El país que quería ser revolucionario (2)

mayo 20, 2012

Cárdenas y la política del pueblo

Durante la época conocida como El Maximato, los sindicatos en México fueron duramente reprimidos, el reparto agrario fue suspendido y las inversiones extranjeras asolaban al país consumiendo sus recursos y explotando a sus habitantes de una forma descarada y sin dejar apenas beneficios para México. La mano férrea de Plutarco Elías Calles y sus prácticas oligárquicas habían estancado la política perseguida durante la Revolución; lo cierto era que, quitando ciertos avances en infraestructura urbana que se habían alcanzado en los últimos 14 años, los aspectos socioeconómicos del país no habían cambiado en lo más mínimo. Los científicos seguían gobernando el país, la clase gobernante estaba compuesta por antiguos hacendados del norte, los campesinos no tenían tierras, los obreros no tenían representación o era prácticamente nula, la autogestión de los estados no era respetada y el sufragio estaba manipulado por el presidente o la figura que mandaba detrás de él.

Presidente Lázaro Cárdenas del Río

Muy tempranamente, Lázaro Cárdenas se convirtió en el hombre de confianza de Calles, siendo considerado como sucesor para un nuevo ciclo presidencial. Pero la influencia de Cárdenas era muy fuerte dentro del ejército, siendo su principal velador y brazo político. Calles tenía demasiada influencia en las clases oligarcas, en el PNR y en los medios de comunicación, por lo que la sola influencia de Cárdenas no era lo suficientemente fuerte como para contrarrestar sus intromisiones una vez se convirtiera en presidente. Así que, muy inteligentemente, no atacó a los presidentes designados por Calles, sino que esperó a ser designado él mismo. Luego, por ser su naturaleza más conciliadora que represiva, sembró un clima para la inclusión de todos los sectores populares dentro del nuevo gobierno. Los partidos políticos fueron reformulados, dando cabida a los sindicatos obreros, a los campesinos, a los industriales y, por más increíble que pareciera, a la Iglesia Católica. Una vez conseguido el apoyo popular, acosó directamente a Plutarco Elías Calles, El Máximo Jefe, como se le conocía aún en esa época; solamente le dejó una salida: que se fuera del país o que se atuviera a las consecuencias. La amenaza de Cárdenas era demasiado grande para no ser tomada en serio y Calles tenía mucho que perder. Así concluyó el período conocido en México como El Maximato e inició el Cardenismo.

Las pautas seguidas en adelante por el gobierno mexicano fueron marcadas, durante décadas, por la deuda política para con los sectores que apoyaron a la causa de Lázaro Cárdenas; le dieron el poder para quitar a las oligarquías del gobierno, por lo que demandaban privilegios especiales para ponerse por encima de los demás sectores. Esto era una situación bastante problemática, debido a que los intereses de los beneficiarios, en varias ocasiones, chocaban y la mayoría de las veces de forma violenta.

La prioridad del gobierno de Lázaro Cárdenas era restaurar el orden en el país, orden que no se había establecido desde 1810, en los inicios de la Guerra de Independencia. Para ello, el presidente, aún la autoridad máxima en un país acostumbrado a ser mandado por una sola persona, debía cumplir con las exigencias de los diferentes sectores populares.

Estandarte de los CristerosEl clero, por ejemplo, exigía la reposición de sus bienes y el permiso para impartir una educación católica libre, así como el cese de hostilidades que desde hacía varios años se fraguaba en la llamada Guerra Cristera o de los Cristeros. Estados de mayoría religiosa, como Michoacán (estado natal de Cárdenas), Jalisco y San Luis Potosí, respaldaban las exigencias de la iglesia católica mexicana, objetando que no abandonarían las armas hasta que los maestros laicos abandonaran sus escuelas.

Estas exigencias estaban en contra de los intereses representados por los industriales, quienes exigían mano de obra bien calificada y, según ellos, el dogmatismo religioso era una traba de acuerdo con los modernos estándares europeos. Estos, además, pedían la salida de las empresas monopolísticas extranjeras, la apertura de los mercados agrícolas y ganaderos, que seguían en exclusividad de unos pocos propietarios mexicanos, de la producción petrolera y de los servicios comunitarios de energía eléctrica. También demandaban la posibilidad de participar en los mercados de exportación y de una protección del gobierno contra los productos de importación, así como las aperturas a los canales de comercio, dominados entonces por las redes ferroviarias estadounidenses.

Las peticiones de los campesinos eran ya un tema trillado: el reparto agrario efectivo, la construcción de un modelo ejidatario de administración de la tierra, derechos de propiedad sobre el ejido y libertad de explotación del subsuelo. También demandaban la creación de organismos dedicados a vigilar los conflictos concernientes a la Reforma Agraria y la desaparición de los últimos baldíos protegidos por las guardias blancas. Las fuerzas armadas, principal respaldo de Cárdenas en un principio, al sentirse superadas por los sectores populares, crearon recelo y comenzaron a dotar de apoyo incondicional a Manuel Ávila Camacho. Para tranquilizarlos, el presidente les concedió crédito privado, seguro de vida, agrupaciones vigilantes y designó como Secretario de Guerra a Ávila Camacho.

