo. Muchacho de actos decididos, antes que detenerse a pensar. De complexión delgada y baja estatura. Escribió algunas páginas en la secundaria. Algunos poemas, relatos breves en prosa y críticas sociales, lo que dió a pensar a sus familiares y amigos que muy pronto llegaría a entrar en la política o la abogacía con ayuda de su tío. La sorpresa que se llevaron, no sabría decir yo si fue buena o mala, pues lo expulsaron del Colegio Civil de Rosales, en la ciudad de Culiacán, en junio de 1909, antes de concluir el tercer grado de la carrera técnica. El motivo fue haber participado en una manifestación estudiantil contra la candidatura del científico Diego Redo.

Pancho Villa le dió el grado,
Le dio el grado de mayor
Cuando lo salvo en Celaya
De las balas de Obregón.
Corrió con su carga en lomo
Hasta llegar a Torreón.

Teniente de las fuerzas maderistas

Huyó de Culiacán, primero a Mazatlán y después hasta Guadalajara, donde continuó con su preparación como periodista por un breve tiempo, siendo interrumpidos sus estudios por el levantamiento maderista, incorporándose a las filas del Gral. Martín Espinoza. Salió con sus fuerzas para tomar Tepic, la capital de Nayarit, y al entrar en la ciudad, Espinoza le nombró Secretario de Gobierno temporalmente. Combatió a los federales en Peñas y Acaponeta, expulsándolos del estado hasta Mazatlán, donde se acuartelaron hasta el exilio de Porfirio Díaz y la toma de poder por las fuerzas maderistas. Contaba ya con 20 años y una carrera militar y política que lo convertía en uno de los líderes mexicanos más jóvenes e influyentes.

A su regreso a Culiacán, el Colegio Rosales lo reintegró entre sus estudiantes, permitiéndole seguir con su carrera periodística y ejercer como profesor. Escribió durante todo el año de 1912 artículos y diarios sobre los movimientos zapatista y magonista para El Correo de la Tarde, actividad que se truncó con la Decena Trágica en 1913.

General de la Revolución

Al inicio del levantamiento contra Victoriano Huerta, se unió a Martín Espinoza en posición de General de las Fuerzas Rebeldes de Sinaloa. Levantó en armas a un ejército de 1.300 combatientes, desde Culiacán hasta Mazatlán, y tomó el Palacio de Gobierno obligando a Felipe Riveros a pronunciarse contra el gobierno golpista. Después de que Carranza enviara a Álvaro Obregón a Sinaloa como General de la División del Noroeste, Buelna fue nombrado general brigadier junto a Ramón Iturbe, Armando Galeana y Manuel Dieguez, y fue encomendado a tomar la plaza de Tepic para preparar el avance del Ejército Constitucionalista hacia el centro del país. Sus fuerzas las componían, en mayor medida, soldados de caballería del norte de Sinaloa, por lo que siempre marchaba a la vanguardia de los constitucionalistas. A su entrada en Tepic, el gobierno le entregó la ciudad sin tirar bala, mientras que las fuerzas federales se retiraban para reunirse en Guadalajara, donde les darían la batalla meses después.

Por su parte, Obregón e Iturbe tomaban los puertos de Topolobampo y Mazatlán, pactando con los funcionarios huertistas y dejándoles escapar por mar hasta Manzanillo. Este hecho enfureció a Rafael Buelna, quien cabalgó con Rafael Garay desde Tepic hasta el sur de Sinaloa para ajusticiar al General Traidor. Buelnita, como le conocían sus compañeros militares, se presentó en Quilá con casi cien soldados de caballería e irrumpió violentamente hasta el campamento del Gral. Obregón. Su objetivo era arrestarlo para llevarlo al paredón y reemplazarlo con Manuel Dieguez, jefe de la Segunda División del Noroeste. Pero fue éste mismo general quien intercediera por la vida de Obregón y evitara un caos mayor del que ya había entre la tropa obregonista.

