La Guerra del Yaqui: 1833 – 1884


La identidad de una nación enemistada

La captura y muerte de Juan Bandera no trajo muchos cambios al conflicto entre yaquis y yoris, salvo por la notoria separación que sufría la nación. El gobierno federal mexicano bombardeaba con propaganda a las diferentes tribus de la etnia, acogiendo a algunas para que prestaran servicios en las haciendas mexicanas y marginando a otras, quitándoles tierras y parcelas de siembra, echando abajo sus casas y hostigándolos sin tregua alguna. Los yaquis, siempre dispuestos a seguir a cualquier caudillo a falta de misioneros jesuitas a los cuales tomar ejemplo, se acomodaron en base a los intereses de sus jefes locales.

Los yaquis del sur, de las tribus de Vicam, Cocorit, Potam y Torim fueron desplazados y despojados sistemáticamente de tierras de labranza que anteriormente habían sido reconocidas por el propio gobierno. Por otro lado, los yaquis del norte se convertían en acreedores -una idea vana pero acreedores a fin de cuentas -al ser compradas sus tierras por cantidades tan ridículas como diez reales republicanos o cinco libras de plata. A su vez, eran debidamente presionados o convencidos de que sus agrestes tierras nunca serían lo suficientemente productivas como para que fuesen rentables. En vez de su posesión, se optaba por venderlas a los norteamericanos, españoles, franceses y alemanes que se iban instalando en la zona, ya que estos contaban con la maquinaria necesaria para convertir las tierras duras y áridas de Belem en paraísos frutales y plantaciones enormes de hortalizas. Los yaquis del norte pronto vivieron un período de sedentarización, agregándose al entorno laboral del estado de Sonora -que años antes se había separado de Sinaloa -como trabajadores de plantaciones, servidumbre en las haciendas, arrieros de ganado, ayudantes de comercio, abarroteros, muleros y correos. Los pobladores de Raahum vivieron un fenómeno similar al estar su poblado muy cercano al moderno puerto de Guaymas, enclavado en el suroeste del estado.

El México independiente pintaba demasiados entornos para las tribus yaquis, excepto la prometida independencia que habían alabado los Insurgentes de la lucha armada que recién terminaba. Estaba claro que dicha independencia sólo la verían algunos sectores del país, pues en el norte de la nueva nación la colonización aún se hacía sentir y en la región del Yaquimi era quizás más dura que antes. Anteriormente, los jesuitas habían jugado el papel de padrinos contra los intereses de la federación. Pero de 1830 a 1840, con los misioneros expulsados, los yaquis jugaban solos y con todo en su contra. Una industrializada Álamos y la recién colonizada comunidad de Navojoa les separaba de sus aliados ancestrales en el sur, los mayos. Y por el norte, las tácticas del gobierno federal para la eliminación de su identidad surtían muy buen efecto haciendo cundir las diferencias tribales. Aunado a esto, la represión del prefecto militar en la zona, el General Juan Urrea, era un constante recordatorio de que en el México recién nacido no se tolerarían las defensas legítimas de los pueblos indígenas.

«El que no se detiene a beber»

A principios de la década de 1850, el estado de Sonora era un hervidero de sentimientos encontrados debido a que la mayoría de los colonos eran extranjeros. La experiencia vivida en los estados de Texas, California y Nuevo México inspiraba a otros colonizadores del norte de México a buscar su emancipación del fácilmente corruptible gobierno mexicano. En ese entonces, México se encontraba sumido en guerras civiles interminables, nacidas de la lucha entre el clero y la república, y las diferencias ideológicas de los conservadores y los liberales. Los estados del norte estaban bastante descuidados y las juntas extranjeras que clamaban por una república sonorense independiente tuvieron una importante acogida entre un puñado de librepensadores franceses y alemanes, entre otros.

Los belicosos yaquis siempre fueron aliados de cualquier bando que les prometiera ir contra sus enemigos. Se habían aliado contra los insurgentes en la Guerra de Independencia, en favor de los intereses de la corona. Ahora que sus tierras eran amenazadas por el desbordamiento de las fronteras, se aliaban con los republicanos y federales en contra de la expansión de los terratenientes europeos y sus cada vez más descarados abusos. Los primeros en entrar en abierta alianza con los yoris fueron los yaquis de Huíviris, Potam y Vicam, quienes eran dirigidos por Mateo Barquín, un jefe indígena que se había educado con los jesuitas y había trabajado en las haciendas de Hermosillo.