Campesinos en busca de jornadasDe esa manera, el gobierno cardenista fue el primero en consolidar su base de poder con todas las facciones de la vida cotidiana en México: la iniciativa privada, el proletariado, el campesinado, el ejército y el clero. Pero, ¿era coherente el antiguo modelo de gobierno con las medidas llevadas a cabo para sacar del poder a los viejos oligarcas? Como se podrá deducir de la historia inmediata del país, no había coherencia en tales reformas. El modelo de nación siempre había sido típicamente capitalista, y las nuevas exigencias de los sectores populares se veían contrariadas con un gobierno que alentara a su explotación desmedida. El gobierno mexicano, bajo el auspicio de Lázaro Cárdenas, fue víctima de una metamorfosis que no fue vista con tiempo. Las nuevas épocas demandaban otro tipo de atenciones del gobierno: la sociedad se volvía cada vez más socialista. Ante las nuevas medidas de Cárdenas, los países capitalistas occidentales cerraban puertas al naciente régimen y las empresas transnacionales se ponían a la defensiva. Era tiempo, entonces, de voltear a ver otros escenarios, otros panoramas. Occidente mostraba la espalda a México, mientras que el marxismo y los países socialistas abrían sus brazos a la par.

La lucha sindical contra las petroleras

En 1917, a los pocos meses de haber sido promulgada la Constitución del 5 de Febrero, los trabajadores de la Huasteca Petroleum Company, alentados por el artículo 123, se declararon en huelga y suspendieron todas las labores durante casi un mes completo. Las medidas contra este movimiento fueron particularmente represivas, pero aún peor fueron las represiones emprendidas contra las huelgas subsecuentes, como las de 1919 en la Waters-Price Oil Company y la Tamiahua Petroleum Company, en las que se utilizó al ejército federal para sofocarlas.

Si bien no se han descubierto pruebas que lo aseguren, en la época se corrieron rumores sobre la presencia de agitadores durante las primeras huelgas en las petroleras del Golfo de México. No sería nada raro, en caso de ser cierto ya que, desde los primeros años de la revolución, ideólogos anarquistas como Enrique Bermudez y Esteban Baca Calderón mantenían relaciones con pensadores rusos exiliados del imperio zarista y que se habían instalado en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Los mismos Flores Magón, a pesar de no haber declarado nunca amistades con políticos o filósofos rusos, reflejaban una obvia influencia de los pensadores anarquistas rusos y franceses en sus manifiestos. El Partido Liberal Mexicano, a través de personajes secundarios, se sirvió mucho del marxismo importado desde Europa para proclamar su plan de nación plasmado en Regeneración, el diario libertario en que los hermanos activistas declaraban sus ideas a los clubes liberales mexicanos y estadounidenses.

Pero cierto o no, la presencia bolchevique se fue haciendo cada vez más latente. Después de la Revolución de Octubre en Rusia, la prioridad de los comunistas era contrarrestar la influencia del mercantilismo amenazante. Estados Unidos e Inglaterra habían probado ser enemigos declarados del nuevo régimen, por lo que no debería darse cuartel ni en el terreno ideológico. Así como el atraer a Francia y Alemania se volvió una prioridad inmediata, el sembrar la semilla del socialismo en América Latina se convertiría en una fuerte baza contra la amenaza de Estados Unidos. Y el ensueño de sembrar el socialismo en México, justo en el patio trasero de Estados Unidos, se convertía en una realidad con las pretensiones de los diferentes sectores populares de participar en el gobierno. Más que claro era que el nuevo panorama mexicano estaba bastante dispuesto para abrazar al socialismo.

Las Siete Hermanas

La situación era clara y lógica: Cárdenas estaba más dispuesto a apoyar incondicionalmente al pueblo antes que a los grandes capitalistas. Prueba de ello eran las constantes querellas que los sindicatos emprendían contra las transnacionales y el aumento de impuestos que antes eran inexistentes. La intolerancia de Cárdenas para con las firmas extranjeras también era prueba manifiesta de una inconformidad y una traición del gobierno mexicano. Ante esta situación, países como Estados Unidos, Inglaterra y Holanda, representantes de grandes consorcios petroleros y mineros, comenzaban a conspirar por lo bajo contra el nuevo gobierno mediante las presiones ejercidas por el Cartel de las Siete Hermanas. Esta situación se vivía desde el gobierno de Carranza, pero se había aligerado bastante durante las gestiones de Obregón y Calles. Pero si ahora los países imperialistas saboteaban los esfuerzos del presidente mexicano por alcanzar una madurez y autodeterminación del pueblo, ¿qué otra salida quedaba para que México se sacudiera el yugo explotador del modelo occidental?

(Continúa)

Fuentes

Benítez, Fernando. Lázaro Cárdenas y la Revolución Mexicana. México, 1994.

Delgado Martín, Jaime. México: los caudillismos de Calles y Cárdenas. México. 1992.

Borja, Rodrigo. La Jornada. Dos mil años de chapopote. 18 de marzo de 2008.

Topete Lara, Hilario. Los Flores Magón y su circunstancia. 2005. Contribuciones desde Coatepec, Revista no. 008.

Sampson, Anthony. Las Siete Hermanas: Las Grandes Compañías Petroleras y el Mundo Que Cambiaron. New York, Viking Press, 1975.