Después de este altercado, Obregón comenzó a desembarazarse de Buelna, nombrándole Jefe de la Primera División de Occidente y enviándolo con la caballería y un contingente de yaquis a tomar los pasos de vía hasta las afueras de Guadalajara, mientras el general se dirigía a paso de tortuga hasta los altos de Tepic. A la mayoría de sus tropas las repartió entre Lucio Blanco y Manuel Dieguez. Ésto llevaría a Buelna a distanciarse más del mando obregonista y acercarse a Francisco Villa.

Rompimiento con Obregón

Una vez se lo robaron
Los huertistas en Parral,
Mas el potro enfurecido
No dejó de reparar
Hasta quitarse al jinete
Regresando a su corral.

Una vez depuesto Victoriano Huerta, Venustiano Carranza ordenó el cese de hostilidades a Francisco Villa en San Luis Potosí. El Centauro pensaba que este movimiento lo había hecho el Primer Jefe porque no se fiaba de los villistas, así que Villa avanzó hasta Guanajuato para tomar Pénjamo, oliéndose la jugada de Carranza sobre la toma de la Ciudad de México que encabezaría Obregón. Ante tal situación, Villa llamó a una reunión con el Gral. Obregón, cosa a la que éste se negó al no ser ordenado por Carranza. Ante la actitud abiertamente antivillista, Buelna amenazó una vez más al general con fusilarlo.

La carrera de Buelna en el Ejército Constitucionalista no fue precisamente placentera. Buelna era partidario de la Ley Agraria, a la cual Carranza se negaba a dar reconocimiento firmemente. Esta familiarización para con el villismo y el zapatismo hacía que el General en Jefe de la División del Noroeste desconfiara cada vez más de Rafael Buelna. Mientras encabezaba el ejército en el avance a la Ciudad de México recibió noticias sobre la disposición del Gral. Bernardo Reyes de entregar el mando de las tropas federales y la plaza a los jefes carrancistas, y las llevó al Gral. Obregón. Entonces, Álvaro Obregón, ya completamente desconfiado de la lealtad de Buelna, le ordenó regresar a Sinaloa con sus tropas y esperar nuevas instrucciones de Juan José Ríos, General en Jefe de la División de Occidente, y mandó a tomar la plaza al Gral. Benjamín Hill. Buelna desertó con una buena cuenta de jinetes y algunos grupos de artilleros con rumbo a Durango, para de ahí pasar a Chihuahua y unirse a Francisco Villa. Fue perseguido durante dos semanas por Ramón Iturbe pero al internarse en la Sierra de Durango, éste desistió de seguir con la búsqueda.

Con Villa y la Convención de Aguascalientes

Las metrallas enemigas,
Y hasta uno que otro cañón,
Los lazaba Pancho Villa
En plena revolución.
“Grano de Oro” los jalaba
Relinchando de valor.

Frustrados los planes de Carranza de excluir de la Soberana Convención de Jefes Militares a los zapatistas, Villa llamó a una votación de los generales para cambiar la sede de la Convención a Aguascalientes, donde terminarían reuniéndose los revolucionarios. La junta de la Convención votó para elegir como Presidente Interino a Eulalio Gutiérrez, uno de los partidarios de Villa. Por entonces, Rafael Buelna ya se encontraba marchando bajo las órdenes directas de Villa.

El Centauro pronto se encariñó con el joven general, apodándolo Mi Muchachito y Granito de Oro. Contaba 23 años pero parecía aún más joven. Dice Thord Gray en su diario: “…parecía bastante joven, unos veinte años, de aspecto pulcro y al parecer muy inteligente, aunque no era fuerte físicamente. Parecía contento de verme y no tenía nada en contra de recibir lecciones”. En su paso por la Convención, Buelna fue ratificado en su puesto de General de Brigada y Eulalio Gutierrez le nombró Jefe de la División de Occidente, dándole el mando de las operaciones en Sinaloa, Nayarit y Jalisco.