En julio de 1854, una intentona separatista dirigida por franceses y alemanes trató de tomar el gobierno del estado de Sonora, atacando primeramente al puerto de Guaymas. El veterano de las guerras de Independencia, de Los Pasteles y de la Intervención Norteamericana, José María Yáñez, a la sazón gobernador de Sonora, hizo frente al intento de derrocamiento convocando una fuerza militar de alrededor de 300 soldados regulares y más de 100 irregulares. Entre la tropa regular, el destacamento más numeroso era el Regimiento Urbanos, entre cuyas filas se encontraban indígenas locales enviados por Mateo Barquín; uno de ellos era José María Leyva, quien estaría destinado a convertirse en el caudillo más grande de todos los yaquis. Así fue como inició su vida militar José María Leyva: a los 16 años de edad combatiendo contra las pretenciones coloniales extranjeras en una época en que casi todas las potencias mundiales querían un pedazo de México.

Sobre la infancia y juventud de José María Leyva, no es mucho lo que se conoce. Después de concluir su educación en Guaymas se fue a vivir a Tepic, Nayarit, donde fue reclutado por la leva en el Batallón de San Blas, que defendía a la Restauración. Mas no alcanzaría a ver mucha acción con el batallón sureño, pues desertó a los pocos meses para regresarse a Sinaloa, donde entró a trabajar como minero para esconderse de las autoridades. Poco tiempo después, en 1860, se incorporó en el Cuerpo de Caballería Rural de Los Altos desde donde organizarían, bajo las órdenes del Gobernador Ignacio Pesqueira, las acciones de hostigamiento y represión contra los pimas y ópatas que causaban bandolerismo en los caminos de la serranía. Es en esta unidad de caballería, sirviendo con el Coronel Remigio Rivera, donde aprendería las técnicas de caballería, guerrillas y atrincheramiento que habría de utilizar en un futuro no muy distante contra el ejército al cual servía.

Durante un considerable período de servicio en las filas republicanas, José María Leyva llevó a cabo varias acciones, entre las que destacan las defensas del estado de Sonora contra Igunazo, luego contra Conant Maldonado y, posteriormente, las expediciones contra el ópata Luis Tánori y sus aliados pápagos y mayos, en un peligroso levantamiento indígena que comprometía la seguridad del gobierno ya enfrascado en las interminables guerras civiles y tratando de pacificar tanto el propio como los territorios vecinos. Destacando entre las filas federales, Leyva es ascendido a Capitán, encabezando él mismo su propia unidad de caballería con acciones en todo el sur de Sonora. Como dirigente de tropa, José María Leyva era hombre enérgico, infatigable e inquieto. Daba órdenes muy tajantemente y era tremendamente rencoroso contra la indisciplina. Apreciaba la lealtad y la determinación y delegaba responsabilidades importantes en alguien en quien pensara como un hombre con arrestos. Poseía la ferocidad de un animal salvaje pero al mismo tiempo hacía gala de nobleza y cordialidad. Era la representación viva del carácter fuerte del ranchero y la astucia del indígena yaqui. Por su determinación y su arrojo en las actividades bélicas sus hombres le confirieron el apodo de “Kahe’eme (Cajeme)”: «El que no se detiene ni para beber agua».

Después de catorce años de servicio en la caballería, en los que se sucedieron acontecimientos notables en el panorama mexicano -las Intervenciones Francesas, los diferentes golpes de estado conservaduristas, las aventuras temerarias de los agitadores, la derrota de los apaches y ópatas en Arivaipa -José María Leyva fue licenciado y se le permitió regresar a Torim con el beneplácito del Gobernador Pesqueira. Por su impecable servicio fue nombrado Alcalde Mayor de todos los pueblos yaquis. Los jefes de las diferentes tribus tenían que rendirle cuentas a él, el hombre de confianza de Pesqueira en la zona, además de habérsele comisionado la pacificación de los yaquis en el Bacatete. Pero «el Indio Cajeme» tenía la mirada puesta en otros horizontes. Ahora que le era permitido regresar a su país, y con conocimientos suficientes para hacer de las dispersas tribus yaquis un conglomerado fuerte, estaba decidido a terminar de una vez por todas con las injusticias contra su pueblo. Ya había actuado mucho tiempo de manzo cordero; ahora le tocaba actuar como lobo feroz.