El país que quería ser revolucionario (1)

abril 26, 2012

«La influencia del socialismo ruso en México durante la época pos revolucionaria y el régimen cardenista»

Revolución y “revolución”

En la Historia de México suele usarse mucho un sustantivo como punto de partida de cambios significativos en el devenir de nuestra nación y el forjamiento de nuestra identidad: se usa demasiado la palabra Revolución. Al hablar de la Revolución de 1910, se hace un parte aguas entre el México retrógrado y el México moderno. Sin embargo, nunca hemos estado ni cerca de comprender qué significa la palabra revolución, mucho menos el sustantivo con el que tanto nos gusta definir a la frontera histórica del avance y el progreso en nuestro país, así como tampoco conocemos sus raíces.

La Libertad guiando al puebloLa palabra revolución tiene un significado, mas el sustantivo Revolución tiene propósito, y en nuestra nación, uno muy especial. La palabra procede de siglos atrás, cuando los filósofos e historiadores comenzaron a conjeturar ideas sobre los cambios radicales y violentos que a cada cierto período de tiempo se suscitaban. Así, denominaron revolución a aquellos cambios que desmantelaban el orden establecido en un núcleo social para imponer un nuevo orden surgido de nuevas necesidades y nuevos grupos de interés. En cambio, el sustantivo posee un origen mucho más moderno, concebido cuando la nueva gama de caudillos del siglo XX, caudillos populares, tuvieron la necesidad de encausar al pueblo en un único conjunto de ideas que los representara y uniera en una mezcla homogénea.

De esa manera, Revolución se convirtió en un sustantivo que señalaba el fin de un proceso histórico y el principio de otro. El término fue utilizado por casi todos los caudillos del siglo pasado que no tenían un origen aristocrático con el cual fundamentar sus directrices, por lo que terminaron acuñando la máxima de la propia representación del pueblo, su orgullo, su innegabilidad y su futuro: le llamaron Revolución y la convirtieron en una doctrina intachable e irrevocable.

El proceso histórico denominado Revolución fue proclamado en lugares tan alejados unos de otros, como China y Cuba, y tan separados en el tiempo, como Rusia y Senegal. La utilizaron personajes absolutos como Marx y Rosseau, hombres admirados como “Ché” Guevara, y mandatarios implacables como Stalin y Trujillo. Y pronto se convirtió en el estandarte de la lucha de los caudillos populares contra las élites aristocráticas. ¿Qué tanto contribuyó la verdadera participación del pueblo en estas modificaciones del statu quo? Eso es algo que puede ser sujeto a debate, mas no quisiera perder este estudio en discusiones kilométricas.

El triunfo de la Revolución CubanaPues bien, tan pronto como comenzó a adoptarse este término para denominar a dichos cambios sociales, culturales o económicos, surgió un nuevo orden social a lo largo y ancho del mundo: las sociedades revolucionarias. México no fue la excepción. Desde una etapa temprana, se hicieron notar personajes como Ponciano Arriaga y Melchor Ocampo, quienes promovían ideas exportadas del liberalismo francés, y más tarde, los Hermanos Flores Magón y Enrique Bermudez, quienes simpatizaban con la radicalización propia del anarquismo ruso. Y fueron, precisamente, las exigencias y las enseñanzas de estos primeros pensadores disidentes las que sembraron la semilla en México para el surgimiento de una sociedad revolucionaria.

La aventura socialista

En nuestro país, recordamos constantemente nuestro pasado revolucionario. Lo llevamos en la sangre, en el orgullo, en el sentimiento, en los festejos, en los actos sociales, en los días de descanso; pero negamos tajantemente una porción de ese mismo pasado revolucionario. Hemos aprendido que personajes como los Hermanos Flores Magón o Francisco I. Madero iniciaron las manifestaciones antes de 1910 contra el gobierno dictatorial de Porfirio Díaz. Pero no nos muestran la versión completa de los hechos: aquella en la que los clubes liberales reunidos en torno a los personajes antes citados, importaron un conjunto de ideas que habían comenzado a formar el pensamiento revolucionario en Europa.

El marxismo no solo era una moda, sino que se estaba convirtiendo en una alternativa. Los mercantilistas europeos y americanos llamaban a las ideas marxistas utopía, mientras que los sindicatos se reunían en torno a sus pautas socialistas. El marxismo reprobaba la dictadura de la aristocracia y la monarquía, los controles burgueses contra la comunidad y el proletariado, y la explotación de las masas. Y, según los marxistas, era suficientemente convincente la erección de una dictadura del proletariado tomando en cuenta la hazaña de la Comuna de París. Anarquistas como Bakunin, Prokotkyn y Blanc, promovían una dictadura directa del proletariado sobre todos los medios, sin representación ni gabinete, mientras que otros mucho más moderados, alentaban la creación de los soviets, centros de gobierno con representación de las comunidades productivas en el régimen socialista.

Anarquistas

Ambas ideas fueron importadas a México desde antes de 1908. A lo largo de la frontera con Estados Unidos, en la etapa final del Porfiriato, los clubes liberales proliferaron cobijados por la lejanía del gobierno federal, la decadencia del antiguo régimen y la cercanía con ciudades que brindaban protección y que estimulaban a la creación de sindicatos de obreros, mineros y campesinos. Fueron importadas de países con una larga tradición de libre pensadores, como Francia y Rusia. En ambos países, ya se habían puesto en marcha ejercicios de gobierno en que el pueblo arrebataba el control de sectores enormes del reino a las élites gobernantes. Jesús, Ricardo y Enrique Flores Magón fueron los primeros de una larga lista de ideólogos y políticos mexicanos que promovieron los principios revolucionarios echando mano de la filosofía marxista. Francisco I. Madero, mucho más moderado, utilizó al marxismo sobre una base superficial, únicamente alentando al pueblo a participar en la democracia y el ejercicio del gobierno comunitario.