Al separarse de Villa, contaba con 16.000 soldados, de los cuales 7.000 eran de caballería. A principios de diciembre, marchó con su ejército para tomar Guadalajara y Zapopan, que se encontraban en manos de los constitucionalistas. Derrotó a Juan Carrasco obligándolo a replegarse hasta Mazatlán. En enero del año entrante tomó Tepic, controlando las vías ferroviarias de conexión con Camino Real. Entró en Sinaloa al mes entrante acompañado por Julián Medina y se hizo con el control de casi todo el estado. Los obregonistas en Sinaloa vivieron por entonces una seria crisis militar, con sublevaciones en todas partes y numerosas deserciones. En Mazatlán, Buelna derrotó una vez más a Juan Carrasco, arrebatándole las plazas de El Rosario y San Ignacio, y su caballería tomó posiciones en las afueras de San Pedro. Se encontraba haciendo los preparativos para poner sitio a Culiacán, cuando envió una petición a Villa para que enviara más tropas. Las tropas jamás llegaron, pues Villa había sido derrotado por Obregón en Celaya. En vez de recibir soldados, Buelna recibió la orden de retirarse a Durango. Buelna abandonó el sitio y marchó con toda su tropa a través de la sierra para encontrarse con Villa en Parral.

Hacia el final de la Revolución

En este capítulo de la historia de Buelna la información se vuelve un poco confusa. Hay historiadores que mantienen que Buelna abandonó la tropa en Parral para dirigirse a su destierro voluntario en San Luis, Missouri, siendo condenado a fusilamiento por Pancho Villa, por haber desobedecido la orden de mantenerse en Durango. Otros historiadores lo sitúan en Cananea siendo derrotado por las tropas obregonistas, casi al mismo tiempo que el desastre del ejército que mandaba Rodolfo Fierro, en 1915. Como quiera que haya sido, esto representó la última acción bélica de Buelna en la Revolución. Su familia había marchado a los Estados Unidos, donde les alcanzó en noviembre junto con un grupo de sus más fieles hombres.

Vivió en diferentes ciudades de Norteamérica hasta 1919, cuando regresó de su destierro para radicar en Guadalajara como administrador de rastros y abarrotes. Siguió a esta etapa un período bastante gris, en que fungió como Jefe Militar de una comandancia en Los Altos, pero sin absolutamente nadie bajo su mando. Comenzó a dedicarse cada vez más al periodismo y los negocios comerciales, y menos a la política, en la que juraba nunca volver a meterse. Pero el Granito de Oro, con su carácter tan voluble y temperamental, no se podía mantener alejado de los acontecimientos que seguían marcando la faz del país.

Ya desde su regreso había estado en comunicación con Villa y el movimiento que encabezaba en Chihuahua contra Carranza. Cuando murió el Primer Jefe, publicó varios artículos condenando a Álvaro Obregón como el responsable de su muerte y en 1921 restauró su relación con el entonces Gral. Enrique Estrada, jefe de la Comandancia Militar en Nayarit.

Rebelión Delahuertista

Cuando mataron a Villa
En Hidalgo del Parral
En Canutillo el caballo
Lo esperaba en el corral
Murió con la silla puesta
Esperando al general.

A mediados de 1923, llegó hasta los oídos de Buelna una noticia que lo empujaría a abrazar las armas de nuevo: moría asesinado, el 20 de julio en Hidalgo del Parral, el Gral. Pancho Villa, supuestamente por orden del Gral. Obregón. Este acontecimiento dejaba claro que Obregón intentaría reducir a todos sus adversarios políticos y militares. Ya se había desembarazado de Zapata en Chinameca y de Carranza en Tlaxcalantongo, y comenzaba a organizar a otros militares de carrera en torno a su figura, como Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas del Río.

