El país que quería ser revolucionario (4)

agosto 6, 2013

El cortejo de los Nazis

Esvástica petrolera

Este episodio de la Historia de México, en especial, se nos omite deliberadamente a los mexicanos; la época en que, en la antesala de la Segunda Guerra Mundial, México, con Lázaro Cárdenas a la cabeza y con el apoyo incondicional de la URSS, abastecía de materias primas a Japón, Italia y Alemania. Y se omite, por supuesto, porque muy probablemente sería una propaganda negativa para la imagen del mandatario más alabado de México.

Estados Unidos e Inglaterra presionaban duro al gobierno mexicano para que éste cumpliera con las indemnizaciones debidas a las empresas petroleras perjudicadas durante la expropiación. Lázaro Cárdenas, respaldado por Mújica, Nájera y Lombardo Toledano, argumentaba que las indemnizaciones exigidas eran ridículas y ofensivas, si se tomaba en cuenta que las empresas habían explotado los pozos petroleros durante casi 50 años sin pagar ningún centavo. Así que, si los clientes más grandes en ese entonces se negaban a adquirir el petróleo mexicano, había que buscarlos en otras partes.

Anteriormente, Shell y British Petroleum habían sido infiltradas por agentes nazis quienes habían conseguido desviar petróleo mexicano a través de la empresa de William Rhodes Davis, la Davis Oil Company. Davis era de Texas y mantenía una mediana empresa dedicada a la exploración y excavación en el Golfo de México. El texano vendía el petróleo mexicano al ala nazi de las mencionadas empresas, y éstas lo enviaban a Alemania. Pero una vez concretada la expropiación del petróleo, las empresas que podían ser parasitadas por los nazis se marcharon y la célula encabezada por Davis quedó desamparada.

Cárdenas designó a Alejandro Carrillo para establecer un canal de comercio con Alemania e Italia a través de Rhodes Davis. Esto se consiguió cuando, un mes después de la nacionalización del petróleo, cuando el texano llevó a cabo una compra de crudo por 17 millones de dólares pagados por Hjalmar Schacht, Secretario de Finanzas del Reicht. La entrega del petróleo comenzó en junio de 1938 y concluyó con el envío de los últimos 4,000 barriles en mayo de 1939.

Schacht / Rhodes Davis

La relación de México con el fascismo fue una aventura que duró poco. En 1940, los nazis invadieron Rusia. Cárdenas nunca confesó ser un partidario del comunismo estalinista, pero siempre dio muestras de su apoyo al mismo y de su apego ideológico al marxismo. La invasión de Rusia no la tomó muy bien, por lo que suspendió los envíos de petróleo y delató a las células fascistas en México, muchas veces poniéndolas a tiro de pistola para que los operadores comunistas los hicieran desaparecer. De esa manera facilitó la liquidación de Otto Probst y de Gerard Meier, ambos operadores nazis en México. De igual manera, se mostró más abierto a retomar las relaciones con Estados Unidos y los Países Bajos. Para acercarse a Franklin D. Roosevelt, quitó la candidatura a su compadre Francisco Mújica, y optó por el conservador Manuel Ávila Camacho. Para hacer efectiva su victoria en las elecciones, hostigó y desapareció a los partidarios almazanistas, al punto de declarar solamente 150,000 votos a su favor, cuando hubo mítines en que logró congregar a 250,000 personas en una sola tarde.

Para mediados de 1940, la unión Roosevelt – Cárdenas era más que evidente. Al observar esto, Litvinov, el Canciller soviético, invitó al representante mexicano en la Sociedad de Naciones, Francisco Castillo Nájera, a visitar Moscú para, después, firmar el pacto de mutuo reconocimiento. Cárdenas, por medio de Emilio Portes Gil, ordenó al embajador que no accediera a las peticiones del soviético, y como gesto de buena voluntad para con los Estados Unidos y malo para con la Unión Soviética, aprobó el pago de indemnización con cargos de intereses para las empresas norteamericanas afectadas durante la expropiación y firmó un tratado por el cual México comprometía su petróleo exclusivamente para los Aliados a cambio de estar recibiendo constantemente productos refinados a bajo costo.

Mujica / Camacho / Lombardo

Esta fue la recta final de la aventura socialista de Cárdenas y el gobierno mexicano. Los partidarios cardenistas fieles a su carrera socialista fueron alejados de su círculo de acción. Mújica fue enviado como gobernador a Baja California Sur, por entonces el estado más pobre y alejado del país. Trotsky fue asesinado por Ramón Mercader, un comunista catalán, en Coyoacán. Diego Rivera, separado ideológicamente del socialismo radical, fue enviado a Europa en un viaje de preparación. Vicente Lombardo Toledano, con apoyo de los principales sindicatos, se convertiría en el mandamás de los obreros y zanjaría la influencia de Cárdenas alrededor de quien sería la nueva figura presidencial, Manuel Ávila Camacho. En 1948, ya concluida la Segunda Guerra Mundial y con una órbita estadounidense mercantilista tanto en América como en Europa, el socialismo tomaba su propio rumbo y Cárdenas sería aniquilado ideológicamente. Desempeñó el cargo de Secretario de Defensa hasta 1945, para después ir desapareciendo poco a poco del escenario político en México.

Conclusión

El carácter del mexicano está perfectamente retratado en El Laberinto de la Soledad, magnífica obra de Octavio Paz. En ella, hace una especie de psicoanálisis nacional del mexicano. Dice que “el mexicano se siente resentido con la historia, enjuto, siempre reacio a adaptarse a los cambios”. Y bien puede ser cierto, si analizamos la época en que, quien es considerado “El más grande presidente de México”, ni con todos los esfuerzos conjuntos de los más grandes pensadores del país, pudo doblegar a la mentalidad del mexicano a corto o a largo plazo. México era un país que luchaba desesperadamente por integrarse a las filas de la revolución –la palabra simple, no el sustantivo –mas los mexicanos nunca consiguieron sentirse identificados con ella, sino que tenían la necesidad de una Revolución: un conjunto de ideas nacido de tendencias políticas que inventara una historia a la medida y les hiciera sentirse orgullosos de un pasado que nunca tuvieron.

Revolucionarios

Aún así, a pesar de que dicha Revolución se forjó en una fragua calentada con la chispa marxista, somos un conjunto de ciudadanos tremendamente antimarxistas. Completamente individualistas, viviendo al ritmo del libre comercio y con prácticas económicas propias de los países capitalizados, constantemente veneramos a los revolucionarios y sus gestas heroicas, consideramos justa la lucha de clases y construimos arengas para sentir que los mexicanos estamos unidos como nación. México ha sido, desde hace más de medio siglo, un país que siempre ha querido, pero nunca ha podido ser revolucionario.

Fuentes

Jiménez, Juan Ramón. VoltaireNet.org – El mito de Lázaro Cárdenas; primera parte. 10 de enero de 2005.

Loyo, Marta. El Partido Revolucionario Anti-Comunista en las elecciones de 1940. México, 1998.

Wikipedia, la Enciclopedia libre. Francisco J. Mújica.

Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. Capítulo IV: Los hijos de La Malinche. México. 1950.

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El país que quería ser revolucionario (3)

julio 24, 2012

Liev Trostsky, Diego Rivera y André BretónDurante los principios de la gestión cardenista, el choque de intereses particulares de los sectores populares creaba una problemática compleja y difícil de erradicar. Ante esta situación, Cárdenas se propuso un proyecto que ayudara a conformar un sentimiento nacionalista propio que abarcara a todos los componentes de la sociedad. Para ello, convocó a diferentes filósofos y artistas para que trabajaran en la composición de un movimiento cultural patriótico, que exaltara el pasado y reverenciara a la Independencia y la Revolución. La mayoría de ellos, influenciados por las doctrinas marxistas, basaron sus creaciones intelectuales y plásticas en la lucha de clases, en la emancipación del pueblo y la victoria contra los aristócratas porfiristas. Fueron los años en que surgió el muralismo mexicano de la mano de grandes artistas como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Y también en este terreno, los artistas mexicanos recibieron influencia directa de pintores españoles y franceses, así como de políticos rusos.

Y así como los extranjeros influyeron en las nuevas corrientes liberales artísticas y científicas, los participantes de estos ámbitos ayudaron a solventar ciertas situaciones para con políticos extranjeros. El régimen cardenista fue, tal vez, el más empático con los refugiados de las naciones socialistas.