En la frontera sur de Estados Unidos, donde los clubes liberales ya tenían una existencia prolongada, se dio cobijo muchas veces a estos ideólogos, protegiéndolos contra los abusos de los gobiernos, tanto del mexicano como del estadounidense. Y la influencia de estos ideólogos, por otra parte, contribuyó a la proliferación de sindicatos en el norte de México. Movimientos como la Huelga de Cananea y la de Río Blanco surgieron gracias a la influencia de grupos sindicales estadounidenses que ponían todo su empeño en sabotear los proyectos de multinacionales casi esclavistas.

Ya iniciado el conflicto bélico de 1910, los movimientos obreros fueron olvidados parcialmente durante casi toda la guerra. El único causal estuvo respaldado por la lucha privada que mantenían los Flores Magón y Pascual Orozco en el norte del país, pero una vez depuesto Victoriano Huerta, sus fuerzas fueron aniquiladas, los Hermanos Magón fueron hechos prisioneros y Pascual Orozco huyó a Estados Unidos. Después de eso, casi toda la lucha de la Revolución tuvo como objetivo primordial el alcanzar el sufragio libre y efectivo y el reparto agrario.

Huelga de Cananea, por David Alfaro Siqueiros

El movimiento obrero fue retomado mucho tiempo después de terminada la Revolución Mexicana, aunque no surgió específicamente de las fuerzas obreras, sino de los esfuerzos de uno de los generales triunfadores del conflicto. Lázaro Cárdenas del Río se trata, tal vez, del presidente mexicano más alabado de cuantos han manejado el poder en nuestra nación. Sin embargo, y aunque nos gusta recordar con amor y exaltación patriótica la figura de quien nos dio las primeras organizaciones de desarrollo e infraestructura nacionales, tenemos la costumbre de aborrecer a los principios marxistas impresos y puestos en marcha durante su mandato.

(Continua)

Fuentes

Arendt, Hannah. Sobre la revolución. Revista de Occidente, Alianza Editorial. USA. 1967.

Garibaldi, Esteban. Marxismo y utopía. Nodo 50, Contrainformación en red.

Topete Lara, Hilario. Los Flores Magón y su circunstancia. 2005. Contribuciones desde Coatepec, Revista no. 008.

Rodríguez, Abelardo. Morir matando. ITSON, Hermosillo, Sonora. 2007.


La Guerra del Yaqui: 1833 – 1884

julio 6, 2010

La identidad de una nación enemistada

La captura y muerte de Juan Bandera no trajo muchos cambios al conflicto entre yaquis y yoris, salvo por la notoria separación que sufría la nación. El gobierno federal mexicano bombardeaba con propaganda a las diferentes tribus de la etnia, acogiendo a algunas para que prestaran servicios en las haciendas mexicanas y marginando a otras, quitándoles tierras y parcelas de siembra, echando abajo sus casas y hostigándolos sin tregua alguna. Los yaquis, siempre dispuestos a seguir a cualquier caudillo a falta de misioneros jesuitas a los cuales tomar ejemplo, se acomodaron en base a los intereses de sus jefes locales.

Los yaquis del sur, de las tribus de Vicam, Cocorit, Potam y Torim fueron desplazados y despojados sistemáticamente de tierras de labranza que anteriormente habían sido reconocidas por el propio gobierno. Por otro lado, los yaquis del norte se convertían en acreedores -una idea vana pero acreedores a fin de cuentas -al ser compradas sus tierras por cantidades tan ridículas como diez reales republicanos o cinco libras de plata. A su vez, eran debidamente presionados o convencidos de que sus agrestes tierras nunca serían lo suficientemente productivas como para que fuesen rentables. En vez de su posesión, se optaba por venderlas a los norteamericanos, españoles, franceses y alemanes que se iban instalando en la zona, ya que estos contaban con la maquinaria necesaria para convertir las tierras duras y áridas de Belem en paraísos frutales y plantaciones enormes de hortalizas. Los yaquis del norte pronto vivieron un período de sedentarización, agregándose al entorno laboral del estado de Sonora -que años antes se había separado de Sinaloa -como trabajadores de plantaciones, servidumbre en las haciendas, arrieros de ganado, ayudantes de comercio, abarroteros, muleros y correos. Los pobladores de Raahum vivieron un fenómeno similar al estar su poblado muy cercano al moderno puerto de Guaymas, enclavado en el suroeste del estado.