Buelna hizo un viaje corto a Sinaloa en noviembre, unos días antes de estallar la rebelión contra Álvaro Obregón. Cuando se enteró de que los delahuertistas habían iniciado el movimiento armado, regresó a toda prisa a Nayarit para ponerse bajo las órdenes de Enrique Estrada. Éste, no contando con una plana más preparada, concedió el mando de los ejércitos de Sinaloa, Nayarit y Jalisco a Buelna, y se declaró partidario de Adolfo de La Huerta dando comienzo a los ataques contra Juan Carrasco en Sinaloa y Lázaro Cárdenas en Jalisco.

Fueron éstas sus últimas acciones en vida, y representan un mozaico de gestas brillantes y fugaces, pues tomó, en un lapso de dos meses, cuatro estados, ocho comandancias militares y dos puertos, y venció en siete batallas. Desde Nayarit se dirigió a Sinaloa con su caballería, donde derrotó a Juan Carrasco, su antiguo enemigo de la época de revolucionario, en Mazatlán. Convocó a tropa sinaloense y marchó hasta Jalisco, tomando los pueblos de La Barca, Ayotlán, Degollado y Teocuitatlán, donde derrotó a Lázaro Cárdenas y lo tomó como prisionero, devolviéndole la libertad una semana después. De ahí pasó a Guanajuato por Yuriria y Acámbaro para entrar en Morelia y tomar la plaza de armas.

En la organización de las fuerzas de choque que entrarían en Morelia, Buelna se encontraba reconociendo el terreno con un grupo de soldados, cuando recibió una bala de Mauser en la cabeza. Sus hombres lo sacaron inmediatamente y se lo hicieron saber a Enrique Estrada, quien decidió mantener el ataque y terminó tomando la capital de Michoacán cuatro días después de la muerte de Buelnita.

Murió a la edad de 33 años, habiendo pasado antes por todas las graduaciones de un militar, siendo activista político, escritor, periodista y comerciante, y fue uno de los hombres más influyentes y el general más joven de la lucha armada del México Revolucionario. En 1930, siendo presidente el Gral. Lázaro Cárdenas, dispuso que sus restos fueran trasladados de Morelia a Sinaloa, como un gesto de agradecimiento al hecho de que Buelna le perdonara la vida cuando le derrotó en Jalisco. El gobierno del estado de Sinaloa le nombró, en 1974, Hijo predilecto de los sinaloenses y la Federación de Estudiantes Universitarios de Sinaloa colocó una placa en la entrada del edificio central, en la cual se puede leer:

«Un Granito de Oro desprendido de las vetas del ideal revolucionario»

Fuentes

Carlos Grande, Biografías Sinaloenses (Prontuario 1530 – 1998).

Ivor Thord Gray, Gringo rebelde: México 1913 – 1914.


La Revolución inconclusa (I)

noviembre 20, 2009

El café da vuelta dentro de la taza, meneándose con el movimiento de la cuchara. Ambas son de barro mugroso, negreadas de tanto reposar al lado de la lumbrera. En la taza, Jacinto se sirve los frijoles, la sopa de verdolaga, las lentejas y el café de la mañana. Tiene que estar pendiente para cuando lleguen los demás trabajadores para la pizca. Son los últimos días de junio y hace un calor endiablado. Bebe el café caliente a las cuatro de la madrugada todos los días. Dice que para “alivianarse”. La camisa de manta la viste sin amarrar en el cuello, y con el enorme sombrero se espanta los mosquitos. Acaba de apretar los guaraches y de ajustarse el sincho a la cintura, preparándose para la larga jornada diaria que les espera en la Hacienda de Romelinos, en Jojutla.

-Menos peor que Pancho Araujo nos redujo la jornada -pensaba Jacinto.

Y así pensaban la mayoría de jornaleros agrícolas de los latifundios ubicados en la depresión del Río Balsas. Un buen número de terratenientes se quejaba de la falta de movimiento en la industria agrícola del Centro de México, por lo que, a falta de maquinaria reducían el jornal de los campesinos y les regalaban el azucar, el café y el chocolate. Según algunos hacendados esto los haría trabajar con mayor júbilo y siempre con energía. De cualquier manera, las jornadas de catorce horas en los tiempos de extremo calor eran devastadoras.