En la Rusia bolchevique, por ejemplo, después del triunfo de la Revolución de Octubre y de la consolidación de Stalin como líder máximo del comunismo, las facciones estalinistas y trotskistas comenzaron a luchar entre sí. Stalin llevó a cabo una purga política en la que los partidarios de Trotsky salieron perdiendo. El líder comunista salió expulsado del país con varios procesos penales en su contra y tuvo que refugiarse en donde le pudieran ofrecer asilo político. De esto se encargó Diego Rivera, uno de sus partidarios en México, quien llevó a cabo la gestión del permiso del presidente Cárdenas para la radicación de Trotsky en México.

Una vez en México, Trotsky comenzó a trabajar arduamente con Diego Rivera en la formulación de un manifiesto para la creación de arte revolucionario, mismo que fue lanzado con la participación de prominentes artistas franceses y españoles, entre ellos André Bretón. Este equipo de trabajo fue el génesis de lo que, después de un año, comenzaría a ser conocido como Muralismo mexicano. En dichas obras se plasman temas característicos de los movimientos libertarios socialistas: la innegabilidad de la lucha de clases y la satanización de la clase aristócrata.

Lázaro Cárdenas con los Niños de MoreliaOtro caso similar, en el que se observan destellos de simpatías para con el socialismo, fue el de reprobar amargamente a la dictadura franquista después de la Guerra Civil española y ofrecer asilo a los socialistas perseguidos por el régimen. Entre estos protegidos destacan los 456 menores conocidos como Niños de Morelia. Estos muchachos eran hijos de personajes republicanos en España y habían conseguido escapar del país y de la represión. Llegaron a México en el vapor francés Mexique y desembarcaron en el puerto de Veracruz el 7 de junio de 1937, donde fueron recibidos por Amalia Solórzano, la esposa del presidente. De ahí pasaron a Morelia, donde se les dio morada en habitaciones acondicionadas para instalar un internado y las áreas docentes de lo que se convertiría en la Escuela Industrial España – México.

También se pronunció en contra de la Invasión Japonesa de China y del Anchlüss, la ocupación ilegal que hicieron los nazis en Austria, y criticó duramente la política de No Intervención de los Países Aliados en la carrera imperialista que llevaban a cabo Alemania e Italia. Pero uno de los gestos más obvios de su simpatía por el socialismo fue que, recién llegado a la presidencia, puso todo su empeño en reanudar las relaciones fraternales con Rusia y los países soviéticos, a pesar de los desacuerdos y agravios sufridos entre ambos países durante la Revolución. Esta apertura nunca se concretaría debido a la antipatía que sentían entre sí el entonces Secretario de Relaciones Exteriores, Emilio Portes Gil, y el Canciller del Exterior soviético, Maxim Litvinov.

El suceso que tuvo más repercusión internacional en la presidencia de Lázaro Cárdenas fue, sin duda, el conocido como Expropiación Petrolera. El sabotaje callado que mantenían los gobiernos occidentales contra México, utilizando como brazo hostigador a las empresas petroleras, se volvía cada vez más molesto. El presidente Cárdenas insistía en cumplir con las demandas de los trabajadores que tuvieran representación sindical; lo mismo para con las empresas mineras y agrícolas que no acataran los términos de la Reforma Agraria. Después de mucho estirar y aflojar entre los empresarios y los sindicatos, la nacionalización del petróleo fue decretada el 18 de marzo de 1938. Las empresas envueltas dentro de esta medida trataron de conseguir una prórroga de tres meses, pero la resolución de Cárdenas era tajante.

Maxim Litvinov y Emilio Portes Gil

Las empresas perjudicadas por la nacionalización del petróleo fueron:

  • Compañía Mexicana de Petróleo “El Águila” (London Trust Oil-Shell)
  • Mexican Petroleum Company of California (ahora Chevron-Texaco, la segunda empresa petrolera global) con sus tres subsidiarias:

               Huasteca Petroleum Company
               Tamiahua Petroleum Company
               Tuxpan Petroleum Company

  • Pierce Oil Company, subsidiaria de Standard Oil Company (ahora Exxon-Mobil, la más grande empresa petrolera mundial)
  • Californian Standard Oil Co. de México
  • Compañía Petrolera Agwi, S. A.
  • Penn Mex Fuel Oil Company (ahora Penzoil)
  • Stanford y Compañía
  • Richmond Petroleum Company of Mexico, ahora (ARCO)
  • Compañía Exploradora de Petróleo “La Imperial” S. A.
  • Compañía de Gas y Combustible “Imperio” y Empresas
  • Mexican Sinclair Petroleum Corporation, sigue siendo Sinclair Oil
  • Consolidated Oil Companies of México S. A
  • Sabalo Transportation Company
  • Mexican Gulf Petroleum Company (luego llamada Gulf)

Cabe mencionar que, para la redacción del manifiesto a la nación con que Lázaro Cárdenas expropiaría el petróleo, influyeron directamente dos personajes muy bien relacionados con el comunismo ruso en México: primero, Francisco Jesús Mújica, militar de carrera que se formó en la Revolución Mexicana, un firme partidario de la Unión Soviética, convencido de que, un régimen similar al ruso, sería la forma de gobierno adecuado para México; en segunda, el antes citado Liev Trotsky, quien no por ser un ruso exiliado en México se mantuvo fuera de la política y la cultura mexicanas. Recientemente, fueron expuestas algunas teorías que señalan a Trotsky como uno de los instigadores de las expropiaciones del gobierno cardenista, toda vez que Cárdenas se apoyaba en los consejos de su mentor ideológico, el general Mújica, y éste era, a su vez, un firme camarada del político ruso.

A raíz de esta nacionalización de bienes extranjeros y ante el temor del crecimiento de una república soviética en México, los países de corte occidental llevaron a cabo boicots contra el gobierno mexicano y promovieron el crecimiento de partidos derechistas en oposición contra Lázaro Cárdenas. La candidatura política del general Mújica quedó aniquilada por los esfuerzos populistas de Joaquín Amaro y Juan Andreu Almazán, por lo que se optó por nombrar candidato oficialista a Manuel Ávila Camacho; Inglaterra rompió relaciones con México, mientras que Estados Unidos y Holanda lo embargaron comercialmente, dejando de adquirir el petróleo y la plata mexicanos; Venezuela, competidor férreo de México en el mercado del petróleo, firmó contratos exclusivos para abastecer a esos tres países y convertirse, así, en una potencia de la producción de combustibles.

Ante este panorama, solamente quedaba una salida al gobierno de Lázaro Cárdenas, misma que explotó durante varios años con buenos y amenazantes resultados para el futuro: se convirtió, de 1937 a 1939, en uno de los principales aliados estratégico de las potencias del Eje en América.

(Continúa)

Fuentes

Gutiérrez-Álvarez, Pepe. Marxismo en la Red. Diego, Frida y Siqueiros ante el “Caso Trotsky”.

Meyer, Lorenzo. El Siglo de Torreón. Editorial: “Lázaro Cárdenas o cuando había estadistas”. 28 de febrero de 2008.

Portes Gil, Emilio. Autobiografía de la Revolución Mexicana. Capítulo Undécimo: Período presidencial del Gral. Lázaro Cárdenas.

Gail, Olivia. La Jornada. Trotsky asesoró al gobierno cardenista para la expropiación petrolera. 14 de agosto de 2005.


El país que quería ser revolucionario (2)

mayo 20, 2012

Cárdenas y la política del pueblo

Durante la época conocida como El Maximato, los sindicatos en México fueron duramente reprimidos, el reparto agrario fue suspendido y las inversiones extranjeras asolaban al país consumiendo sus recursos y explotando a sus habitantes de una forma descarada y sin dejar apenas beneficios para México. La mano férrea de Plutarco Elías Calles y sus prácticas oligárquicas habían estancado la política perseguida durante la Revolución; lo cierto era que, quitando ciertos avances en infraestructura urbana que se habían alcanzado en los últimos 14 años, los aspectos socioeconómicos del país no habían cambiado en lo más mínimo. Los científicos seguían gobernando el país, la clase gobernante estaba compuesta por antiguos hacendados del norte, los campesinos no tenían tierras, los obreros no tenían representación o era prácticamente nula, la autogestión de los estados no era respetada y el sufragio estaba manipulado por el presidente o la figura que mandaba detrás de él.