Los yaquis al servicio del Imperio Mexicano

Es necesario hacer un paréntesis en esta parte de la historia, pues si bien algunos yaquis se postularon de parte de los republicanos en sus constantes luchas contra el conservadurismo, una mayoría considerable se puso de parte de los servicios del Imperio durante la Intervención Francesa, en 1865. Surgido en las ciudades de Ures y Hermosillo, el movimiento pro imperialista tuvo un gran apoyo vital de las clases pudientes que no estaban coligadas con la política. José María “el Chato” Almada atrajo a su causa a comerciantes, mineros, obreros e indígenas con la promesa de beneficios comerciales, para unos, y el respeto a los derechos eclesiásticos, para otros. Los yaquis, bastante sensibles a la palabra de Dios, tomaron las armas por el partido que encabezaba el Prefecto Imperial en Sonora.

Haciéndose fuertes en Vicam, marcharon bajo las órdenes de José Barquín, hijo de Mateo Barquín, y tomaron los poblados de Ures y La Pasión. Ahí se les unieron los mayos, que se habían levantado antes, tomando Álamos y poniendo en apuros a la guarnición de Navojoa. La situación era precaria para el gobierno republicano, que sufría varias derrotas en todos los puntos defensivos. En cuestión de tres meses, los mexicanos habían perdido varias poblaciones importantes; Magdalena en marzo, Altar y Sahuaripa en mayo y Moctezuma en junio. De ahí les siguió Arizpe, que tomaron Refugio Tánori y Antonio Terán y Barrios con una fuerza combinada de ópatas, pimas y realistas, reforzados por el 7° Regimiento de Cazadores de África. Ante el desastre inminente, Ignacio Pesqueira abandonó el país por Arizona, dejando las defensas a cargo de Jesús García Morales.

Al haberse debilitado la lucha republicana en Sonora, que caía inevitablemente en las manos de los imperialistas -los liberales sólo conservaban el control en Hermosillo, Guaymas y Navojoa -el General Ramón Corona, prefecto militar de Sinaloa, envió a Antonio Rosales -quien ya había derrotado brillantemente a los invasores en San Pedro -y a Ángel Martínez para el apoyo de la lucha contra los franceses y sus aliados. Ángel Martínez partió con 1.500 hombres desde Ahome, embarcándose en septiembre y llegando a Hermosillo en octubre. Antonio Rosales lo hizo desde El Fuerte con el objetivo de recuperar Álamos y aliviar la presión sobre Navojoa. Marchó sobre Estación Castro y Asunción, dispersando a los yaquis y mayos a su paso, y les derrotó en la Batalla del Salitral. Tomó Álamos el 18 de septiembre solo para que, cinco días después, el 23 de septiembre, perdiera la vida defendiendo la ciudad contra los yaquis.

Sin embargo, la lucha dirigida por Ángel Martínez gozó de más fortuna. A principios de 1866, el Imperio perdía apoyo y popularidad. Maximiliano se había declarado liberal y los conservadores le daban la espalda. Los franceses se retiraban debido a sus derrotas en la Guerra franco-prusiana. Y gracias a tales situaciones, los republicanos cobraban valor y adquirían nuevos bríos. García Morales recuperaría Arizpe a finales de 1865, arrebatándosela a Terán y Barrios y haciéndolo prisionero, aunque sería derrotado en Nácori Grande en enero de 1866 por Refugio Tánori. Ángel Martínez, por su parte, barrería con toda la resistencia indígena por medio de una atroz campaña de hostigamiento, obteniendo victorias en Puente Colorado, Movas, Cumpas, Nuri y el Río Mayo, y vengando la muerte del Héroe de San Pedro en Álamos aniquilando a las fuerzas de José María Almada. Durante dos meses sostuvo la represión contra los indígenas a los que persiguó hasta Batachive y Quimizte, haciéndoles numerosos muertos.