El México independiente pintaba demasiados entornos para las tribus yaquis, excepto la prometida independencia que habían alabado los Insurgentes de la lucha armada que recién terminaba. Estaba claro que dicha independencia sólo la verían algunos sectores del país, pues en el norte de la nueva nación la colonización aún se hacía sentir y en la región del Yaquimi era quizás más dura que antes. Anteriormente, los jesuitas habían jugado el papel de padrinos contra los intereses de la federación. Pero de 1830 a 1840, con los misioneros expulsados, los yaquis jugaban solos y con todo en su contra. Una industrializada Álamos y la recién colonizada comunidad de Navojoa les separaba de sus aliados ancestrales en el sur, los mayos. Y por el norte, las tácticas del gobierno federal para la eliminación de su identidad surtían muy buen efecto haciendo cundir las diferencias tribales. Aunado a esto, la represión del prefecto militar en la zona, el General Juan Urrea, era un constante recordatorio de que en el México recién nacido no se tolerarían las defensas legítimas de los pueblos indígenas.

«El que no se detiene a beber»

A principios de la década de 1850, el estado de Sonora era un hervidero de sentimientos encontrados debido a que la mayoría de los colonos eran extranjeros. La experiencia vivida en los estados de Texas, California y Nuevo México inspiraba a otros colonizadores del norte de México a buscar su emancipación del fácilmente corruptible gobierno mexicano. En ese entonces, México se encontraba sumido en guerras civiles interminables, nacidas de la lucha entre el clero y la república, y las diferencias ideológicas de los conservadores y los liberales. Los estados del norte estaban bastante descuidados y las juntas extranjeras que clamaban por una república sonorense independiente tuvieron una importante acogida entre un puñado de librepensadores franceses y alemanes, entre otros.

Los belicosos yaquis siempre fueron aliados de cualquier bando que les prometiera ir contra sus enemigos. Se habían aliado contra los insurgentes en la Guerra de Independencia, en favor de los intereses de la corona. Ahora que sus tierras eran amenazadas por el desbordamiento de las fronteras, se aliaban con los republicanos y federales en contra de la expansión de los terratenientes europeos y sus cada vez más descarados abusos. Los primeros en entrar en abierta alianza con los yoris fueron los yaquis de Huíviris, Potam y Vicam, quienes eran dirigidos por Mateo Barquín, un jefe indígena que se había educado con los jesuitas y había trabajado en las haciendas de Hermosillo.

En julio de 1854, una intentona separatista dirigida por franceses y alemanes trató de tomar el gobierno del estado de Sonora, atacando primeramente al puerto de Guaymas. El veterano de las guerras de Independencia, de Los Pasteles y de la Intervención Norteamericana, José María Yáñez, a la sazón gobernador de Sonora, hizo frente al intento de derrocamiento convocando una fuerza militar de alrededor de 300 soldados regulares y más de 100 irregulares. Entre la tropa regular, el destacamento más numeroso era el Regimiento Urbanos, entre cuyas filas se encontraban indígenas locales enviados por Mateo Barquín; uno de ellos era José María Leyva, quien estaría destinado a convertirse en el caudillo más grande de todos los yaquis. Así fue como inició su vida militar José María Leyva: a los 16 años de edad combatiendo contra las pretenciones coloniales extranjeras en una época en que casi todas las potencias mundiales querían un pedazo de México.

Sobre la infancia y juventud de José María Leyva, no es mucho lo que se conoce. Después de concluir su educación en Guaymas se fue a vivir a Tepic, Nayarit, donde fue reclutado por la leva en el Batallón de San Blas, que defendía a la Restauración. Mas no alcanzaría a ver mucha acción con el batallón sureño, pues desertó a los pocos meses para regresarse a Sinaloa, donde entró a trabajar como minero para esconderse de las autoridades. Poco tiempo después, en 1860, se incorporó en el Cuerpo de Caballería Rural de Los Altos desde donde organizarían, bajo las órdenes del Gobernador Ignacio Pesqueira, las acciones de hostigamiento y represión contra los pimas y ópatas que causaban bandolerismo en los caminos de la serranía. Es en esta unidad de caballería, sirviendo con el Coronel Remigio Rivera, donde aprendería las técnicas de caballería, guerrillas y atrincheramiento que habría de utilizar en un futuro no muy distante contra el ejército al cual servía.

Durante un considerable período de servicio en las filas republicanas, José María Leyva llevó a cabo varias acciones, entre las que destacan las defensas del estado de Sonora contra Igunazo, luego contra Conant Maldonado y, posteriormente, las expediciones contra el ópata Luis Tánori y sus aliados pápagos y mayos, en un peligroso levantamiento indígena que comprometía la seguridad del gobierno ya enfrascado en las interminables guerras civiles y tratando de pacificar tanto el propio como los territorios vecinos. Destacando entre las filas federales, Leyva es ascendido a Capitán, encabezando él mismo su propia unidad de caballería con acciones en todo el sur de Sonora. Como dirigente de tropa, José María Leyva era hombre enérgico, infatigable e inquieto. Daba órdenes muy tajantemente y era tremendamente rencoroso contra la indisciplina. Apreciaba la lealtad y la determinación y delegaba responsabilidades importantes en alguien en quien pensara como un hombre con arrestos. Poseía la ferocidad de un animal salvaje pero al mismo tiempo hacía gala de nobleza y cordialidad. Era la representación viva del carácter fuerte del ranchero y la astucia del indígena yaqui. Por su determinación y su arrojo en las actividades bélicas sus hombres le confirieron el apodo de “Kahe’eme (Cajeme)”: «El que no se detiene ni para beber agua».