Presidente Lázaro Cárdenas del Río

Muy tempranamente, Lázaro Cárdenas se convirtió en el hombre de confianza de Calles, siendo considerado como sucesor para un nuevo ciclo presidencial. Pero la influencia de Cárdenas era muy fuerte dentro del ejército, siendo su principal velador y brazo político. Calles tenía demasiada influencia en las clases oligarcas, en el PNR y en los medios de comunicación, por lo que la sola influencia de Cárdenas no era lo suficientemente fuerte como para contrarrestar sus intromisiones una vez se convirtiera en presidente. Así que, muy inteligentemente, no atacó a los presidentes designados por Calles, sino que esperó a ser designado él mismo. Luego, por ser su naturaleza más conciliadora que represiva, sembró un clima para la inclusión de todos los sectores populares dentro del nuevo gobierno. Los partidos políticos fueron reformulados, dando cabida a los sindicatos obreros, a los campesinos, a los industriales y, por más increíble que pareciera, a la Iglesia Católica. Una vez conseguido el apoyo popular, acosó directamente a Plutarco Elías Calles, El Máximo Jefe, como se le conocía aún en esa época; solamente le dejó una salida: que se fuera del país o que se atuviera a las consecuencias. La amenaza de Cárdenas era demasiado grande para no ser tomada en serio y Calles tenía mucho que perder. Así concluyó el período conocido en México como El Maximato e inició el Cardenismo.

Las pautas seguidas en adelante por el gobierno mexicano fueron marcadas, durante décadas, por la deuda política para con los sectores que apoyaron a la causa de Lázaro Cárdenas; le dieron el poder para quitar a las oligarquías del gobierno, por lo que demandaban privilegios especiales para ponerse por encima de los demás sectores. Esto era una situación bastante problemática, debido a que los intereses de los beneficiarios, en varias ocasiones, chocaban y la mayoría de las veces de forma violenta.

La prioridad del gobierno de Lázaro Cárdenas era restaurar el orden en el país, orden que no se había establecido desde 1810, en los inicios de la Guerra de Independencia. Para ello, el presidente, aún la autoridad máxima en un país acostumbrado a ser mandado por una sola persona, debía cumplir con las exigencias de los diferentes sectores populares.

Estandarte de los CristerosEl clero, por ejemplo, exigía la reposición de sus bienes y el permiso para impartir una educación católica libre, así como el cese de hostilidades que desde hacía varios años se fraguaba en la llamada Guerra Cristera o de los Cristeros. Estados de mayoría religiosa, como Michoacán (estado natal de Cárdenas), Jalisco y San Luis Potosí, respaldaban las exigencias de la iglesia católica mexicana, objetando que no abandonarían las armas hasta que los maestros laicos abandonaran sus escuelas.

Estas exigencias estaban en contra de los intereses representados por los industriales, quienes exigían mano de obra bien calificada y, según ellos, el dogmatismo religioso era una traba de acuerdo con los modernos estándares europeos. Estos, además, pedían la salida de las empresas monopolísticas extranjeras, la apertura de los mercados agrícolas y ganaderos, que seguían en exclusividad de unos pocos propietarios mexicanos, de la producción petrolera y de los servicios comunitarios de energía eléctrica. También demandaban la posibilidad de participar en los mercados de exportación y de una protección del gobierno contra los productos de importación, así como las aperturas a los canales de comercio, dominados entonces por las redes ferroviarias estadounidenses.

Las peticiones de los campesinos eran ya un tema trillado: el reparto agrario efectivo, la construcción de un modelo ejidatario de administración de la tierra, derechos de propiedad sobre el ejido y libertad de explotación del subsuelo. También demandaban la creación de organismos dedicados a vigilar los conflictos concernientes a la Reforma Agraria y la desaparición de los últimos baldíos protegidos por las guardias blancas. Las fuerzas armadas, principal respaldo de Cárdenas en un principio, al sentirse superadas por los sectores populares, crearon recelo y comenzaron a dotar de apoyo incondicional a Manuel Ávila Camacho. Para tranquilizarlos, el presidente les concedió crédito privado, seguro de vida, agrupaciones vigilantes y designó como Secretario de Guerra a Ávila Camacho.

Campesinos en busca de jornadasDe esa manera, el gobierno cardenista fue el primero en consolidar su base de poder con todas las facciones de la vida cotidiana en México: la iniciativa privada, el proletariado, el campesinado, el ejército y el clero. Pero, ¿era coherente el antiguo modelo de gobierno con las medidas llevadas a cabo para sacar del poder a los viejos oligarcas? Como se podrá deducir de la historia inmediata del país, no había coherencia en tales reformas. El modelo de nación siempre había sido típicamente capitalista, y las nuevas exigencias de los sectores populares se veían contrariadas con un gobierno que alentara a su explotación desmedida. El gobierno mexicano, bajo el auspicio de Lázaro Cárdenas, fue víctima de una metamorfosis que no fue vista con tiempo. Las nuevas épocas demandaban otro tipo de atenciones del gobierno: la sociedad se volvía cada vez más socialista. Ante las nuevas medidas de Cárdenas, los países capitalistas occidentales cerraban puertas al naciente régimen y las empresas transnacionales se ponían a la defensiva. Era tiempo, entonces, de voltear a ver otros escenarios, otros panoramas. Occidente mostraba la espalda a México, mientras que el marxismo y los países socialistas abrían sus brazos a la par.

La lucha sindical contra las petroleras

En 1917, a los pocos meses de haber sido promulgada la Constitución del 5 de Febrero, los trabajadores de la Huasteca Petroleum Company, alentados por el artículo 123, se declararon en huelga y suspendieron todas las labores durante casi un mes completo. Las medidas contra este movimiento fueron particularmente represivas, pero aún peor fueron las represiones emprendidas contra las huelgas subsecuentes, como las de 1919 en la Waters-Price Oil Company y la Tamiahua Petroleum Company, en las que se utilizó al ejército federal para sofocarlas.

Si bien no se han descubierto pruebas que lo aseguren, en la época se corrieron rumores sobre la presencia de agitadores durante las primeras huelgas en las petroleras del Golfo de México. No sería nada raro, en caso de ser cierto ya que, desde los primeros años de la revolución, ideólogos anarquistas como Enrique Bermudez y Esteban Baca Calderón mantenían relaciones con pensadores rusos exiliados del imperio zarista y que se habían instalado en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Los mismos Flores Magón, a pesar de no haber declarado nunca amistades con políticos o filósofos rusos, reflejaban una obvia influencia de los pensadores anarquistas rusos y franceses en sus manifiestos. El Partido Liberal Mexicano, a través de personajes secundarios, se sirvió mucho del marxismo importado desde Europa para proclamar su plan de nación plasmado en Regeneración, el diario libertario en que los hermanos activistas declaraban sus ideas a los clubes liberales mexicanos y estadounidenses.

Pero cierto o no, la presencia bolchevique se fue haciendo cada vez más latente. Después de la Revolución de Octubre en Rusia, la prioridad de los comunistas era contrarrestar la influencia del mercantilismo amenazante. Estados Unidos e Inglaterra habían probado ser enemigos declarados del nuevo régimen, por lo que no debería darse cuartel ni en el terreno ideológico. Así como el atraer a Francia y Alemania se volvió una prioridad inmediata, el sembrar la semilla del socialismo en América Latina se convertiría en una fuerte baza contra la amenaza de Estados Unidos. Y el ensueño de sembrar el socialismo en México, justo en el patio trasero de Estados Unidos, se convertía en una realidad con las pretensiones de los diferentes sectores populares de participar en el gobierno. Más que claro era que el nuevo panorama mexicano estaba bastante dispuesto para abrazar al socialismo.

Las Siete Hermanas

La situación era clara y lógica: Cárdenas estaba más dispuesto a apoyar incondicionalmente al pueblo antes que a los grandes capitalistas. Prueba de ello eran las constantes querellas que los sindicatos emprendían contra las transnacionales y el aumento de impuestos que antes eran inexistentes. La intolerancia de Cárdenas para con las firmas extranjeras también era prueba manifiesta de una inconformidad y una traición del gobierno mexicano. Ante esta situación, países como Estados Unidos, Inglaterra y Holanda, representantes de grandes consorcios petroleros y mineros, comenzaban a conspirar por lo bajo contra el nuevo gobierno mediante las presiones ejercidas por el Cartel de las Siete Hermanas. Esta situación se vivía desde el gobierno de Carranza, pero se había aligerado bastante durante las gestiones de Obregón y Calles. Pero si ahora los países imperialistas saboteaban los esfuerzos del presidente mexicano por alcanzar una madurez y autodeterminación del pueblo, ¿qué otra salida quedaba para que México se sacudiera el yugo explotador del modelo occidental?