Pesqueira regresaría a mediados del mismo año y la desgracia haría presencia entre las filas indígenas. Sin el apoyo del Imperio, los yaquis y mayos de José Barquín, los ópatas de Tánori y sus aliados almadistas y gandaristas pronto perderían la ciudad de Hermosillo, que poseyeron durante cuatro meses. Ángel Martínez, Ignacio Pesqueira y Jesús García Morales derrotarían definitivamente a los realistas en la Batalla de Guadalupe, a unos treinta kilómetros de Ures. Ahí se enfrentaron contra un ejército de 3.200 yaquis y mayos y una considerable fuerza realista que contaba con franceses y suavos que habían decidido quedarse a luchar. Casi la mitad de ese ejército quedó muerto o desaparecido, sobreviviendo los jefes José Barquín y Refugio Tánori que huirían junto con otros realistas al Río Yaqui para tomar una barca en Los Médanos y huir a Baja California. Dos meses después, en septiembre, les seguiría Almada, quien haría un último esfuerzo por tomar Álamos y evitar que los sonorenses recibieran refuerzos de Sinaloa. Pero la operación fracazó, y tras su derrota se dió su huida. Cuando los jefes realistas e indígenas atravezaban el Mar de Cortés, el Coronel Salazar Bustamante los interceptó, haciéndolos prisioneros y regresándolos a Guaymas, donde fueron fusilados el 25 de septiembre de 1866.

La Nación Yaqui en pie de guerra

El período que comprende de 1875 a 1878 marcó una época que los yaquis tienen en buen recuerdo, ya que fue la etapa inicial de la jefatura de Cajeme en toda la región del Yaquimi. En un principio, el Gobernador Pesqueira había dispuesto que Cajeme se hiciera cargo solamente de los poblados más conflictivos: Huíviris, Rahum, Potam, Torim y Cocorit. Toda la zona aledaña a la Sierra del Bacatete. Pero el jefe yaqui no estaba contento con eso. Aprovechando los recientes problemas que enfrentaba el estado de Sonora, bastante ocupado en la reconstrucción de Hermosillo, Ures, Álamos y las rutas de carretera que habían sido devastadas por la guerra, Cajeme comenzó a visitar los diferentes poblados y colonias externas de yaquis que se encontraban fuera de su jurisdicción. También frecuentó las aldeas de mayos, ópatas y pimas de los alrededores. En noviembre de 1874 visitó al viejo Luis Tánori en El Vergel para reforzar una alianza con su pueblo y en febrero del año siguiente estuvo en las fiestas de La Pascua con los mayos en El Ronco, cerca de Navojoa.

En esta época se dió también la primera vez que los yaquis contaron con algo parecido a una constitución. Cajeme convocó, en junio de 1875, una Junta Nacional de los Yaquis en Torim, donde asistieron la mayoría de los jefes yaquis. Estos jefes habían sido títeres dictados por el gobierno federal después de que seis de ellos fueran fusilados en 1866 junto con José Barquín y los conservadores. Pesqueira, de nuevo en el poder, depuso a los gobernadores yaquis y nombró a otros más adictos a la república. Pero la adicción de los yaquis a cualquier facción que no fuera la suya propia siempre fue efímera. En esta asamblea Cajeme los exhortó a la resistencia y a la adaptación. Pesqueira esperaba que Cajeme les enseñara la sumisión y la asimilación, pero ningún yaqui estaría dispuesto a eso.

Cajeme nombró un consejo, a manera de estado mayor, que presidiera la reestructuración de la nueva Nación Yaqui. Los consejeros tendrían poderes extraordinarios en cada pueblo, con responsabilidades y obligaciones que incluían la designación de magistrados, dictamen de leyes, acaparamiento de terrenos baldíos y entrenamiento militar. Pasarían a convertirse en el poder detrás de cada jefe y solamente le reportarían sus actividades al Alcalde Mayor Cajeme. Por supuesto, el gobierno sonorense no se tomó muy bien el comportamiento del caudillo, por lo que pidieron prontamente la intervención de la federación. Sin embargo, la nación estaba muy maltratada tras la guerra contra Napoléon III; de momento cualquier ayuda para los sonorenses sólo era simbólica. Cajeme recibía con bastante alegría los mensajes en los que se mencionaba que, a menos que los yaquis se levantaran en armas, el gobierno federal no se entrometería. De modo que los yaquis disfrutaron de un largo período de tranquilidad en los que pudieron crecer económica, social y militarmente, evitando todo enfrentamiento político o armado con el gobierno sonorense. El gobierno, por su parte, dejaba ser a la Nación Yaqui con tal de que no se sublevaran.