Después de catorce años de servicio en la caballería, en los que se sucedieron acontecimientos notables en el panorama mexicano -las Intervenciones Francesas, los diferentes golpes de estado conservaduristas, las aventuras temerarias de los agitadores, la derrota de los apaches y ópatas en Arivaipa -José María Leyva fue licenciado y se le permitió regresar a Torim con el beneplácito del Gobernador Pesqueira. Por su impecable servicio fue nombrado Alcalde Mayor de todos los pueblos yaquis. Los jefes de las diferentes tribus tenían que rendirle cuentas a él, el hombre de confianza de Pesqueira en la zona, además de habérsele comisionado la pacificación de los yaquis en el Bacatete. Pero «el Indio Cajeme» tenía la mirada puesta en otros horizontes. Ahora que le era permitido regresar a su país, y con conocimientos suficientes para hacer de las dispersas tribus yaquis un conglomerado fuerte, estaba decidido a terminar de una vez por todas con las injusticias contra su pueblo. Ya había actuado mucho tiempo de manzo cordero; ahora le tocaba actuar como lobo feroz.

Los yaquis al servicio del Imperio Mexicano

Es necesario hacer un paréntesis en esta parte de la historia, pues si bien algunos yaquis se postularon de parte de los republicanos en sus constantes luchas contra el conservadurismo, una mayoría considerable se puso de parte de los servicios del Imperio durante la Intervención Francesa, en 1865. Surgido en las ciudades de Ures y Hermosillo, el movimiento pro imperialista tuvo un gran apoyo vital de las clases pudientes que no estaban coligadas con la política. José María “el Chato” Almada atrajo a su causa a comerciantes, mineros, obreros e indígenas con la promesa de beneficios comerciales, para unos, y el respeto a los derechos eclesiásticos, para otros. Los yaquis, bastante sensibles a la palabra de Dios, tomaron las armas por el partido que encabezaba el Prefecto Imperial en Sonora.

Haciéndose fuertes en Vicam, marcharon bajo las órdenes de José Barquín, hijo de Mateo Barquín, y tomaron los poblados de Ures y La Pasión. Ahí se les unieron los mayos, que se habían levantado antes, tomando Álamos y poniendo en apuros a la guarnición de Navojoa. La situación era precaria para el gobierno republicano, que sufría varias derrotas en todos los puntos defensivos. En cuestión de tres meses, los mexicanos habían perdido varias poblaciones importantes; Magdalena en marzo, Altar y Sahuaripa en mayo y Moctezuma en junio. De ahí les siguió Arizpe, que tomaron Refugio Tánori y Antonio Terán y Barrios con una fuerza combinada de ópatas, pimas y realistas, reforzados por el 7° Regimiento de Cazadores de África. Ante el desastre inminente, Ignacio Pesqueira abandonó el país por Arizona, dejando las defensas a cargo de Jesús García Morales.

Al haberse debilitado la lucha republicana en Sonora, que caía inevitablemente en las manos de los imperialistas -los liberales sólo conservaban el control en Hermosillo, Guaymas y Navojoa -el General Ramón Corona, prefecto militar de Sinaloa, envió a Antonio Rosales -quien ya había derrotado brillantemente a los invasores en San Pedro -y a Ángel Martínez para el apoyo de la lucha contra los franceses y sus aliados. Ángel Martínez partió con 1.500 hombres desde Ahome, embarcándose en septiembre y llegando a Hermosillo en octubre. Antonio Rosales lo hizo desde El Fuerte con el objetivo de recuperar Álamos y aliviar la presión sobre Navojoa. Marchó sobre Estación Castro y Asunción, dispersando a los yaquis y mayos a su paso, y les derrotó en la Batalla del Salitral. Tomó Álamos el 18 de septiembre solo para que, cinco días después, el 23 de septiembre, perdiera la vida defendiendo la ciudad contra los yaquis.

Sin embargo, la lucha dirigida por Ángel Martínez gozó de más fortuna. A principios de 1866, el Imperio perdía apoyo y popularidad. Maximiliano se había declarado liberal y los conservadores le daban la espalda. Los franceses se retiraban debido a sus derrotas en la Guerra franco-prusiana. Y gracias a tales situaciones, los republicanos cobraban valor y adquirían nuevos bríos. García Morales recuperaría Arizpe a finales de 1865, arrebatándosela a Terán y Barrios y haciéndolo prisionero, aunque sería derrotado en Nácori Grande en enero de 1866 por Refugio Tánori. Ángel Martínez, por su parte, barrería con toda la resistencia indígena por medio de una atroz campaña de hostigamiento, obteniendo victorias en Puente Colorado, Movas, Cumpas, Nuri y el Río Mayo, y vengando la muerte del Héroe de San Pedro en Álamos aniquilando a las fuerzas de José María Almada. Durante dos meses sostuvo la represión contra los indígenas a los que persiguó hasta Batachive y Quimizte, haciéndoles numerosos muertos.