(Continúa)

Fuentes

Benítez, Fernando. Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. México, 1994.

Delgado Martín, Jaime. México: los caudillismos de Calles y Cárdenas. México. 1992.

Borja, Rodrigo. La Jornada. Dos mil años de chapopote. 18 de marzo de 2008.

Topete Lara, Hilario. Los Flores Magón y su circunstancia. 2005. Contribuciones desde Coatepec, Revista no. 008.

Sampson, Anthony. Las Siete Hermanas: Las Grandes Compañías Petroleras y el Mundo Que Cambiaron. New York, Viking Press, 1975.


El país que quería ser revolucionario (1)

abril 26, 2012

«La influencia del socialismo ruso en México durante la época pos revolucionaria y el régimen cardenista»

Revolución y “revolución”

En la Historia de México suele usarse mucho un sustantivo como punto de partida de cambios significativos en el devenir de nuestra nación y el forjamiento de nuestra identidad: se usa demasiado la palabra Revolución. Al hablar de la Revolución de 1910, se hace un parte aguas entre el México retrógrado y el México moderno. Sin embargo, nunca hemos estado ni cerca de comprender qué significa la palabra revolución, mucho menos el sustantivo con el que tanto nos gusta definir a la frontera histórica del avance y el progreso en nuestro país, así como tampoco conocemos sus raíces.

La Libertad guiando al puebloLa palabra revolución tiene un significado, mas el sustantivo Revolución tiene propósito, y en nuestra nación, uno muy especial. La palabra procede de siglos atrás, cuando los filósofos e historiadores comenzaron a conjeturar ideas sobre los cambios radicales y violentos que a cada cierto período de tiempo se suscitaban. Así, denominaron revolución a aquellos cambios que desmantelaban el orden establecido en un núcleo social para imponer un nuevo orden surgido de nuevas necesidades y nuevos grupos de interés. En cambio, el sustantivo posee un origen mucho más moderno, concebido cuando la nueva gama de caudillos del siglo XX, caudillos populares, tuvieron la necesidad de encausar al pueblo en un único conjunto de ideas que los representara y uniera en una mezcla homogénea.

De esa manera, Revolución se convirtió en un sustantivo que señalaba el fin de un proceso histórico y el principio de otro. El término fue utilizado por casi todos los caudillos del siglo pasado que no tenían un origen aristocrático con el cual fundamentar sus directrices, por lo que terminaron acuñando la máxima de la propia representación del pueblo, su orgullo, su innegabilidad y su futuro: le llamaron Revolución y la convirtieron en una doctrina intachable e irrevocable.

El proceso histórico denominado Revolución fue proclamado en lugares tan alejados unos de otros, como China y Cuba, y tan separados en el tiempo, como Rusia y Senegal. La utilizaron personajes absolutos como Marx y Rosseau, hombres admirados como “Ché” Guevara, y mandatarios implacables como Stalin y Trujillo. Y pronto se convirtió en el estandarte de la lucha de los caudillos populares contra las élites aristocráticas. ¿Qué tanto contribuyó la verdadera participación del pueblo en estas modificaciones del statu quo? Eso es algo que puede ser sujeto a debate, mas no quisiera perder este estudio en discusiones kilométricas.

El triunfo de la Revolución CubanaPues bien, tan pronto como comenzó a adoptarse este término para denominar a dichos cambios sociales, culturales o económicos, surgió un nuevo orden social a lo largo y ancho del mundo: las sociedades revolucionarias. México no fue la excepción. Desde una etapa temprana, se hicieron notar personajes como Ponciano Arriaga y Melchor Ocampo, quienes promovían ideas exportadas del liberalismo francés, y más tarde, los Hermanos Flores Magón y Enrique Bermudez, quienes simpatizaban con la radicalización propia del anarquismo ruso. Y fueron, precisamente, las exigencias y las enseñanzas de estos primeros pensadores disidentes las que sembraron la semilla en México para el surgimiento de una sociedad revolucionaria.

La aventura socialista

En nuestro país, recordamos constantemente nuestro pasado revolucionario. Lo llevamos en la sangre, en el orgullo, en el sentimiento, en los festejos, en los actos sociales, en los días de descanso; pero negamos tajantemente una porción de ese mismo pasado revolucionario. Hemos aprendido que personajes como los Hermanos Flores Magón o Francisco I. Madero iniciaron las manifestaciones antes de 1910 contra el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz. Pero no nos muestran la versión completa de los hechos: aquella en la que los clubes liberales reunidos en torno a los personajes antes citados, importaron un conjunto de ideas que habían comenzado a formar el pensamiento revolucionario en Europa.

El marxismo no solo era una moda, sino que se estaba convirtiendo en una alternativa. Los mercantilistas europeos y americanos llamaban a las ideas marxistas utopía, mientras que los sindicatos se reunían en torno a sus pautas socialistas. El marxismo reprobaba la dictadura de la aristocracia y la monarquía, los controles burgueses contra la comunidad y el proletariado, y la explotación de las masas. Y, según los marxistas, era suficientemente convincente la erección de una dictadura del proletariado tomando en cuenta la hazaña de la Comuna de París. Anarquistas como Bakunin, Prokotkyn y Blanc, promovían una dictadura directa del proletariado sobre todos los medios, sin representación ni gabinete, mientras que otros mucho más moderados, alentaban la creación de los soviets, centros de gobierno con representación de las comunidades productivas en el régimen socialista.

Anarquistas

Ambas ideas fueron importadas a México desde antes de 1908. A lo largo de la frontera con Estados Unidos, en la etapa final del Porfiriato, los clubes liberales proliferaron cobijados por la lejanía del gobierno federal, la decadencia del antiguo régimen y la cercanía con ciudades que brindaban protección y que estimulaban a la creación de sindicatos de obreros, mineros y campesinos. Fueron importadas de países con una larga tradición de libre pensadores, como Francia y Rusia. En ambos países, ya se habían puesto en marcha ejercicios de gobierno en que el pueblo arrebataba el control de sectores enormes del reino a las élites gobernantes. Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón fueron los primeros de una larga lista de ideólogos y políticos mexicanos que promovieron los principios revolucionarios echando mano de la filosofía marxista. Francisco I. Madero, mucho más moderado, utilizó al marxismo sobre una base superficial, únicamente alentando al pueblo a participar en la democracia y el ejercicio del gobierno comunitario.

En la frontera sur de Estados Unidos, donde los clubes liberales ya tenían una existencia prolongada, se dio cobijo muchas veces a estos ideólogos, protegiéndolos contra los abusos de los gobiernos, tanto del mexicano como del estadounidense. Y la influencia de estos ideólogos, por otra parte, contribuyó a la proliferación de sindicatos en el norte de México. Movimientos como la Huelga de Cananea y la de Río Blanco surgieron gracias a la influencia de grupos sindicales estadounidenses que ponían todo su empeño en sabotear los proyectos de multinacionales casi esclavistas.

Ya iniciado el conflicto bélico de 1910, los movimientos obreros fueron olvidados parcialmente durante casi toda la guerra. El único causal estuvo respaldado por la lucha privada que mantenían los Flores Magón y Pascual Orozco en el norte del país, pero una vez depuesto Victoriano Huerta, sus fuerzas fueron aniquiladas, los Hermanos Magón fueron hechos prisioneros y Pascual Orozco huyó a Estados Unidos. Después de eso, casi toda la lucha de la Revolución tuvo como objetivo primordial el alcanzar el sufragio libre y efectivo y el reparto agrario.

Huelga de Cananea, por David Alfaro Siqueiros

El movimiento obrero fue retomado mucho tiempo después de terminada la Revolución Mexicana, aunque no surgió específicamente de las fuerzas obreras, sino de los esfuerzos de uno de los generales triunfadores del conflicto. Lázaro Cárdenas del Río se trata, tal vez, del presidente mexicano más alabado de cuantos han manejado el poder en nuestra nación. Sin embargo, y aunque nos gusta recordar con amor y exaltación patriótica la figura de quien nos dio las primeras organizaciones de desarrollo e infraestructura nacionales, tenemos la costumbre de aborrecer a los principios marxistas impresos y puestos en marcha durante su mandato.

(Continua)

Fuentes

Arendt, Hannah. Sobre la revolución. Revista de Occidente, Alianza Editorial. USA. 1967.