Cajeme comisionó a Esteban Saqueripa, yaqui de Cocorit, para invitar a sacerdotes de los lejanos estados de Querétaro y Nuevo Léon para reinsertar la educación cristiana en el Valle del Yaqui. Sabía de antemano que la educación era fundamental para tener una sociedad preparada, pero lo que más anhelaba era la unión de los yaquis por medio de su fe cristiana, ya que había sido la única fórmula que había logrado involucrar a todas las tribus a nivel nacional. A su vez, se dejaron de pagar impuestos por uso de caminos y postas, agua potable y bestias de carga. Comenzaron a hacer asociaciones para la construcción de carretas, sistemas hidráulicos y herramientas de labranza. El primer paso era dejar de depender del yori y el segundo era buscar la sustentabilidad. En un lapso de tres años, Cajeme había conseguido llevar agua del Río Yaqui a zonas alejadas 20 o 30 km. En cuanto a lo militar, los yaquis mantuvieron constante comunicación con otros integrantes de sus tribus que trabajaban en haciendas, ferrocarriles o servicios de correos, y de esa manera podían introducir armas de contrabando. Se importaban por Nogales, Agua Prieta y Naco, fusiles, revólveres y munición. No hacía mucho que el vecino del norte había salido de la Guerra Civil y las armas, que antes se acaparaban en el frente, ahora buscaban un escape fuera de los Estados Unidos. Pronto, los yaquis adquirieron verdaderos arsenales de fusiles Spencer, rifles Baker y hasta algunos Springfield, así como armas cortas Colt y Remington, aunque siendo menos predominantes. Cajeme tenía un registro y control sobre la propiedad que se daba a las armas regulando su existencia en las divisiones de los distintos poblados. Torim y Huíviris eran los pueblos mejor armados, contando sus elementos entre 1.500 y 1.700 fusiles Spencer y Springfield.

El adiestramiento militar comenzó a mediados de 1878, primero en Torim y después extendiéndose en los otros poblados. Cajeme vigilaba estrechamente la instrucción por medio de los consejeros. Para ello, dividió la zona en tres partes: en el Norte quedaban incluidos los poblados de las tribus de Belem, Cají y Pessio, en el Sudeste, los alrededores de Cocorit, Vicam, Torim y Bacum, y en Las Marismas, los Guayma, Raahum, Potam y Huíviris. Era ésta una división muy similar a la mantenida por las tropas federales en el estado de Sonora, y dejaba entrever que se preparaba para contrarrestar los efectos de cualquier represalia que los sonorenses quisieran tomar contra ellos. Asímismo, las rutas de la serranía, del Batachive y de las Guasimas fueron preparadas en caso de que se tuvieran que hacer marchas urgentes en socorro de los compatriotas.

Al informarse de esto, el prefecto militar y gobernador de Sonora Luis Emeterio Torres, comenzó a tomar cartas en el asunto. Designó a Guillermo Carbó y a García Morales para dar escarmiento a los yaquis en el norte y en el sur. A su vez, mandó llamar a Cajeme para rendir declaraciones en el Palacio de Gobierno y le ordenó que entregara todas las armas de que dispusiera. El caudillo, conciente de que un enfrentamiento contra tropas preparadas a esas alturas sería una locura, entregó una cifra de armas razonable para el gobernador, mas no una importante cantidad de ellas. Mientras Cajeme dialogaba con el general, daba órdenes a los negociadores de seguir con la compra de parque y a los consejeros de continuar con el adiestramiento y la preparación de la resistencia. Torres, sintiendo que Cajeme le jugaría una mala pasada, lo apresó y lo destituyó del mando de los yaquis en 1879, prometiéndole la libertad si los yaquis permitían reinstalar las plazas militares en la serranía. Pero mientras el yaqui aceptaba, los guerrilleros daban batalla a García Morales en el Bacatete, prohibiéndole el acceso. Y por fin, a mediados del mismo año, el jefe yaqui se vió aliviado por la insurrección de Carlos Ortiz, que permitió aligerar la represión contra los yaquis y su persona y, sobornando a sus captores, huyó al Bacatete, haciéndose con una gavilla de hombres bien entrenados y armados, desde donde dirigiría sus operaciones.