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Debió haber sido bastante difícil la situación para los campesinos del sur en el año de 1906. Los tecnócratas que rondaban por donde estuviera el Presidente Díaz tenían acaparados los ministerios de Finanzas, Desarrollo Económico y Comercio. Estaban más interesados en construir vías de ferrocarril y máquinas de vapor que les permitiera exportar las materias primas a los países europeos y a Estados Unidos. Eran adictos a Francia y Alemania. En esos años, México solo conocía dos sectores de producción: la extracción de materias primas y su venta. Apenas existía la transformación de recursos, que se limitaba a negocios locales de procesamiento de carne, cereales y alcoholes. Las armas se importaban de Alemania, en el mercado legal, y de Estados Unidos, en el contrabando ilegal. Los aceites y resinas se importaban de Francia. Los fármacos, de Suiza y Holanda. La maquinaria de trabajo, también de los Estados Unidos.

La cercanía con Estados Unidos aumentaba un poco más la calidad de vida en el Norte de México, permitiendo que los peones, campesinos y mineros fueran apoyados con el uso de maquinaria de trabajo pesado. Reichton Mechanichs vendía carretas y remolques en los estados de Sonora, Chihuahua y Coahuila. Las herramientas eran proveídas por agentes de venta norteamericanos de Deere & Company. El norte gozaba de un nivel un poco más elevado de industria y comercio, sin embargo esto se limitaba a los pequeños productores independientes y los medianos hacendados, quienes representaban una minoría. La mayoría de campesinos y obreros que dependían de los grandes terratenientes gozaban, tal vez, del mismo nivel de vida que sus hermanos del sur, y en ocasiones vivían y trabajaban en peores condiciones. Los mineros eran caso aparte; desempeñaban sus funciones con una estrecha vigilancia de los medios de comunicación norteamericanos y pululaban por entre sus filas organizadores laborales enviados por los sindicatos del norte. Esta situación permitió a los mineros organizarse e instruirse en la política, y ejecutar con un poco de coordinación la primera huelga laboral en México: la Huelga de Cananea de 1906.

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Jacinto era capataz de jornaleros en la Hacienda de Romelinos. Era la temporada de la pizca del frijol y el garbanzo, y las condiciones de trabajo eran duras. Los campesinos debían llegar al campo de la hacienda ya desayunados y aprovechar el fresco de la mañana; el comienzo del jornal era a las seis, a veces más temprano. Filas de campesinos se veían pasar por entre los zurcos del campo, cientos y cientos como si se tratase de un hormiguero, siempre con sus cestas y sus colchas en la espalda encorvada, y caminando paso a pasito mientras se cortaba y se crujía la mata. Hacía mucho tiempo ya que Jacinto notaba las “caras de palo” de sus subordinados. La rutina hacía mella de manera cruel en los morenos campesinos sureños, y a Jacinto le preocupaba que peones de 30 años de edad, pareciesen de 50.

-Ayer estaba escuchando en el radio que en Sonora los mineros hicieron un paro -le comentaba Jacinto a su compadre Florencio. Jacinto hablaba de la huelga que organizaron los liberales Esteban Baca Calderón y Enrique Bermúdez por medio del Club Liberal Cananea en dicha ciudad, el 1 de Junio de 1906.

-No te pagan para escuchar el radio, cabrón -Florencio, como la mayoría de los campesinos del sur, era completamente indiferente a la situación que se vivía en el norte, donde la mayoría de los revoltosos eran instigados por grupos de movilización que perseguían principios como la democracia, igualdad y economía abierta. -Y a nosotros, ¿de qué chingados nos sirve? No señor, ¡Tierra, Agua y Libertad! -exclamaba Florencio con la mano en alto.