Garibaldi, Esteban. Marxismo y utopía. Nodo 50, Contrainformación en red.

Topete Lara, Hilario. Los Flores Magón y su circunstancia. 2005. Contribuciones desde Coatepec, Revista no. 008.

Rodríguez, Abelardo. Morir matando. ITSON, Hermosillo, Sonora. 2007.


Génesis del crimen y la barbarie

febrero 4, 2010

La década de 1920 a 1930 fue una etapa que podría considerarse «brillante» en los anales de la nación mexicana, recién salida de un conflicto bélico que cambió para siempre las vidas de todos sus habitantes y de los países vecinos: la Revolución Mexicana acababa de entrar en la esperada transición de la lucha armada y las reformas tan prometidas por los contendientes y tan esperadas por la ciudadanía comenzaban a aplicarse en varios estados de la República. La maquinaria encargada de llevar a cabo los cambios sociales, culturales e industriales que el pueblo necesitaba marchaba a pedir de boca, hasta que le tocó el turno al estado de Sinaloa.

En 1926, ante el avance de la Reforma Agraria del Máximo Jefe Plutarco Elías Calles, nace el Contramovimiento Agrarista Sinaloense, un movimiento no oficial pactado por los latifundistas del estado del Noroeste que pretendían oponerse a esta reforma así fuera por la fuerza de las armas. Por entonces, no existía fuerza armada alguna que velara por los intereses del pueblo en Sinaloa, que seguía siendo manejada por los ricos hacendados mezcaleros, cañeros y ganaderos de las villas sureñas. Para esto, los terratenientes contrataron y armaron a varios grupos de hombres para convertirlos en sus «ajustadores» y que velaran por la seguridad de sus tierras ante la invasión de los campesinos en los latifundios que se sentían protegidos por la Reforma Agraria. De esta manera nacieron bandas armadas como “Los Pineda“, “Los López” y “Los Dorados“.

La mayoría de estas bandas estaban compuestas por jóvenes pueblerinos, algunos de ellos capataces de las haciendas que los contrataban y otros simples campesinos ociosos. Armados con equipos exclusivos del Ejército Federal, rifles Mauser, carabinas Winchester 30-30, pistolas Remington y Colt, vestían ropas típicas de rancheros, sombreros texanos, botas de cuero, camisas de paño o de lino, paliacates y franelas, ostentozos y descuidados, sin la mínima vergüenza. Les gustaba hacer alarde de sus fechorías y presumían de sus abusos contra la ciudadanía. Casi todos los grupos eran iguales, salvo uno de ellos, distinguido siempre por la notoria violencia de sus actos y la extravagancia de su líder.

Es esta la época convulsiva que ve nacer la figura legendaria de Rodolfo Valdez, mejor conocido como “El Gitano“. Alto, corpulento y tosco, con la mente fría como una culebra y el temperamento de un niño de diez años. Berrinchudo y caprichoso, enérgico y explosivo, siempre dispuesto para la violencia y el despilfarro, no se lo pensaba dos veces a la hora de asesinar, había dado muerte incluso a amigos propios y parientes y tenía la costumbre de disparar balas con su firma impresa en ellas. Era un joven de veinticuatro años, vecino de Aguacaliente de Gárate, en el municipio de Concordia, lideraba una banda bien organizada y bien armada financiada por varios terratenientes concordienses, cosaltecos y mazatlecos. Vestía pantalones de vaquero, botas altas, camisas holgadas y desabotonadas en el pecho, sombrero vaquero y gafas para el sol, su cara poblada por un denso bigote oscuro, como su crespo y crecido cabello, y un paliacate sobre su cabeza o encima del hombro con el que se limpiaba el sudor y el polvo. Le decían “El Gitano” por su postura desfachada y los colgajos que acumulaba en su cuello y sus mangas, adquiridos de los indígenas tepehuanos y huicholes del sur de Sinaloa.

Los Valdez Valdez -algunas versiones lo apellidan Valdez Osuna, sin embargo, conozco personalmente a vecinos de Concordia que le nombran Valdez Valdez -eran una vieja familia del poblado de Gárate de Concordia, trabajadores de las plantaciones cañeras de Don José Gárate desde hacía mucho tiempo, y Rodolfo, desde muy pequeño, fue mandadero y peón del viejo hacendado. Había demostrado una inteligencia nata y una lealtad inquebrantable hacia la familia, por lo que, ante la llegada de la Reforma Agraria al estado de Sinaloa, se unió a la causa de los antiagraristas, que defendían sus latifundios de los movimientos regionales encabezados por políticos de Culiacán y Mazatlán.

Hacia 1927, fecha en la que comienza el Movimiento Agrarista de la mano de Jacobo Gutierrez, El Gitano tenía veintitrés años y ya se le conocía como a un individuo desalmado y violento. Reunió primero a un grupo de una docena de amigos suyos, de quienes prontamente se erigió en líder y representante. Casi todos ellos eran vecinos del mismo poblado de Concordia: Agustín Salcido “El Indio“, Juan Samaniego “El Kelly” y Ramón Barrientos “El Chino” eran algunos de los integrantes de su banda, quienes adoptaron el mote de “Los Dorados“, tal vez en alusión al ejército de Pancho Villa, pero los hacendados que contrataban sus servicios les denominaban “Guardias Blancas” y la gente pueblerina les llamaba “Los del monte“, pues era la serranía su principal campo de acción desde donde operaban impunemente y en donde se refugiaban cada vez que golpeaban a algún líder agrarista. El principal golpe dado al movimiento sucedió en agosto de 1928, cuando asesinaron a Jacobo Gutierrez, personaje que fue tomado como ícono de lucha por los agraristas. Después de su muerte, el gobierno declaró la guerra a las Guardias Blancas, tornándose el conflicto de rebeldía en uno decididamente bélico.

La Rebelión del Monte

En 1930 la revuelta antiagrarista recrudeció el conflicto civil tornando el sur del estado en una zona altamente violenta. Los agraristas comenzaron a armarse contra las Guardias Blancas al no poder contar con el apoyo político ya que, la política de entonces en el estado, iba contra lo designado por el máximo mandatario del país, Pascual Ortiz. En esas fechas comenzaba a sentirse todo el enorme peso del cardenismo, corriente encabezada por el General Lázaro Cárdenas del Río, hombre más que dispuesto a hacer cumplir las promesas con que los militares habían arrastrado a la guerra a toda la desarrapada muchedumbre que necesitaba de tierras. Sin embargo, con solo terminar el conflicto, el General Ángel Flores, ahora designado gobernador del estado, resolvió darle la espalda a la Reforma Agraria, ir contra los intereses del cardenismo y apoyar a los terratenientes sinaloenses en su afán por defender la propiedad privada. Lázaro Cárdenas, como Secretario de Gobernación, exigió a Ángel Flores la designación de autoridades competentes para combatir a las ingobernables Guardias Blancas, y al no poder poner el freno, los agraristas vieron en la figura de Ramón Lizárraga “El Borrego a un cabecilla que tenía lo suficiente para hacerles frente a los gatilleros de los hacendados.

Hombre conocido por su arrojo y su ferocidad, El Borrego comenzó a actuar contra los antiagraristas con igual o aún mayor violencia con la que actuaban estos. Era un auténtico fanático de la causa agrarista, siempre moviéndose de congregación en congregación, animando a los ejidatarios a enfrentarse, así fuera con palos y piedras, a Los del Monte y sus patrones y arrebatarles lo que se habían ganado en la guerra.

En septiembre del mismo año, El Gitano ejecutó en Mazatlán a José Esparza, quien movilizaba a campesinos de La Yuca y El Verde para obtener ejidos. La respuesta de El Borrego fue el secuestro, tortura y asesinato de uno de los hijos de Aurelio Haas. Y esa era la relación acostumbrada entre las dos gavillas rivales: la vendeta. A cada asesinato de Los del Monte, los Agraristas golpeaban el doble de fuerte, ocasionando un círculo vicioso que no parecía tener fin. Incluso los mismos hacendados que financiaban a las gavillas rebeldes llegaron a interponer sus quejas ante Alfonso Tirado, por entonces presidente municipal de Mazatlán. Así era la vida en Mazatlán y sus alrededores. Balaceras sin fin, de noche y de día, en las mismas calles, en la sierra, en los hoteles, en los mercados. La zona rural de los municipios se volvió famosa por la violencia destilada de las luchas por las tierras. Parecía como si la Revolución continuara en una escala más pequeña. Una frase era muy popular por entonces. Solía decírsele a la gente que iba con ruta a Concordia: «No vayas a Concordia, que ahí te matan y te entierran y no te cobran». Al final de los ajustes de cuentas, el propio Lizárraga fue emboscado en su domicilio y asesinado mientras dormía. Había sido el defensor más radical del agrarismo y el movimiento se sintió sin fuerza por un par de años, pareciendo tocar a su fin las demandas con el terror infundido a los ejidatarios, cuyas autoridades electas constitucionalmente no podían hacer frente a las gavillas.