Pesqueira regresaría a mediados del mismo año y la desgracia haría presencia entre las filas indígenas. Sin el apoyo del Imperio, los yaquis y mayos de José Barquín, los ópatas de Tánori y sus aliados almadistas y gandaristas pronto perderían la ciudad de Hermosillo, que poseyeron durante cuatro meses. Ángel Martínez, Ignacio Pesqueira y Jesús García Morales derrotarían definitivamente a los realistas en la Batalla de Guadalupe, a unos treinta kilómetros de Ures. Ahí se enfrentaron contra un ejército de 3.200 yaquis y mayos y una considerable fuerza realista que contaba con franceses y suavos que habían decidido quedarse a luchar. Casi la mitad de ese ejército quedó muerto o desaparecido, sobreviviendo los jefes José Barquín y Refugio Tánori que huirían junto con otros realistas al Río Yaqui para tomar una barca en Los Médanos y huir a Baja California. Dos meses después, en septiembre, les seguiría Almada, quien haría un último esfuerzo por tomar Álamos y evitar que los sonorenses recibieran refuerzos de Sinaloa. Pero la operación fracazó, y tras su derrota se dió su huida. Cuando los jefes realistas e indígenas atravezaban el Mar de Cortés, el Coronel Salazar Bustamante los interceptó, haciéndolos prisioneros y regresándolos a Guaymas, donde fueron fusilados el 25 de septiembre de 1866.

La Nación Yaqui en pie de guerra

El período que comprende de 1875 a 1878 marcó una época que los yaquis tienen en buen recuerdo, ya que fue la etapa inicial de la jefatura de Cajeme en toda la región del Yaquimi. En un principio, el Gobernador Pesqueira había dispuesto que Cajeme se hiciera cargo solamente de los poblados más conflictivos: Huíviris, Rahum, Potam, Torim y Cocorit. Toda la zona aledaña a la Sierra del Bacatete. Pero el jefe yaqui no estaba contento con eso. Aprovechando los recientes problemas que enfrentaba el estado de Sonora, bastante ocupado en la reconstrucción de Hermosillo, Ures, Álamos y las rutas de carretera que habían sido devastadas por la guerra, Cajeme comenzó a visitar los diferentes poblados y colonias externas de yaquis que se encontraban fuera de su jurisdicción. También frecuentó las aldeas de mayos, ópatas y pimas de los alrededores. En noviembre de 1874 visitó al viejo Luis Tánori en El Vergel para reforzar una alianza con su pueblo y en febrero del año siguiente estuvo en las fiestas de La Pascua con los mayos en El Ronco, cerca de Navojoa.

En esta época se dió también la primera vez que los yaquis contaron con algo parecido a una constitución. Cajeme convocó, en junio de 1875, una Junta Nacional de los Yaquis en Torim, donde asistieron la mayoría de los jefes yaquis. Estos jefes habían sido títeres dictados por el gobierno federal después de que seis de ellos fueran fusilados en 1866 junto con José Barquín y los conservadores. Pesqueira, de nuevo en el poder, depuso a los gobernadores yaquis y nombró a otros más adictos a la república. Pero la adicción de los yaquis a cualquier facción que no fuera la suya propia siempre fue efímera. En esta asamblea Cajeme los exhortó a la resistencia y a la adaptación. Pesqueira esperaba que Cajeme les enseñara la sumisión y la asimilación, pero ningún yaqui estaría dispuesto a eso.

Cajeme nombró un consejo, a manera de estado mayor, que presidiera la reestructuración de la nueva Nación Yaqui. Los consejeros tendrían poderes extraordinarios en cada pueblo, con responsabilidades y obligaciones que incluían la designación de magistrados, dictamen de leyes, acaparamiento de terrenos baldíos y entrenamiento militar. Pasarían a convertirse en el poder detrás de cada jefe y solamente le reportarían sus actividades al Alcalde Mayor Cajeme. Por supuesto, el gobierno sonorense no se tomó muy bien el comportamiento del caudillo, por lo que pidieron prontamente la intervención de la federación. Sin embargo, la nación estaba muy maltratada tras la guerra contra Napoléon III; de momento cualquier ayuda para los sonorenses sólo era simbólica. Cajeme recibía con bastante alegría los mensajes en los que se mencionaba que, a menos que los yaquis se levantaran en armas, el gobierno federal no se entrometería. De modo que los yaquis disfrutaron de un largo período de tranquilidad en los que pudieron crecer económica, social y militarmente, evitando todo enfrentamiento político o armado con el gobierno sonorense. El gobierno, por su parte, dejaba ser a la Nación Yaqui con tal de que no se sublevaran.

Cajeme comisionó a Esteban Saqueripa, yaqui de Cocorit, para invitar a sacerdotes de los lejanos estados de Querétaro y Nuevo Léon para reinsertar la educación cristiana en el Valle del Yaqui. Sabía de antemano que la educación era fundamental para tener una sociedad preparada, pero lo que más anhelaba era la unión de los yaquis por medio de su fe cristiana, ya que había sido la única fórmula que había logrado involucrar a todas las tribus a nivel nacional. A su vez, se dejaron de pagar impuestos por uso de caminos y postas, agua potable y bestias de carga. Comenzaron a hacer asociaciones para la construcción de carretas, sistemas hidráulicos y herramientas de labranza. El primer paso era dejar de depender del yori y el segundo era buscar la sustentabilidad. En un lapso de tres años, Cajeme había conseguido llevar agua del Río Yaqui a zonas alejadas 20 o 30 km. En cuanto a lo militar, los yaquis mantuvieron constante comunicación con otros integrantes de sus tribus que trabajaban en haciendas, ferrocarriles o servicios de correos, y de esa manera podían introducir armas de contrabando. Se importaban por Nogales, Agua Prieta y Naco, fusiles, revólveres y munición. No hacía mucho que el vecino del norte había salido de la Guerra Civil y las armas, que antes se acaparaban en el frente, ahora buscaban un escape fuera de los Estados Unidos. Pronto, los yaquis adquirieron verdaderos arsenales de fusiles Spencer, rifles Baker y hasta algunos Springfield, así como armas cortas Colt y Remington, aunque siendo menos predominantes. Cajeme tenía un registro y control sobre la propiedad que se daba a las armas regulando su existencia en las divisiones de los distintos poblados. Torim y Huíviris eran los pueblos mejor armados, contando sus elementos entre 1.500 y 1.700 fusiles Spencer y Springfield.