Tan pronto como el levantamiento breve de Ortiz fue aplacado, ya no se dispuso el mando militar para Luis Torres, sino para un personaje mucho más enérgico y sanguinario: el General Bernardo Reyes, quien sería muy conocido en los próximos años como el militar de confianza de Porfirio Díaz. Bernardo Reyes no venía a Sonora a jugar, y sus primeras medidas fueron despiadadas. Los yaquis de Belem, que hasta entonces se habían mostrado los más cooperativos con los habitantes de Hermosillo y Arizpe, fueron despojados sistemáticamente de tierras de siembra, bestias de carga y mantos acuíferos. Si querían sembrar, cargar o abastecerse de agua, tenían que pagar renta. Y si se encontraba algún yaqui en posesión de un arma, podía ser ejecutado en el acto. Era el premio por aliarse con el yori y la primer estrategia para suavizar a Cajeme que, no obstante, resultó infructuosa. Los primeros tiros sonaron en la costa y, a finales de 1882, la zona ardía hasta las montañas de la Sierra Madre. Los yaquis comenzaron a irse a los montes y los caminos, saqueando y asesinando en pequeñas bandas que se perdían en los cerros. El bandolerismo se acentuaba, se hacía más frecuente y más crudo. Los intereses extranjeros peligraban enormemente y los nacionales se veían afectados con la reseción de las inversiones. Ya era hora de que el gobierno federal pusiera orden, y la desición correspondía a Bernardo Reyes. En diciembre de 1883 tomó como prisioneros a la familia de Cajeme, en Torim, con el objetivo de presionar al caudillo para abandonar la lucha. Pero el plan no funcionó; lejos de calmarse, la furia de Cajeme estalló con un llamamiento a las armas en todo el estado. Pero esta vez no fue una lucha de pueblos aislados, sino un levantamiento general de todas las tribus, uniéndoseles también los ópatas y los mayos. Se trataba de la mayor amenaza que afrontaría el estado de Sonora en toda su existencia. Las piezas comenzaban a moverse, y esta vez, los yaquis contaban con vaticinios favorables para su victoria.

Fuentes

Vachiam Eecha, Cuaderno of Yoeme people.

Francisco del Paso Troncoso, Las guerras contra las tribus yaqui y mayo del estado de Sonora.

Federico García y Alva, Sonora Histórico.

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6 respuestas a La Guerra del Yaqui: 1833 – 1884

  1. El Voltígero dice:

    Ojalá y cuelgues pronto este post en MxArmedForces, ya ando en WordPress,en estos días estaré subiendo varias entradas de historia, las vacaciones dejan mucho tiempo libre jejeje.

    Saludos cordiales Giliathluin. Paz!

  2. ricm85 dice:

    Muy buen artículo sobre esta tribu tan valerosa, creo que deberías mencionar el trato que recibieron en la época Porfiriana, de los abusos que fueron cometidos en su contra.

    Nos vemos y suerte.

    • giliathluin dice:

      ¡Muchas gracias, Ricky!

      Lo que pasa es que vamos por partes. Ya vendrá la historia de la época en que los yaquis tuvieron que soportar la ira del viejo dictador -la más nefasta para ellos, en mi opinión.

      Saludos.

      • ricm85 dice:

        Ok, entonces estaré al tanto de las actualizaciones, por cierto te felicito por los interesantes artículos que has subido.

  3. giliathluin dice:

    Por cierto, había olvidado mencionar una de las principales medidas llevadas a cabo por Cajeme y que el gobierno mexicano se tomó más a mal: la prohibición a los yaquis de emborracharse so pena de muerte.

    ¿Por qué hizo enojar al gobierno? Fácil; un yaqui idiotizado con el alcohol era más fácil de controlar que uno lúcido y despejado.

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