Durante los cinco años de lucha entre agraristas y dorados, Alfonso Tirado realizó una labor encaminada a la defensa del patrimonio de los hacendados. En 1938, el agricultor fue asesinado en Culiacán, en la cantina del Hotel Rosales, por el Teniente Alfonso Leyzaola “La Onza“, quien era el ejecutador y hombre de confianza de otro militar enemigo de Alfonso Tirado. Rodolfo Loaiza era, desde hacía varios años, el principal opositor de Tirado y la horda de familias de hacendados que le respaldaban. Era un cardenista aferrado y un componente de la nueva escuela militar, defensor del agrarismo y enemigo de los tecnócratas, que a finales de los 30’s cobraban fuerza de nuevo bajo la bandera del General Ávila Camacho. Estos dos personajes habían tenido altercados anteriormente, aunque nunca habían pasado de pleitos políticos. Sin embargo, era bien conocido por todos que, en el momento en que uno de ellos diera la oportunidad al otro, le daría muerte sin la menor pizca de escrúpulos.

Loaiza estaba muy bien relacionado con sindicalistas obreros, periodistas y dirigentes ejidatarios de los estados de Sonora y Chihuahua, y defendía a los ejidatarios sinaloenses. Una de sus primeras medidas al sumergirse en la política sinaloense fue la de cerrar las mezcaleras y las haciendas que se dedicaban a su elaboración pues, según él «es embrutecimiento con lo que se le paga al labrador, para convertirlo en un borracho inmoral que se gasta el dinero en licor y que descuida a su familia», y puso especial énfasis en la educación y la autosuficiencia de las familias sinaloenses. De cualquier cosa que se tratase, estaba claro que los intereses de Loaiza iban en contra de los de Rodolfo Valdez. Y así se lo haría saber en los siguientes años.

La persecución loaizista

En 1940, Loaiza se convirtió en Gobernador de Sinaloa ante la carencia de enemigos políticos verdaderos. Uno de sus principales pendientes fue el reparto agrario y la conformación del campesinado en los ejidos, cosa que era entorpecida enormemente por Los del Monte. Las gavillas antiagraristas siempre fueron un problema prioritario para Loaiza. Persiguió sin descanso a Pedro Ibarra, Manuel Sandoval “El Culichi“, Manuel Sarabia y Rodolfo Valdez, quienes eran los principales dirigentes de los grupos armados. A Pedro Ibarra lo detuvo en Badiraguato, que a principios de 1940 ya comenzaba a ser una zona de siembra de estupefacientes, y lo convenció de abandonar la causa latifundista. En El Roble, Manuel Sarabia asesinó a Tomás Santos, y Loaiza respondió entrando a las haciendas y deteniendo a sus dueños haciéndolos firmar bajo coacción y con uso de la fuerza la repartición de tierras. Manuel Sandoval abandonó la lucha con el ofrecimiento de un puesto militar. [Fé de erratas: Manuel Sandoval “El Culichi” no abandonó la lucha, ni aceptó nunca un puesto militar. Siguió encabezando gavillas hasta un tiempo indefinido. Fuente:  http://www.oem.com.mx/elsoldesinaloa/notas/n1869533.htm]

El único que no cesaba en los atentados era El Gitano, quien por entonces se había relacionado, por medio de Ibarra, con algunos sembradores de amapola de la Sierra de Badiraguato. Loaiza puso mano fuerte a la persecución sobre El Gitano, pero el delincuente era una persona muy querida por su pueblo, protegido de los vecinos de Aguacaliente, La Palma y El Roble. Se refugiaba en las haciendas rurales o en el monte cuando estas no le funcionaban. Para acorralarlo en sus escondites, Loaiza designó a Salustio Coto [según las fuentes, en algunas aparece como “Cota”, “Coto” o “Lima Colotla”], un excéntrico y despilfarrador militar michoacano. El Coronel Coto tenía fama de ser un personaje excesivo con la ciudadanía y despiadado con los forajidos, bandoleros y delincuentes. Había sido teniente de la Novena Zona Militar con un destacamento de Sinaloa de Leyva, una zona de rancheros, mineros, colonias de chinos y sembradores de enervantes. Le tenía una devoción enfermiza a su revolver, un Smith&Wesson .38 Súper con cachas de oro, diamantes incrustados y con el nombre “Reina Juliana” grabado en el cañón.

No era nada raro que algún militar, fuera de carrera o guerrillero, tuviese una especie de idolatría o amor insano por las armas. Son muy conocidos los casos de Pancho Villa, Victoriano Huerta, Lucio Blanco y Heraclio Bernal. Cada uno de ellos tuvo un arma emblemática en la que grabaron sus nombres. Pero el caso de Salustio Coto era bastante extremo; la Reina Juliana representaba la materialización de su caracter violento y se mofaba del número de víctimas que habían perecido por alguna de sus balas.

En 1943, El Gitano y sus fieles abandonaron las haciendas de Concordia con un buen presto de armas y unos caballos prestados del rancho de Gárate. Viajaron hasta Mazatlán. Ahí pusieron la trampa y pronto los peces fueron cayendo. En marzo, sorprendieron a dos soldados que patrullaban por la calle Vicente Riva Palacio, matándolos a tiros a pleno día para llamar la atención del Coronel. Huyeron con rumbo a El Vergel, hacia el norte, pero se escondieron por la carretera, a unos 15 kilómetros del pueblo. El destacamento militar se dirigía en dos vehículos en persecución de Los Dorados mas no alcanzaría su objetivo pues, a orillas de la carretera, El Gitano había tendido una emboscada a los militares -localmente conocida como carraca -acribillándolos a balazos. En esa acción murió el Coronel Coto, dos tenientes del destacamento y catorce soldados, y El Gitano obtuvo un valioso botín de armas, equipo, fama en toda la entidad y, por supuesto, la amada pistola del Coronel Coto, la Reina Juliana.

El Gobernador Loaiza pronto condenó el atentado como un acto desvergonzado, inhumano y propio de animales salvajes. Prometió a la ciudadanía la captura y ajusticiamiento de Los Dorados antes de que su gobernatura concluyera. Pero Loaiza jamás tendría ocasión de tal cosa; El Gitano siguió matando a diestra y siniestra en todas las zonas del centro y sur del estado. Las carraqueadas fueron certeras e innevitables, les compusieron corridos y poemas, por todas partes sonaba el nombre de Rodolfo Valdez, Pedro Ibarra, Augusto Rentería y hasta el de la Reina Juliana. El terror escaló hasta niveles insospechados y cuando parecía que había alcanzado el máximo tope, sucedió lo impensable.

El 21 de febrero de 1944, el Gobernador Rodolfo Loaiza acudió a un evento de notables en el Patio Andaluz del Hotel Belmar, una sala de eventos en la ciudad de Mazatlán. Era de noche y estaba acompañado de personajes políticos, periodistas, líderes de la recién fundada CNOP, líderes agraristas y una escolta. A las 9 de la noche pasaron al comedor y en el pasillo fueron alcanzados por un grupo de siete u ocho hombres que inmediatamente sacaron de entre sus ropas armas de fuego y dispararon contra el gobernador y su escolta. Los guardias respondieron a los tiros pero ya era demasiado tarde, pues Loaiza yacía boca abajo con un agujero de bala en la nuca. Esa fatídica noche Rodolfo Valdez “El Gitano” dió muerte no solo a Rodolfo Loaiza, sino al gobierno, al estado y a la civilización. Demostró que podía pasar por encima de quien fuera y cuando él se lo propusiera. Militares, civiles, campesinos, vaqueros, comerciantes, políticos, incluso otros asesinos como él, y hasta gobernantes.