El adiestramiento militar comenzó a mediados de 1878, primero en Torim y después extendiéndose en los otros poblados. Cajeme vigilaba estrechamente la instrucción por medio de los consejeros. Para ello, dividió la zona en tres partes: en el Norte quedaban incluidos los poblados de las tribus de Belem, Cají y Pessio, en el Sudeste, los alrededores de Cocorit, Vicam, Torim y Bacum, y en Las Marismas, los Guayma, Raahum, Potam y Huíviris. Era ésta una división muy similar a la mantenida por las tropas federales en el estado de Sonora, y dejaba entrever que se preparaba para contrarrestar los efectos de cualquier represalia que los sonorenses quisieran tomar contra ellos. Asímismo, las rutas de la serranía, del Batachive y de las Guasimas fueron preparadas en caso de que se tuvieran que hacer marchas urgentes en socorro de los compatriotas.

Al informarse de esto, el prefecto militar y gobernador de Sonora Luis Emeterio Torres, comenzó a tomar cartas en el asunto. Designó a Guillermo Carbó y a García Morales para dar escarmiento a los yaquis en el norte y en el sur. A su vez, mandó llamar a Cajeme para rendir declaraciones en el Palacio de Gobierno y le ordenó que entregara todas las armas de que dispusiera. El caudillo, conciente de que un enfrentamiento contra tropas preparadas a esas alturas sería una locura, entregó una cifra de armas razonable para el gobernador, mas no una importante cantidad de ellas. Mientras Cajeme dialogaba con el general, daba órdenes a los negociadores de seguir con la compra de parque y a los consejeros de continuar con el adiestramiento y la preparación de la resistencia. Torres, sintiendo que Cajeme le jugaría una mala pasada, lo apresó y lo destituyó del mando de los yaquis en 1879, prometiéndole la libertad si los yaquis permitían reinstalar las plazas militares en la serranía. Pero mientras el yaqui aceptaba, los guerrilleros daban batalla a García Morales en el Bacatete, prohibiéndole el acceso. Y por fin, a mediados del mismo año, el jefe yaqui se vió aliviado por la insurrección de Carlos Ortiz, que permitió aligerar la represión contra los yaquis y su persona y, sobornando a sus captores, huyó al Bacatete, haciéndose con una gavilla de hombres bien entrenados y armados, desde donde dirigiría sus operaciones.

Tan pronto como el levantamiento breve de Ortiz fue aplacado, ya no se dispuso el mando militar para Luis Torres, sino para un personaje mucho más enérgico y sanguinario: el General Bernardo Reyes, quien sería muy conocido en los próximos años como el militar de confianza de Porfirio Díaz. Bernardo Reyes no venía a Sonora a jugar, y sus primeras medidas fueron despiadadas. Los yaquis de Belem, que hasta entonces se habían mostrado los más cooperativos con los habitantes de Hermosillo y Arizpe, fueron despojados sistemáticamente de tierras de siembra, bestias de carga y mantos acuíferos. Si querían sembrar, cargar o abastecerse de agua, tenían que pagar renta. Y si se encontraba algún yaqui en posesión de un arma, podía ser ejecutado en el acto. Era el premio por aliarse con el yori y la primer estrategia para suavizar a Cajeme que, no obstante, resultó infructuosa. Los primeros tiros sonaron en la costa y, a finales de 1882, la zona ardía hasta las montañas de la Sierra Madre. Los yaquis comenzaron a irse a los montes y los caminos, saqueando y asesinando en pequeñas bandas que se perdían en los cerros. El bandolerismo se acentuaba, se hacía más frecuente y más crudo. Los intereses extranjeros peligraban enormemente y los nacionales se veían afectados con la reseción de las inversiones. Ya era hora de que el gobierno federal pusiera orden, y la desición correspondía a Bernardo Reyes. En diciembre de 1883 tomó como prisioneros a la familia de Cajeme, en Torim, con el objetivo de presionar al caudillo para abandonar la lucha. Pero el plan no funcionó; lejos de calmarse, la furia de Cajeme estalló con un llamamiento a las armas en todo el estado. Pero esta vez no fue una lucha de pueblos aislados, sino un levantamiento general de todas las tribus, uniéndoseles también los ópatas y los mayos. Se trataba de la mayor amenaza que afrontaría el estado de Sonora en toda su existencia. Las piezas comenzaban a moverse, y esta vez, los yaquis contaban con vaticinios favorables para su victoria.

Fuentes

Vachiam Eecha, Cuaderno of Yoeme people.

Francisco del Paso Troncoso, Las guerras contra las tribus yaqui y mayo del estado de Sonora.

Federico García y Alva, Sonora Histórico.


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