Hacía un par de meses que los campesinos de las faldas del Ajusco se habían reunido en Cuautla para organizarse contra los hacendados que amenazaban con incluir sus tierras en el latifundio federal y el Sistema de Ejidos de Morelos. Conformaron una organización de campesinos representada por Pablo Torres Burgos cuyos objetivos habían quedado fijados por la máxima declamada por Florencio. Esta junta fue considerada ilegal y la represión por parte del Gobierno Federal no se hizo esperar.

-Deja de decir pendejadas, Lencho. A los serranos los está matando Munguía por andar diciendo eso -le contestó Jacinto. El sol estaba despuntando y comenzaba a hacer calor. Se puso el ancho sombrero sobre la cabeza para hacer sombra y se amarró el cinto y los huaraches. Se unió a la carga del grano con voces de mando, su cara de cuero reflejando el sol y su chicote para convencer a los que no quisieran trabajar. -Apura a la gente, cabrón -fue lo último que dijo Jacinto a Florencio antes de perderse de vista entre los zurcos, agachado como una hormiga más, buscando el grano vertido entre la tierra que iban tirando los jornaleros.

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Faltan unas cuantas horas para que se cumplan 100 años del inicio de la Revolución Mexicana. Hace un par de días estuve hablando con un amigo de Guerrero. –¿Qué se siente, amigo, vivir en un estado que mantuvo con mucha vida al espíritu revolucionario? -le pregunto a Paco. -Hermano, en Guerrero esas cosas apenas y se recuerdan -me contesta.

-Es pesado vivir con una atmósfera que emana resentimiento. La gente en Guerrero, Morelos y Oaxaca se siente traicionada por el Gobierno Federal, por el PRI, por la democracia y por los mexicanos del norte. La gente va a la tumba de Zapata el 10 de Abril, y le llevan flores, licor y música. El 20 se lo dejan a los clasemedieros que organizan, conjuntamente con el gobierno del estado, los festejos de la Revolución. La Revolución que nos deben.

-Uno puede andar por los barrios de Tetelcingo o Palo Verde, y ver a indígenas harapientos buscando entre la basura que arrojan de Residencial Diamante. Esto sucede en el municipio que se vanagloria de ser la tierra natal de Zapata. El municipio cuya gente escupe sobre el EZLN con frases como “Pinches copiones, Zapata es de Morelos”. La gente de Morelos tiene mucha necesidad, y no es precisamente un estado desarrollado. Aún le deben a Don Emiliano, le deben mucho, y los desposeídos así lo creen. ¡Chingado!, si hay quienes creen que Zapata regresará algún día para comandar a los sureños y terminar con la Revolución que Carranza y Obregón truncaron.

Paco me da mucho qué pensar. En mi ciudad, Culiacán, Sinaloa, se hacen festejos por el 20 de Noviembre también. Y este año se engalanarán con tremenda pompa. –¿Para qué? -me pregunto continuamente. Hago castillos en el aire imaginando que el dinero destinado a los festejos, remodelaciones y propaganda se destina a la creación de infraestructura para las comunidades que se quedaron esperando el Reparto Agrario. No sé si festejar el 20 de Noviembre como un día de fervor patrio, de sublimación sentimental o de cambio en la continuidad política del país. Porque lo que supuestamente se festeja en estas fechas es una quimera: la dictadura plutócrata persiste, el reparto de tierras es una epifanía, la igualdad se evapora con gran facilidad y la libertad va en función de tu rol en la sociedad. Se tienen salarios bajos e impuestos altos, un presidente títere de intereses comerciales y un congreso déspota y tiránico que nos oprime. Opio y clavos, que nos desangran diariamente pero evita que sintamos dolor. Estamos destinados a ganar dos o tres salarios mínimos pero somos libres… libres de gastarlos en el cine o en el futbol.

Estamos a unas cuantas horas de que se cumplan 100 años del inicio de la Revolución y aún no sabemos por qué festejamos.