Conclusión

El asesinato de Rodolfo Loaiza fue el punto más alto que alcanzó la violencia en la década de los 40’s, mas no fue el único evento. Desde 1910, numerosos inmigrantes provenientes de China llegaron al país para trabajar en la construcción de las vías ferroviarias y en las minas. Habían traído de su patria natal la tradición de la plantación y el cultivo de la amapola como planta de hornato, pero también el proceso para la obtención del opio y sus derivados. Durante la Gran Crisis del ’29, los mineros y labradores, que ya habían aprendido estas prácticas, desarrollaron la costumbre de obtener un poco de opio para venderlo en las ciudades a los consumidores de este estupefaciente. Poco a poco, el cultivo y la venta se fue concentrando en las manos de unos pocos que, viendo el jugoso negocio del narcotráfico, se aprestaron a defender por las armas sus derechos exclusivos en este mercado. Fue así como nacieron las primeras gavillas de narcotraficantes. Personajes como Pedro Ibarra y Manuel Sarabia se convirtieron pronto, gracias a su experiencia, en pistoleros ya no de los hacendados, sino del mejor postor.

Las primeras organizaciones armadas nacidas en Sinaloa fueron creadas por antiguos compañeros de El Gitano. Fue el mismo Rodolfo Valdez el primero en ponerse a la orden de sembradores de amapola y marihuana de la Sierra de Badiraguato para brindarles servicios contra otros competidores. Los Dorados fueron los primeros sicarios de Sinaloa y de México en todos los sentidos, y cuando ya no estuvo El Gitano para guiarlos, sus compañeros se abrieron camino por sí solos. Adoptaron su vestimenta, su sanguinarismo, su carácter, sus prácticas delictivas y hasta la costumbre de colgarse todo tipo de alhajas en el cuello y el culto de su persona.

Rodolfo Valdez se entregó a las autoridades en 1947 y fue condenado a 26 años de prisión. Una vez en la cárcel, confesó casi todos sus crímenes, incluído el del asesinato de Rodolfo Loaiza, que implicaba a poderosas familias, políticos, militares y opositores sinaloenses, destacando entre ellos el nombre del sucesor de Loaiza en la gobernatura. Poco tiempo duró la prisión, ya que se fugó en 1950, dedicándose de nuevo al asesinato y a la venta de drogas. Finalmente fue apresado por agentes federales en un domicilio de Guadalajara cuando traficaba cocaína, en 1959. Juan Castro Avilés y Gilberto Pinto Vargas llevaban varios días vigilándolo hasta que iniciaron el operativo en su casa de la privada Chapultepec Country. El Gitano mató a Pinto Vargas con dos tiros, pero Castro Avilés le disparó en un ojo, quedando malherido. Incluso la hija del traficante, una vez caído su padre, tomó su pistola, la Reina Juliana, y abrió fuego contra el agente federal. Rodolfo Valdez fue detenido y luego juzgado en Culiacán, donde se le dieron 14 años de prisión acumulados a su anterior sentencia. Ahí murió el 15 de agosto de 1963, cuando iba a cumplir 60 años de edad. El día de su muerte, el crimen organizado era un aparato comercial enorme, con mil cabezas, que se introducía en todos los niveles de la vida mexicana y que alcanzaba niveles altísimos de violencia. No importaba que muriera el artífice, el mal ya estaba hecho.

Fuentes

Grupo SIPSE. Diego Enrique Osorno, “El Gitano, el primer sicario de Sinaloa“.

Nicolás Vidales Soto, “El hombre del paliacate“.

José Luis Durán, “Análisis del Movimiento Sinarquista“.

Nexos en Línea. Héctor aguilar Camín, “Narco historias extraordinarias“.


La confusión mexicana

enero 16, 2010

http://www.elforo.com/showpost.php?p=544205&postcount=1

Escrito por el usuario ANGELCAIDOP4 de El Foro de Historia


1810, 1910, 2010, la historia es cíclica y se repite”, alguna vez escuché esa frase y desconozco si así se comporte la sociedad, pero lo que no podemos negar y está a la vista de cualquier persona con sentido común es que es que la situación socioeconómica del país no nos invita a celebraciones o a la alegría patriotera y el festejo absurdo.

Celebrar” es a lo que nos pretenden persuadir las autoridades formales y sus prostitutas mediáticas, pero sobre todo el sujeto que ocupa por la fuerza la silla presidencial: el diputado -pues ha sido el único cargo de elección popular que ha ganado legalmente -“San Felipe del Sagrado Corazón de Jesús”; este arremedo de Rambo nos bombardea con comerciales pidiéndonos rememorar la Revolución Mexicana en “la paz” aunque probablemente sea la de los sepulcros que tanto le gustaban al general Díaz.

Violaciones a los derechos humanos, fanatismo, ignorancia, hambre, enfermedades y despilfarro son el pan de cada día del pueblo mexicano, ese mismo que es tratado con desdén por su clase política a la cual no le importa. En medio de todo esto nos piden celebrar la rebelión popular de 1910.

La Revolución Mexicana, esa tan cacareada por “los hijos de la revolución” del PRI pero a la vez tan nebulosa y difícil de comprender, tanto a escala nacional como por estados, es a mí manera de ver el desfile de personajes y organizaciones para quienes el modelo porfirista tan ambiguo y a la vez tan represivo ya se había agotado. Villistas, zapatistas, constitucionalistas, ex porfiristas y hasta anarquistas serían los grupos que pelearían primero contra un objetivo común -Porfirio Díaz -y después seguirían peleando a favor de su propia visión de lo que debería ser el estado ideal, combatiendo luego entre ellos llegando al punto en que antiguos aliados eran enemigos a muerte. Los seguidores de Villa y Zapata fueron derrotados militarmente pero al final fueron rescatados en el ideario colectivo como ejemplo de lo que puede volver a ser el verdadero poder popular y los ganadores serían aquellos ya mencionados “hijos de le revolución” que intentarían desarrollar el maltrecho país pero sin dejar de hacer negocio y aunado esto a sus filias y fobias formarían el nuevo régimen mexicano que perduraría hasta el año 2000: un solo partido y el famoso pero trágico “no me den pero pónganme donde hay”.

En ese régimen un solo gobierno haría justicia, el del general Lázaro Cárdenas. En esa administración el pueblo vería algunos frutos de tanta muerte y sufrimiento pero terminada su gestión, otra vez el discurso y las migajas serían dados al pueblo como consuelo. Un monumento en la Ciudad de México los recuerda y, de forma bastante cómica, conviven en el mismo sepulcro personas que se odiaban enconadamente, contribuyendo a la ignorancia colectiva y de esta forma nuestros gobernantes utilizan sus imágenes a su antojo como si fueran logotipos de refrescos.

Desde hace casi diez años los individuos que detentan el poder han hecho a un lado la imagen de la Revolución, pero es evidente su aversión a ella pues es visible su ascendencia cristera, esos mismo sinarquistas que intentaron derribar al general Cárdenas. Sí, esos fanáticos paranoicos y cuyos sacerdotes violan niños. Estos tecnócratas ignorantes que alardean de “trabajar por la educación” han demostrado su desprecio por ella -sobre todo por las humanidades- e hipócritamente nos piden “recordar”. Después de todo esto el poder nos pide “celebrar” algo que no entendemos y en ese absurdo tenor quieren fiestas y pasteles como si fuera una fiesta infantil o una vulgar borrachera tratándonos como borreguitos. Yo, en mi humilde opinión creo que el mejor homenaje es continuar luchando por un país con salud, educación, vivienda y alimento para todos pues finalmente esos “perjumados”, como los llamaría el general Villa, celebran “la confusión mexicana”.

Fuentes

Brading, D. A. (compilador), Caudillos y campesinos en la Revolución Mexicana, México, Fondo de Cultura Económica, 1991.

Del Río, Eduardo (Rius), La revolucioncita mexicana, México, Debolsillo, 2007.

Darcíadiego Dantán, Javier, “1910 del viejo al nuevo Estado mexicano”, en Relatos e historias en México, año 1, número 11, octubre, 2008, pp. 59-70.


La Revolución inconclusa (I)

noviembre 20, 2009

El café da vuelta dentro de la taza, meneándose con el movimiento de la cuchara. Ambas son de barro mugroso, negreadas de tanto reposar al lado de la lumbrera. En la taza, Jacinto se sirve los frijoles, la sopa de verdolaga, las lentejas y el café de la mañana. Tiene que estar pendiente para cuando lleguen los demás trabajadores para la pizca. Son los últimos días de junio y hace un calor endiablado. Bebe el café caliente a las cuatro de la madrugada todos los días. Dice que para “alivianarse”. La camisa de manta la viste sin amarrar en el cuello, y con el enorme sombrero se espanta los mosquitos. Acaba de apretar los guaraches y de ajustarse el sincho a la cintura, preparándose para la larga jornada diaria que les espera en la Hacienda de Romelinos, en Jojutla.

-Menos peor que Pancho Araujo nos redujo la jornada -pensaba Jacinto.

Y así pensaban la mayoría de jornaleros agrícolas de los latifundios ubicados en la depresión del Río Balsas. Un buen número de terratenientes se quejaba de la falta de movimiento en la industria agrícola del Centro de México, por lo que, a falta de maquinaria reducían el jornal de los campesinos y les regalaban el azucar, el café y el chocolate. Según algunos hacendados esto los haría trabajar con mayor júbilo y siempre con energía. De cualquier manera, las jornadas de catorce horas en los tiempos de extremo calor eran devastadoras.

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Debió haber sido bastante difícil la situación para los campesinos del sur en el año de 1906. Los tecnócratas que rondaban por donde estuviera el Presidente Díaz tenían acaparados los ministerios de Finanzas, Desarrollo Económico y Comercio. Estaban más interesados en construir vías de ferrocarril y máquinas de vapor que les permitiera exportar las materias primas a los países europeos y a Estados Unidos. Eran adictos a Francia y Alemania. En esos años, México solo conocía dos sectores de producción: la extracción de materias primas y su venta. Apenas existía la transformación de recursos, que se limitaba a negocios locales de procesamiento de carne, cereales y alcoholes. Las armas se importaban de Alemania, en el mercado legal, y de Estados Unidos, en el contrabando ilegal. Los aceites y resinas se importaban de Francia. Los fármacos, de Suiza y Holanda. La maquinaria de trabajo, también de los Estados Unidos.

La cercanía con Estados Unidos aumentaba un poco más la calidad de vida en el Norte de México, permitiendo que los peones, campesinos y mineros fueran apoyados con el uso de maquinaria de trabajo pesado. Reichton Mechanichs vendía carretas y remolques en los estados de Sonora, Chihuahua y Coahuila. Las herramientas eran proveídas por agentes de venta norteamericanos de Deere & Company. El norte gozaba de un nivel un poco más elevado de industria y comercio, sin embargo esto se limitaba a los pequeños productores independientes y los medianos hacendados, quienes representaban una minoría. La mayoría de campesinos y obreros que dependían de los grandes terratenientes gozaban, tal vez, del mismo nivel de vida que sus hermanos del sur, y en ocasiones vivían y trabajaban en peores condiciones. Los mineros eran caso aparte; desempeñaban sus funciones con una estrecha vigilancia de los medios de comunicación norteamericanos y pululaban por entre sus filas organizadores laborales enviados por los sindicatos del norte. Esta situación permitió a los mineros organizarse e instruirse en la política, y ejecutar con un poco de coordinación la primera huelga laboral en México: la Huelga de Cananea de 1906.

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Jacinto era capataz de jornaleros en la Hacienda de Romelinos. Era la temporada de la pizca del frijol y el garbanzo, y las condiciones de trabajo eran duras. Los campesinos debían llegar al campo de la hacienda ya desayunados y aprovechar el fresco de la mañana; el comienzo del jornal era a las seis, a veces más temprano. Filas de campesinos se veían pasar por entre los zurcos del campo, cientos y cientos como si se tratase de un hormiguero, siempre con sus cestas y sus colchas en la espalda encorvada, y caminando paso a pasito mientras se cortaba y se crujía la mata. Hacía mucho tiempo ya que Jacinto notaba las “caras de palo” de sus subordinados. La rutina hacía mella de manera cruel en los morenos campesinos sureños, y a Jacinto le preocupaba que peones de 30 años de edad, pareciesen de 50.

-Ayer estaba escuchando en el radio que en Sonora los mineros hicieron un paro -le comentaba Jacinto a su compadre Florencio. Jacinto hablaba de la huelga que organizaron los liberales Esteban Baca Calderón y Enrique Bermúdez por medio del Club Liberal Cananea en dicha ciudad, el 1 de Junio de 1906.

-No te pagan para escuchar el radio, cabrón -Florencio, como la mayoría de los campesinos del sur, era completamente indiferente a la situación que se vivía en el norte, donde la mayoría de los revoltosos eran instigados por grupos de movilización que perseguían principios como la democracia, igualdad y economía abierta. -Y a nosotros, ¿de qué chingados nos sirve? No señor, ¡Tierra, Agua y Libertad! -exclamaba Florencio con la mano en alto.


Hacía un par de meses que los campesinos de las faldas del Ajusco se habían reunido en Cuautla para organizarse contra los hacendados que amenazaban con incluir sus tierras en el latifundio federal y el Sistema de Ejidos de Morelos. Conformaron una organización de campesinos representada por Pablo Torres Burgos cuyos objetivos habían quedado fijados por la máxima declamada por Florencio. Esta junta fue considerada ilegal y la represión por parte del Gobierno Federal no se hizo esperar.

-Deja de decir pendejadas, Lencho. A los serranos los está matando Munguía por andar diciendo eso -le contestó Jacinto. El sol estaba despuntando y comenzaba a hacer calor. Se puso el ancho sombrero sobre la cabeza para hacer sombra y se amarró el cinto y los huaraches. Se unió a la carga del grano con voces de mando, su cara de cuero reflejando el sol y su chicote para convencer a los que no quisieran trabajar. -Apura a la gente, cabrón -fue lo último que dijo Jacinto a Florencio antes de perderse de vista entre los zurcos, agachado como una hormiga más, buscando el grano vertido entre la tierra que iban tirando los jornaleros.

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Faltan unas cuantas horas para que se cumplan 100 años del inicio de la Revolución Mexicana. Hace un par de días estuve hablando con un amigo de Guerrero. –¿Qué se siente, amigo, vivir en un estado que mantuvo con mucha vida al espíritu revolucionario? -le pregunto a Paco. -Hermano, en Guerrero esas cosas apenas y se recuerdan -me contesta.

-Es pesado vivir con una atmósfera que emana resentimiento. La gente en Guerrero, Morelos y Oaxaca se siente traicionada por el Gobierno Federal, por el PRI, por la democracia y por los mexicanos del norte. La gente va a la tumba de Zapata el 10 de Abril, y le llevan flores, licor y música. El 20 se lo dejan a los clasemedieros que organizan, conjuntamente con el gobierno del estado, los festejos de la Revolución. La Revolución que nos deben.

-Uno puede andar por los barrios de Tetelcingo o Palo Verde, y ver a indígenas harapientos buscando entre la basura que arrojan de Residencial Diamante. Esto sucede en el municipio que se vanagloria de ser la tierra natal de Zapata. El municipio cuya gente escupe sobre el EZLN con frases como “Pinches copiones, Zapata es de Morelos”. La gente de Morelos tiene mucha necesidad, y no es precisamente un estado desarrollado. Aún le deben a Don Emiliano, le deben mucho, y los desposeídos así lo creen. ¡Chingado!, si hay quienes creen que Zapata regresará algún día para comandar a los sureños y terminar con la Revolución que Carranza y Obregón truncaron.

Paco me da mucho qué pensar. En mi ciudad, Culiacán, Sinaloa, se hacen festejos por el 20 de Noviembre también. Y este año se engalanarán con tremenda pompa. –¿Para qué? -me pregunto continuamente. Hago castillos en el aire imaginando que el dinero destinado a los festejos, remodelaciones y propaganda se destina a la creación de infraestructura para las comunidades que se quedaron esperando el Reparto Agrario. No sé si festejar el 20 de Noviembre como un día de fervor patrio, de sublimación sentimental o de cambio en la continuidad política del país. Porque lo que supuestamente se festeja en estas fechas es una quimera: la dictadura plutócrata persiste, el reparto de tierras es una epifanía, la igualdad se evapora con gran facilidad y la libertad va en función de tu rol en la sociedad. Se tienen salarios bajos e impuestos altos, un presidente títere de intereses comerciales y un congreso déspota y tiránico que nos oprime. Opio y clavos, que nos desangran diariamente pero evita que sintamos dolor. Estamos destinados a ganar dos o tres salarios mínimos pero somos libres… libres de gastarlos en el cine o en el futbol.

Estamos a unas cuantas horas de que se cumplan 100 años del inicio de la Revolución y aún no sabemos por qué festejamos.